La pandemia de gripe española en Viena, 1918

En 1918 la población de Viena, desmoralizada y desnutrida, se tuvo que enfrentar a una pandemia de gripe llamada española. Una abuela del coronavirus.

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8 de Agosto.- No parece arriesgado decir que hace casi exactamente cien años (en Septiembre de 1918) el mundo estaba llegando a su fin. Por lo menos el mundo en el que los austriacos, y sus padres y los padres de sus padres, habían estado viviendo hasta entonces.

La suerte de la primera guerra mundial estaba claramente echada. Los imperios centrales se hundían sin remedio, los frentes se desmigajaban y en la Gran Madre Rusia había estallado una revolución que había desembocado no solo en una guerra civil sino en un incendio que parecía ir a devorarlo todo.

A esto se unía la catastrófica situación económica, la falta de alimentos, un sálvese quien pueda general.

Los medios (entonces la prensa casi exclusivamente, pero también el cinematógrafo incipiente) estaban sometidos a censura militar. Una censura que trataba a duras penas de contener la desbandada.

A todas estas cosas se unió una pandemia: la llamada gripe española, que arribó a Viena casi sin previo aviso (no porque no los hubiera, sino porque comparado con el resto de las cosas que pasaban, no parecía que la gripe fuera tan importante).

La epidemia de gripe, conocida como gripe española, se había iniciado con toda probabilidad en los Estados Unidos y había cruzado el océano en el cuerpo de uno o varios soldados aliados que la expandieron por rápidamente por un entorno tan proclive a las epidemias como eran los ejércitos de aquella época (y de esta también, por cierto). Gente hacinada, medidas de seguridad escasas, desnutrición. En fin: el clima ideal.

Se le puso el apelativo de española porque los organismos de censura militar de los imperios centrales no podían admitir de ninguna forma que la pandemia se hubiera incubado en sus filas. España era entonces un país neutral en el que pronto, por cierto, empezó también a haber muchas víctimas, y de cuyos avatares se podía informar más o menos libremente.

Volviendo a Viena, la gripe llegó a la capital del entonces (aún) imperio austro-húngaro en septiembre de 1918.

La población desmoralizada, desnutrida y deprimida pronto comprobó con horror que la enfermedad atacaba sobre todo a los más jóvenes, particularmente a las mujeres de entre veinte y cuarenta años. Los médicos sospechaban que, por alguna razón y al contrario de lo que sucede hoy con el coronavirus, los mayores eran inmunes.

Rápidamente, conforme empezaron a crecer los contagios, también empezó a crecer el número de muertos.

En la peor fase, a mediados de octubre de 1918, murieron en Viena 900 personas a la semana. Los historiadores calculan que en el bienio 1918-1920 fallecieron en la ciudad unas seismil quinientas personas de gripe, aunque la cifra es por lo demás bastante imprecisa, dado que en aquella época los médicos no podían distinguir entre una pulmonía y los estragos causados por la gripe. El caos de las circunstancias, las limitaciones técnicas de la época y la negativa de la gente a notificar los fallecimientos (para no tener que guardar cuarentena) convierten en imposible la tarea de saber cuánta gente murió de verdad de gripe en aquellos años.

Los efectos de la gripe se dejaron notar en todo el cuerpo social de la maltrecha Viena de aquella época.

Los pocos alimentos que había no encontraban quien los repartiese por miedo al contagio, el Gobierno, preso en la maquinaria de un Estado que se hundía más y más con el paso de las semanas se reveló incompetente para atajar las circunstancias. Sin médicos, sin un plan de acción, sin medicamentos, sin camas de hospital, los responsables públicos contemplaban impotentes cómo el país sucumbía a la pandemia.

Menudeaban noticias como esta:

«Mittwoch abend ist in einem Straßenbahnwagen ein Mann von plötzlichem Unwohlsein befallen worden. Man hob ihn aus dem Wagen und einige Minuten später ist er gestorben. Er hatte, wie festgestellt wurde, an spanischer Grippe gelitten. – Der 29jährige Kaufmann Gustav Weiß ist Mittwoch nach im Fieberwahn aus dem Fenster seiner Wohnung in der Nußstorferstraße gesprungen; auch er hat an spanischer Grippe glitten.»

(El miércoles por la tarde un hombre perdió el sentido en el tranvía. Se le retiró del vagón y falleció pocos minutos más tarde. Tenía, como luego se comprobó, gripe española- El comerciante de 29 años Gustav Weiss, en su delirio, saltó por la ventana de su vivienda en la Nusstorferstrasse, también él tenía gripe española).

Estos dos son solo una muestra mínima de los dramas que provocó la gripe. Los trabajadores que eran diagnosticados con la perniciosa enfermedad eran despedidos en el momento y, sin ninguna protección social, no tardaban en quedarse en la calle.

Como ha sucedido con el coronavirus, el Gobierno dio orden de cerrar los colegios. Al principio, las clases que tuvieran más de un 15% de alumnos infectados y después, en el pico de la pandemia, todas. También se cerraron los teatros, los cines, las salas de conciertos y los cafés cantantes.

De lo que hoy llamaríamos „el mundo de la cultura“ (entonces, como ahora, un mundo bastante precario) llegaron las correspondientes protestas ¿De qué iban a vivir los actores y los cantantes?

Curiosamente, el deporte se salvó de esto. El fútbol (entonces aún no tan popular como ahora, al estar casi recién nacido) y las carreras de caballos, se salvaron, aunque con restricciones, de los cierres.

La ola más fuerte de mortalidad, a la que sucumbieron por ejemplo Egon Schiele y su mujer, fue cediendo en Noviembre, a tiempo para las grandes manifestaciones de júbilo que acogieron la fundación de la primera república austriaca, el 12 de Noviembre de 1918.

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