Sisí, Sosó (y olé)

A la altura de 1955 a los españoles le entró una súbita envidia de los austriacos. Si en Centroeuropa tenían su Sissi ¿Por qué nosotros no ?

24 de Enero.- En 1955, nada más abandonar las tropas aliadas la nueva Austria surgida después de la segunda guerra mundial, una antigua estrella del star system nazi, Magda Schneider y su hija Romy, que ya empezaba a ser conocidilla, comenzaron el rodaje de una película que cambió la manera en la que el público se refería a ellas. Si antes de rodar Sissi Romy Schneider era « la hija de » Magda Schneider, después de Sissi Magda Schneider pasó a ser «la madre de » Romy Schneider.

Las azucaradas aventuras de la emperatriz Elisabeth (Sissi en el cine, Lissi en la realidad) llenaron las fantasías románticas de las europeas y las arcas del Sr. Marischka, el padre del invento y convirtieron a Romy Schneider en una estrella.

En España, el escritor Juan Ignacio Luca de Tena, miembro de la familia propietaria del periódico ABC –y por lo tanto prominente monárquico- tuvo una idea. Probablemente al ver la película o saber de ella, debió de acudir a su mente una historia, también decimonónica y también de la monarquía celtíbera, con muchos puntos en común con las vidas de Sissi y, como dice una buena amiga mía, de Sossó.

Todavía andaban por el mundo abuelos que debían de acordarse del desventurado matrimonio del decimosegundo de los Alfonsos y su prima, María de las Mercedes de Orleans. Desventurado sobre todo porque la novia tuvo la mala idea de morirse antes del primer aniversario de boda, debido a un tifus que había cogido en el palacio de Sevilla en donde habitaba de soltera. Qué mala pata.

Como Sissí y Sossó, Alfonso y Merche eran primos. Como en el caso austriaco, por lo tanto, las madres, Isabel dos palitos y la duquesa de Montpensier, eran hermanas (aunque muy diferentes de las damas interpretadas por Wilma Dagischer y Magda Schneider). A diferencia del caso austriaco había un impedimento político (Montpensier e Isabel II no se podían ver, debido a cosas que pasaban antes de la acción de la película y que hubiera resultado demasiado engorroso contar) y, como en el caso austriaco, potencial para la sacarina en cantidades industriales.

Así pues, Luca de tena se escupió en las palmas de las manos, se remangó y (raca raca) escribió una obra de teatro muy sólida sobre la cuestión, la cual se estrenó en Madrid y fue un razonable éxito aunque acababa mal (o quizá porque acababa mal, no es ningún espoiler decir que María de las Mercedes expiraba en el último acto dejando a Alfonso XII en el lógico estado de postración). Por supuesto, ni en la mente de Luca de Tena ni en la de Marischka estaba obtener una historia realista y por lo tanto, lo mismo que Marischka, Luca de Tena no tuvo ningún tipo de problema en eliminar cualquier parecido fuera del imprescindible entre la historia auténtica de Alfonso XII y la realidad.

En la ficción, Alfonso XII fue interpretado por Vicente Parra, actor valenciano al que, como le pasó a Karl Heinz Böhm, llevar corona en la pantalla no le trajo nada de suerte.

Mejor le fue a Paquita Rico, la cual tuvo una dilatada carrera posterior de folklórica « grasiosa ». Parra, por cierto, debido a esas carambolas del teatro, volvió a tener contacto con el mundo isabelino. En los ochenta, participó en la obra Isabel, Reina de Corazones, en la cual la gigantesca Nati Mistral daba vida a Isabel II y él al infante Francisco de Asís, su marido y padre (por lo menos legal, que no biológico) de Alfonso XII. Un papel mucho más cercano a la realidad biográfica del propio Vicente Parra, el cual también era gay (y sufrió bastante por ello).

Como todo el mundo sabe, el padre de Alfonso XII, Francisco de Asís era notoriamente homosexual (vivió toda su vida con su marido, que se llamaba José Meneses) y Alfonso XII, según fuentes autorizadas, era hijo de un capitán de la guardia real llamado Puigmoltó, al que luego su madre ennobleció y de quien parece que el joven rey era el vivo retrato. El monarca era más bien recortadito pero proporcionado y de su madre, y de gran parte de los Borbones, heredó un buen apetito sexual que ha sido la bendición de los programas del corazón y quebradero de cabeza de las sucesivas reinas de España.

(continuará)

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