Cuando un monarca se va

El rey de España, Don Juan Carlos, ha decidido abandonar su país. Hubiera podido venir a vivir a Austria, para pagar antiguas deudas de gratitud de sus primos.

Los suspiros son aire y van al aire,

las lágrimas son agua y van al mar

Dime mujer: cuando un hombre se pira

¿Sabes tú dónde va?

Concha Piquer, La Niña de la Estación

4 de Agosto.- Ayer, el Rey padre, Juan Carlos I (lo de Rey Emérito, aparte de una cursilada es una tontería) acosado por los escándalos y los nubarrones de sospecha a propósito de determinados escándalos financieros, hizo pública (si bien de forma indirecta) su decisión de marcharse de España.

Según parece, el anciano monarca (a quien también podríamos llamar el rey biónico, debido a todas las piezas que le han tenido que cambiar últimamente) ha recalado en la República Dominicana, en donde es probable que pase sus últimos años bajo la benéfica influencia de los rayos del astro rey, cuyo calor, ya se sabe, tanto bien hace en los huesos duros de los viejos.

Sin embargo, podría haber decidido venirse a vivir a Austria. Sus primos los Habsburgo, que poseen un inmenso patrimonio en este país, podrían haberle hecho sitio. Sin sol, sin mulatas de caderas bamboleantes (aunque al ex rey, por lo visto, le van más las rubias) pero sin duda devolviéndole un favor que la familia real española le hizo a la familia real austriaca cuando la cosa se les puso fea y se proclamó la Primera República .

En Noviembre de 1918, el último emperador de Austria, Carlos de Habsburgo-Lorena, obligado por las circunstancias, se vio obligado a abdicar. Comenzó entonces un largo periplo de intentos de reconquistar el trono (Carlos de Habsburgo, beato de la Iglesia católica, no se distinguió precisamente por intentar sembrar la concordia entre los que habían sido sus súbditos). Intentos que culminaron en una hinchazón de narices del Gobierno de la República austriaca que le puso al ex emperador sobre la mesa una alternativa: o bien firmaba su renuncia definitiva al trono austriaco o no se le permitía entrar más en Austria, ni a él ni a sus descendientes.

Ni Carlos ni su mujer, Zita de Borbón-Parma, firmaron el documento, de manera que se fueron a Madeira. Allí, el emperador Carlos falleció de pulmonía (el clima húmedo de la tierra de Cristiano Ronaldo no le sentó nada bien) y Zita, entonces una señora joven de treinta años (muy rezadora también, como su marido) se vio sola con siete hijos, el mayor de los cuales, Otón (Otto), era el legítimo heredero de los derechos al trono austriaco y también el jefe de la casa de Habsburgo.

(Aquí vamos a abrir un paréntesis relacionado con el rey Juan Carlos: podría pensarse que, cuando la emperatriz Zita y sus niños aterrizaron en el crudo exilio, no tenían donde caerse muertos, como en el caso de los Condes de Barcelona, durante el suyo, no es del todo cierto; en tiempos de la emperatriz Maria Teresa, los Habsburgo, viendo cómo se ponían las cosas en Europa, establecieron un Fondo de Maniobra familiar, con cantidades de dinero depositadas en lugares seguros de Europa -Suiza, el Banco de Inglaterra- para casos de necesidad; este fondo de maniobra se mantuvo y se alimentó con cuantiosas sumas hasta, por lo menos, la muerte del emperador Francisco José; las cuentas suizas del Rey Juan Carlos (presuntas, de momento) parecen ser parte de un fondo de maniobra parecido, que debió de establecerse al principio de la llegada de la democracia; es muy probable que de estos fondos haya salido la vida de la infanta Cristina y de su marido Iñaki Urdangarín, complementado naturalmente con ayudas de empresarios fieles a la corona, del mismo modo que los Condes de Barcelona vivieron un exilio dorado en Estoril ayudados por monárquicos afines pero sin tener que pasar, salvo en momentos puntuales, ningún tipo de estrechez económica).

Zita de Hasburgo pidió ayuda al único monarca reinante que, debido a la neutralidad en la primera guerra mundial, seguía tranquilamente en su trono, dedicado a interminables partidas de polo y a la producción de películas pornográficas (entre otras cosas, claro; también se dedicó a hacer campañas militares desastrosas y a construir la Ciudad Universitaria) . Alfonso XIII era primo de Carlos de Habsburgo por parte de su madre, Maria Cristina de Hasburgo-Lorena. Alfonso XIII y Maria Cristina, huéspedes frecuentes de los Habsburgo austriacos antes de la guerra -se alojaban en el Albertina, en las habitaciones donde hoy está expuesta La Liebre de Durero, facilitaron la llegada a España de Zita y de sus hijos huérfanos. Al principio, en el Palacio de El Pardo, luego en el de La Magdalena y después en el hoy desaparecido Palacio Uribarren, que fue alquilado al Conde de Torregrosa y reformado gracias a la ayuda de „benefactores“ desinteresados.

En Lekeitio, uno de los lugares más chic de la costa norte española, a donde los ricos y famosos iban a pasar las vacaciones, los huérfanos de Carlos de Habsburgo vivieron una niñez feliz, niñez durante la cual Otto de Hasburgo intentó convencerse de que hablaba español (a pesar de que toda su vida lo haría con un acento bastante zarrapastroso). Compañero de estos juegos fue Jose María de Areilza, el futuro conde de Motrico, figura clave de la Transición española (hasta el último momento pensó que iba a ser elegido por el Rey Juan Carlos para ser el primer presidente de la democracia).

El exilio español de la familia real austriaca terminó en 1929, aunque no su vinculación con España. Durante el franquismo, Otto de Habsburgo fue visitante asiduo de nuestro país. Una vez, por cierto, coincidió en el mismo avión con Romy Schneider, que venía a promocionar una de las películas de Sissi. Al ver a la multitud agolpada a pie de pista, Otto de Habsburgo pensaba que era a él a quien habían venido a saludar y se llevó un gran disgusto cuando se dio cuenta de que era a la gran estrella de la pantalla a quien aclamaba la multitud.

A la muerte de la emperatriz Zita, en 1989, fue la mediación del Rey Juan Carlos I la que hizo posible que la señora fuera enterrada en suelo austriaco.

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