Capítulo 2: Lágrimas negras y Chanel número cinco

Quizá los atentados terroristas no fueran un tema de conversación muy típico para un niño de cinco años pero es que, aunque no lo supiera aún, yo ya era periodista.

Pero ¿Qué invento es este?

Quizá te gustaría leer lo que ha sucedido hasta ahora.

Prólogo

Capítulo 1: Don Jorge y su mujer maldita

2 de Julio.- El 23 de octubre de 1980 yo tenía cinco años y quince días.

Ese día sucedió en la localidad vasca de Ortuella una explosión de la cual yo, hasta que empecé a escribir este artículo, pensé que había sido un atentado de ETA. Parece ser que no, que fue una explosión de gas. Mató a una treintena de niños que hoy tendrían mi edad.

En el mes de septiembre de aquel año, yo acababa de empezar a ir al colegio. Un cambio que, por cierto, no me gustó nada. Durante muchos días (semanas), lloré de manera inconsolable, incapaz de aceptar que mi madre, a la que yo tenía por una persona bondadosa y decente, me dejase todos los días en compañía de aquellos críos extraños e incomprensibles y con aquella mujer desconocida (que debía de andar por los veintitantos) que fue mi primera maestra : la señorita Josefina.

Tanto lloraba que la joven maestra del parvulario, desesperada, me llevaba delante del espejo y me decía :

-¿Es que no te cansas ? ¿No ves lo feo que te pones ?

Métodos pedagógicos de los ochenta, supongo.

Cierro los ojos y lo veo todo como era entonces. Recuerdo los locales de aquel parvulario (colegio Reyes Católicos) en todos sus detalles : las mesas y las sillas infantiles, las altas ventanas, los techos altos, los toscos trabajos de los alumnos colgados de las paredes. Recuerdo el limógrafo (un aparato fascinante, el bisabuelo de la fotocopiadora) con el que la maestra sacaba las copias de las fichas. Recuerdo el babi con mis iniciales (perplejidad : azul para los niños y rosa para las niñas). Recuerdo la goma arábiga con la que se pegaba todo menos el papel que había que pegar. Y recuerdo, naturalmente, Ortuella.

Un día de octubre de 1980, la señorita Josefina, que era cordobesa, me vio solo en un rincón de la clase (ni de niño ni de mayor he tenido ningún problema para estar solo, de hecho nunca me faltan cosas que hacer). Debió de pensar que estaba triste (solo estaba pensativo) y se acercó a preguntarme qué me sucedía.

Debió de fliparlo bastante, cuando yo le pregunté por la bomba de Ortuella (o por lo que yo creía que era la bomba de Ortuella) y le expliqué lo que sabía del asunto –era un periodista en ciernes, ya en aquella época-.

La señorita Josefina pensó (supongo) que vaya niño más raro, pero su instinto profesional debió de indicarle que, de algún modo, había que tranquilizarme, dado que el asunto de las bombas me preocupaba tanto.

Para intentarlo, me dijo que, si se tomaban las debidas precauciones, una bomba de la ETA o de Sendero Luminoso o del Frente Polisario o de los Baader Meinhof, no tenía por qué representar un problema para un párvulo de cinco años y pico. A mí su explicación me pareció razonable.

Pero la señorita Josefina aprendió de mí algo también.

Un poco más tarde de esta conversación, en noviembre o principios de diciembre, nos dieron témperas y espumillón para que hicieramos una de esas cosas inútiles con las que se intenta estimular la psicomotricidad de los críos pequeños.

Yo cogí un folio y lo embadurné de pegotes de témpera y le pegué un trozo de espumillón. Cuando pensé que era una obra de arte, fui a la mesa de la señorita Josefina. Me puse a la cola de críos que esperaban su aprobación y, cuando llegó mi turno, la señorita, en vez de elogiarme (para mi sorpresa) cogió el papel humedo y pringoso y lo tiró sin más contemplaciones a la papelera, haciéndome un daño que creo que nunca me había hecho nadie hasta aquel momento.

Atónito por semejante desconsideración, no dije nada. Dejé pasar al siguiente niño, pasé por detrás de la señorita, me acerqué a la papelera, rescaté mi dibujo (o lo que fuera) y me volví a poner a la cola. Al llegar mi turno de nuevo, lo volví a poner sobre la mesa de la maestra. Dolido, aunque no desafiante.

La señorita Josefina, que debía de ser una mujer muy inteligente, me miró a los ojos y leyó quizá la determinación que me hace ignorar las críticas en los asuntos (pocos) en los que yo creo que tengo cierta capacidad (por ejemplo, escribir posts de Viena Directo). Lo recordaré mientras viva. Fueron apenas cinco segundos. Ella debió de ver mi palidez, mis labios finos apretados, mis ojos suplicantes en los suyos y dijo :

-Muy bien, « Fransihco », hale, vete a tu sitio.

En Junio, cuando se terminó el curso, mi madre quiso compensar a la señorita Josefina por haber aguantado mis sofocones, mis hipos y mis llantos, y le regaló una botella de medio litro de Chanel Número Cinco (auténtica). Mi padre la conseguía a precio de fábrica, como contaré más tarde cuando esta serie llegue a Penélope Cruz. Aún hoy, es mi perfume favorito (también porque mi madre lo usaba cuando yo era pequeño).

La señorita Josefina casi se desmaya.

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