Cero al cociente

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Lo que fue mi colegio

Dos colegios de Vorarlberg se han puesto en pie de guerra y la razón es más importante y profunda de lo que parece.

7 de Febrero.- Nuestro modelo actual de escuela, al que los acontecimientos están a punto de hacer saltar por los aires, viene, con algunas variaciones, de la Prusia del siglo XIX.

En aquel momento, las élites prusianas se dieron cuenta de que el nuevo Estado necesitaba muchos funcionarios y la industrialización muchos obreros con unas características muy concretas que se modelaron sobre lo que era el ejército en aquella época. Escucha, pasividad, silencio, obediencia. Sobre todo, mucha obediencia. Órdenes ejecutadas de manera acrítica. Modelos de autoridad piramidal indiscutible, funciones muy acotadas.

Desde críos, se imponía el modelo (antinatural pero muy conveniente para los que tenían la sartén por el mango) de la persona inmóvil, bombardeada durante ocho horas con informaciones que luego tenía que repetir en exámenes que probaban no que supiera resolver problemas (eso se dejaba, mucho más tarde, a las disciplinas técnicas) sino su memoria y su repulsión a cuestionar las cosas que aprendía como dogmas. Un ensayo general diario de las jornadas de trabajo que le esperaban al hombre en el futuro. La meta : un ciudadano que localizara en cada faceta de su vida a la autoridad-maestro y obedeciera sus dictados sin rechistar.

En este contexto, nacieron también las notas. Junto con el sistema de aprendizaje, surgió también la necesidad por parte del Estado y de la Empresa de decantar el material humano en calidades, como se hace con los productos. Era imprescindible un sistema comprensible de clasificación de las personas por sus capacidades, como una manera de regular la carrera académica en base a logros homologables y, por extensión, el mercado laboral.

Con algunas variaciones, este sistema estuvo casi universarsalmente presente hasta los ochenta del siglo pasado. En mi época de colegial, esta dura disciplina se empezó a relajar y el reinado de las cifras empezó a ser roto por calificaciones en forma de adjetivos. Los exámenes se seguían haciendo con preguntas a tanto por pregunta y luego la nota se traducía al sistema « moderno ». Si Don Luis nos ponía, por ejemplo, un examen de cinco preguntas, a dos puntos por pregunta y Jose Luis Vélez, mi amigo, que era el mejor de nuestra clase, respondía perfectamente cuatro preguntas y tenía un fallo leve en la quinta, Don Luis le ponía desupués de pensarlo durante décimas de segundo un 9,5 o, si se había levantado generoso aquel día, igual un 9,7 elucidado de forma arcana y misteriosa. Jose Luis, que era un chaval modesto, no alardeaba, por supuesto, pero todos sus condiscípulos traducíamos con admiración o envidia que había sacado un sobresaliente. Así pasaba con el cinco, que era la ingrata frontera de mis calificaciones en gimnasia y que llevaba indefectiblemente acompañado un suficiente. Hasta el siete era un bien, entre el siete y el ocho y medio era un notable y lo que quedaba hasta el monte del gozo del diez era el terreno del sobresaliente.

En Austria, los Gobiernos más o menos progresistas de la llamada Gran Coalición se conoce que empezaron también a dulcificar la aridez de los números y a tratar de disfrazar la burricie o la inteligencia de los críos con calificaciones « de letras » muy en consonancia con esa mentalidad Disney que nos asola y que propugna que incluso la gente con la que Dios fue menos generosa puede llegar a ser doctor en medicina con solo proponérselo.

En 2018 cuando la derecha y la ultraderecha se aliaron para que Kurz las pasara moradas a base de tener que aguantar casos aislados de neonazismo (ejem), el ministro de educación (el de entonces y el de ahora) capitaneó una nueva reforma según la cual se acababa el relajo y se volvía a los antiguos sistemas de notas numéricas a partir de los siete años de edad (o sea, el segundo curso de la escuela obligatoria). Fue así para horror de los expertos en desasnar niños, los cuales decían que decirle a un crío, como decía Don Luis, « cero al cociente y paso al alumno siguiente » destrozaba mucho más la autoestima e incentivaba mucho menos los logros futuros, que decirle « cariño, tu esfuerzo no ha sido suficiente ; esto no significa que no sepas hacer la O con un canuto, sino que si te lo propones, lo conseguirás ; persigue tus sueños » todo ello acompañado de pegatinas de unicornios para endulzarle al mastuercillo el mal trago.

En estos días, se habla mucho de este tema, porque dos escuelas de Vorarlberg han decidido hacer huelga de notas y ponerles a los chicos, indefectiblemente, hagan lo que hagan, un 2 o sea, un bien. En todas las asignaturas. Para poner de relive lo absurdo de las notas en cifras y su falsa objetividad ( En un examen de literatura ¿Qué criterios utilizaba don Luis, q.e.p.d. Para decidir que una respuesta era acreedora de un 9,5 y no de un 9,7 o de un 9,65 ? Nunca lo sabremos).

Lo que está claro en mi opinión es que, lo mismo que el modelo de escuela y de clase, está en crisis el modelo de clasificación del material humano. Las emociones que suscitaba el antiguo sistema (miedo, vergüenza,la misma evidencia de lo verde que estaba el alumno o de su falta de capacidad) naturalmente son emociones pasadas de moda en una sociedad que cada vez acepta menos según qué cosas. Sin embargo hay que encontrar una manera nueva, no solo de enseñar, sino también de evaluar. Quizá la cosa pase porque todos aceptemos que hay gente más dotada y gente menos y que, como me pasaba a mí con la gimnasia (o educación física) los milagros no existen.

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