Dale más gasolina

Los gobernantes españoles no han tenido suerte con los ciudadanos austriacos. A veces, incluso por su culpa. Que se lo pregunten a Franco, si no.

2 de Febrero.- Todos los seres humanos adultos nos hemos enfrentado alguna vez con la experiencia, sumamente desconcertante, de tener que admitir que, para alcanzar esa posición en la vida que la sociedad suele calificar como éxito (la presidencia de un Gobierno, la dirección general de una empresa o de un departamento, la secretaría general de un partido político) no son necesarias cosas que, a priori, podrían parecerlo, por ejemplo una cierta empatía o una cierta cultura (general o específica).

Esto hace que, a medias para consolarse y a medias con una cierta indignación, haya muchas personas que piensen que solo los tontos redomados alcanzan posiciones prominentes en esta vida y que eso demuestra que solo los imbéciles tienen suerte, en tanto que las personas con una formación y unos estudios están perseguidos por el gafe.

No es así, sin embargo.

Lo que sucede es que las personas que llegan a determinadas posiciones utilizan un tipo de inteligencia que poco tiene que ver con la de aprobar exámenes. Es más: podría decirse que el tipo de inteligencia que se utiliza para aprobar exámenes es en realidad un obstáculo para según qué cosas. De ahí que, para los poseedores de la inteligencia „de aprobar exámenes“ los poseedores de este otro tipo de inteligencia, a menudo identificada con lo que podríamos llamar „gramática parda“ sean un enigma.

Un ejemplo de estas criaturas enigmáticas fue el que durante 38 años fue el dictador de España, Francisco Franco Bahamonde. Franco poseía la inteligencia „de aprobar exámenes“ en un grado justito (no fue ninguna lumbrera entre sus contemporáneos) y una cultura general anclada en un provincialismo decimonónico que no debía de hacerle un gran conversador o una persona especialmente versada en ningún tema concreto. O sea, interiormente, espiritualmente, su alma era un páramo. Sin embargo, como es obvio, poseía la otra inteligencia, la que permite ascender, en cantidades industriales. En él se cumplía una cosa que yo digo siempre y es que no se puede permanecer tanto tiempo „en el candelabro“ si se es fundamentalmente imbécil.

La falta de cultura general de Franco le hacía, como a muchos de los indivíduos con esta „configuración“ sumamente vulnerable a los timos.

Uno de los más divertidos tuvo como protagonista al propio Franco y a un ciudadano austriaco, un tal Albert Elder von Filek.

En aquella Europa revuelta por las guerras, von Filek llegó a España en algún momento de los años treinta. Quizá acompañó a aquel trío de timadores que provocaron indirectamente la guerra civil (los también austriacos que provocaron el escándalo del Estraperlo o Straperlo). Von Filek supo aprovecharse de que los españoles, hoy como ayer, tenemos mitificado todo lo que venga de más allá de los Pirineos. Su buena planta (decía haber sido oficial del ejército austrohúngaro), su seductor acento extranjero y, seguramente, su aire misterioso, le abrieron las puertas del palacio de El Pardo y, naturalmente, las orejas del crédulo dictador. También ayudó probablemente que en 1940, año en el que sucede nuestra historia, España se encontraba en una postración tremenda , exhausta por una guerra que la incompetencia militar del propio Franco había contribuido a alargar y escasa de materias primas, entre ellas de combustible.

El avispado Von Filek llegó a presencia de Franco y le ofreció ni más ni menos que la panacea. O sea, convertir el agua en gasolina. Y Franco se lo creyó totalmente.

Escuchemos al propio Franco contarle el asunto a su ministro de exteriores, Lequerica:

-…Fíjese que tengo en la mano un invento genial para fabricar gasolina. Sí, gasolina, empleando únicamente flores y matas del campo, mezcladas con agua del rio y el producto secreto que, por simpatía hacia mi persona, me ha proporcionado el genio inventor de esta maravilla. Fíjese -añadió Fanco- los grandes trusts petrolíferos del mundo lanzaron tras el inventor a bellas mujeres rubias y a sus más sagaces financieros portadores de cheques en dólares…Querían destruir este milagro que, para siempre, acabará con el bullicio de los pozos de oro negro. Por fortuna, el sabio inventor no se dejó corromper y ha reservado su hallazgo para mí.

Lo que no sabía Franco era que Von Filek se había conchabado con su chófer, el cual juraba y perjuraba que utilizaba para mover el coche del generalísimo solamente la gasolina sintética de Von Filek.

El recién nacido estado fascista español le dio a Von Filek una respetable cantidad de dinero para que construyese no solo una fábrica sino también las viviendas de los trabajadores y hasta una iglesia, para que los pobres trabajadores no vieran desantendido su bienestar espiritual.

Como el lector se puede imaginar la cosa terminó mal, sobre todo para Von Filek y para el chófer de Franco. Ambos dos terminaron en la cárcel al descubrirse que se habían atrevido a tomarle el pelo como a un chino al „fundador del nuevo Imperio“ como le llamaba la ditirámbica propaganda de la época. Por supuesto, toda la historia se enterró bajo un denso manto de silencio.

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