El número 329

En estos días pasados en Tirol alguien me preguntó por qué escribo Viena Directo. Hoy, pensando, pensando, he llegado a una conclusión.

27 de Julio.- Son las once de la mañana. Estoy sentado en la cocina de mi casa. El sol da en la fachada a esa hora y es por eso que la persiana está bajada hasta la mitad. La habitación, blanca, gris y azul celeste, está en una suave penumbra. Inmediatamente, me invade una sensación refleja de tranquila felicidad.

Siento unas ganas enormes de ponerme a leer, como hacía en mi infancia y en mi adolescencia siempre que reinaban esas condiciones de luz y temperatura.

Para mí, el verano significaba lujosos maratones de lectura voraz. Me acuerdo de aquel verano -tendría yo siete u ocho años- en donde agoté las reservas literarias de toda mi casa de vecinos. Debió de ser entonces, porque creo que, en mi época, la edad límite para apuntarse a la biblioteca municipal eran los ocho años y yo, la verdad, no tenía ninguna gana de esperar.

Todas las vecinas rebuscaron por sus casas y me trajeron casi cualquier cosa impresa que pensaran que podía gustarme (y algunas, ahora puedo decirlo, que no me gustaron nada). Había tebeos de guerra medio rotos, reliquias arrumbadas de hijos que se habían independizado, una vida de Aníbal, general cartaginés, de la que recuerdo todavía las ilustraciones (y de la que recuerdo también que el hermano de Aníbal se llamaba Amílcar Barca). También había libros de cuentos, no sé, ya no me acuerdo. Pero lo que sí recuerdo es estar tumbado en calzoncillos, boca abajo, directamente sobre el terrazo, de cara al diminuto balcón de la casa de mis padres, devorando aquellos volúmenes impresos en un papel barato. Algunos se desmenuzaban con tocarlos.

Un verano más tarde, me apunté a la biblioteca de mi pueblo. Iba a ella como si fuera a un templo. Todavía me acuerdo de mi número de carné: el 329.

Recuerdo que „cogía“ (o sea, tomaba prestados) tebeos de Asterix, toda la colección de Los Cinco, de Enid Blyton (varias veces). Por cierto, unos libros estos últimos que no he querido volver a leer porque probablemente me parecerían ahora muy reaccionarios. Los libros de arte, sobre civilizaciones antiguas, los trataba con respeto reverencial a pesar de que ya entonces eran bastante viejos.

La biblioteca estaba en lo que entonces era el edificio de la policía (armada, se llamaba entonces). En el último piso. Ahora lo pienso y me parece una locura. En aquellos momentos ETA no se andaba con tonterías y la verdad, poner aquel centro de peregrinación juvenil en semejante sitio era exponerse a una desgracia. Recuerdo que había que subir una escalera de caracol y llegar al último piso (a mí me daban y me siguen dando miedo las alturas, pero mi ansia de leer era tanta que hacía de tripas corazón y cerraba los ojos en el último tramo de escaleras para evitar el vértigo). La biblioteca estaba dividida en dos departamentos. Uno para adultos (que al principio me estuvo vedado) y la biblioteca para niños, cuyas posibilidades agoté demasiado pronto.

Un par de veranos más tarde, abrieron en la misma plaza la biblioteca actual. La bibliotecaria de entonces (en aquellos años una muchacha joven) creo que le sigue prestando los libros a mis padres (y es probable que pronto se vaya a jubilar).

En la Biblioteca del Cervantes de Viena

Una de mis grandes gestas lectoras veraniegas fue El Señor de los Anillos (un libro, por cierto, que no he vuelto a leer nunca más, a pesar de haberlo intentado). Como me sucedió otras veces (Cien Años de Soledad), la puerta de ese mundo de ficción se abrió una vez y cuando llegué a la última página se volvió a cerrar para siempre.

El Señor de los Anillos, con toda su simbología católica apenas disimulada(Tolkien era bastante beato, casi tanto como „Chertoston“) y con toda su ensalada de mitologías, que tanto daño han hecho (sobre todo por las mediocres imitaciones de después, tipo Juego de Tronos e idioteces semejantes) estaba repartido en tres volúmenes de unas trescientas páginas cada uno.

Empezaba a leer a las diez y media de la mañana, sobre poco más o menos (la biblioteca, en verano, abría a las diez) y terminaba a las diez de la noche. Un volumen al día. Tres días en los que solo paré para comer y para ir al baño (la parte de ir al baño que se puede hacer sentado no suponía, por supuesto, ningún obstáculo para la lectura).

De esa biblioteca saqué varias veces también El Nombre de la Rosa, de Umberto Eco (lo releí el verano pasado). Tenía doce años y daba clases de mecanografía (una de las cosas más útiles que he aprendido en mi vida).

El Nombre de la Rosa estaba, en aquellos momentos, fuera del alcance de mis limitados ingresos, de manera que decidí copiarlo clandestinamente en las clases de mecanografía. Una tarea imposible, por supuesto, porque solo podía tener el libro quince días cada vez. Ahorré mucho hasta que me lo pude comprar en propiedad (en tapa blanda, editorial Lumen). Me lo compré en la tienda de prensa del primer Carrefour que se abrió en Madrid (entonces, Continente). Y aún lo conservo.

Podría seguir así durante páginas y páginas. Probablemente, aquellos de mis lectores a los que les guste leer (o sea, casi todos, porque para que te guste Viena Directo te tiene que gustar leer) se habrán reconocido en este post. Los lectores tenemos una biografía de títulos y de lugares, de personajes que nos acompañan allá donde vayamos. Hoy, al recordar una serie de conversaciones que he tenido en Tirol estos días, pensaba que, aquellos que leemos, nos reconocemos fácilmente. Todos somos gente de algún modo sola, porque quien está acostumbrado a conversar con las mejores mentes del pasado, por fuerza se siente solo en algunos momentos; y todos somos gente que está obligada a ser paciente. Porque todos hemos pasado por la experiencia de que cualquier situación de la vida (un trabajo que siempre es para otros, una obligación cualquiera que se torna instantaneamente enojosa) nos ha obligado a posponer una lectura absorbente.

Y a lo que yo iba: durante esas conversaciones, alguien me preguntó que por qué hacía Viena Directo.

Es una pregunta peligrosa de la misma manera que es peligroso montar en bicicleta con la vista fija en la rueda de delante, que tiene un poder hipnótico. Puedes terminar dándote una torta.

Hoy he llegado a la conclusión de que hago Viena Directo para que otras personas que tengan mi misma pasión por las historias (reales o ficticias, pero escritas) me encuentren y yo encontrarles a ellos.

Si has llegado al final de este artículo, solo me queda darte las gracias y darme (a mí mismo) la enhorabuena porque estés ahí. Ya estoy menos solo.

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