Los españoles no somos simpáticos (ni los austriacos tampoco)

En las relaciones interculturales hispano-austriacas la simpatía o la falta de ella causa mucha confusión.

29 de Julio.- En las relaciones interculturales entre hispanos/latinos y aborígenes se da con frecuencia una confusión.

Los unos (los aborígenes) piensan de los otros(el contingente latino) que son muy simpáticos, hasta el punto de que esta simpatía ha producido a las dos partes muchos momentos de placer (sexual y del otro) en forma de parejas mixtas entre gente de aquí y gente de allá.

Por el contrario, suele ser el caso de que los hispanos, latinos, et alii piensan que la gente de aquí es un poquito antipática y que, si sus santitos/as se salvan, viene a ser por su benéfica influencia. Una cosa como cuando uno aterriza en una familia política más bien estrambótica y, al hablar de esta parentela sobrevenida, dice a sus conocidos « qué suerte he tenido que, por lo menos, me he llevado a la más normal de la familia ».

Durante estos días, en diferentes ocasiones, he tenido ocasión de conversar con otros celtíberos a propósito de esta confusión y hemos llegado a la conclusión de que no es tan sonriente el hispano como lo pintan. Conclusión que, como verán mis lectores más adelante, ha tenido una curiosa derivada.

Para empezar, en España (entiendo que en Sudamérica también) ser simpático y tener un trato agradable se fomenta.

Toda la infancia de un crío celtíbero es un contínuo purgatorio de besos a personas a las que uno no tiene ninguna gana de besar, de sonrisas pretendidamente angelicales y de preguntas que muestran un interés por cosas que uno, con seis o siete años está muy lejos de sentir. Nunca he sido niño en Austria (dada mi edad y el estado lamentable de mi calvicie, ya he perdido la oportunidad de serlo) pero tengo la sensación de que a los críos de esta parte del mundo no se les fuerza tanto a ser simpáticos (ojo : educados, todo lo que se pueda, pero no « sonrientes »).

Está claro que nuestras madres piensan que ser simpático (o, por lo menos, aparentarlo) es una ventaja para desenvolverse en la vida y que a las madres austriacas les da un poco más lo mismo.

En la cultura meridional, ser simpático es tan importante que, con frecuencia, oscurece otras cualidades mucho más relevantes que la persona pueda tener. Por ejemplo : del rey jubilado, antes de sus líos de faldas, no se decía que fuera un buen gestor, o una persona capaz para llevar a término su trabajo, no se valoraba su formación ni siquiera se tenía en cuenta su pericia en los deportes, fuera de modalidades tan poco accesibles al público en general como la vela. No : se decía que era muy simpático. « Campechano » era el término.

Mi teoría, lo mismo que la de otras personas con las que he hablado del tema recientemente es que esta supuesta simpatía social nuestra se explica sobre todo porque los celtíberos (los latinos, entiendo que también) somos personas muy pesimistas a propósito de cómo funciona el mundo.

Me explico : los centroeuropeos viven en una realidad ordenada y sistemática, en la que no hace falta ser simpático  para obtener mejor trato de la gente (ayuda, como en todas partes, pero no es imprescindible). Uno va a un restaurante y le sirven igual de bien lo mismo si uno tiene la sonrisa de Yorch Cluni que si es un cardo borriquero. Sin embargo, en el sur, generaciones de gobernantes incompetentes, chorros de guerras civiles en las que no se sabía si el vecino era de de fiar o « de los otros », siglos y siglos de escasez laboral, han impreso en nuestros genes la creencia de que hay muchos factores decisivos para nuestra felicidad que están fuera de nuestro control, que hay fuerzas con las que hay que parlamentar de la única manera que se puede y es ser simpático o, por lo menos, ser simpático con alguien que tenga « influencias ».

Podría decirse, como daño colateral, que llevamos la corrupción y el nepotismo en la masa de la sangre (incluso la palabra nepotismo viene de unos españoles, los Borgia –Borja- ; por aquello de darle cargos a un « nipote » o sea a un sobrino).

En fin : que esto quería ser un artículo de costumbres y he terminado hablando…Bueno, de lo de siempre.

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