Ni en tu casa ni en la mía

StracheHeinz Christian Strache se ha quedado tranquilo por un lado, pero no ha tenido más remedio que revelar una parte de su vida privada.

19 de Agosto.- Ahora que no nos ve nadie, tengo que confesarle a los lectores de Viena Directo que tengo « el corazón partío ».

En mi víscera cardíaca se debaten dos opiniones contrapuestas a propósito de Heinz Christian Strache, el político ultraderechista. Ex vicecanciller, ex princesa del pop, ex gran dama de la canción y ahora, por fin…Bueno, él. Él mismo.

La parte sensata de mí piensa que, especialmente como político, Strache es un auténtico peligro con patas, una persona con la que no iría ni a por cien gramos de jamón York y, por lo mismo, jamás le confiaría el trabajo de tomar cualquier decisión que pudiera afectarme. Por otro lado, tengo que reconocer que, quizá por llevar tanto tiempo escribiendo sobre él, me despierta…Cómo lo diría…Me despierta cierta ternura.

Esa ternura mezclada con vergüenza ajena y con la diversión que siempre siente uno de adolescente por ese amigo de la pandilla que uno sabe sin dos dedos de frente, esa persona que uno sabe que acabará de reponedor en alguna cadena de supermercados de Banuatu, pero por el que no se puede evitar sentir cierta simpatía. Un poco la simpatía que se sentía por JR Ewing, el entrañable villano de Dallas.

En la serie, aunque siempre al final perdía, JR siempre estaba dándole vueltas a la cabeza inventando una nueva fechoría para fastidiarle la vida a su hermano Bobby (un pánfilo) y a la no menos pánfila de su mujer, la insípida Pamela (esa chica con una cinturita de avispa que hacia sospechar que llevaba los riñones en el bolso). Igual Stache, aunque esté mal la comparación, ha sabido dar el salto a ese nivel meta que consiste convertir tu vida y tus aventuras en un espectáculo y así dejar de ser persona y convertirte en un dibujo animado (me perdonará el lector, pero es que estoy leyendo la estupenda autobiografía que Boris Izaguirre le escribió a Belén Esteban y no he podido evitar hacerme eco de la semejanza).

Bueno : que me pierdo.

Recordará el lector que Strache, después de renunciar al diablo de la política, a sus pompas y a sus obras, en una rueda de prensa retransmitida, protagonizó en el mes de mayo una vuelta a la escena pública. Unos amigos suyos le habían hecho un partido.

Bien.

Con este partido, Strache se presentó a las elecciones municipales, que se celebarán, coronavirus mediante, en octubre próximo. Otro partido denunció que Strache no vivía en Viena y que, por lo tanto, no se podía presentar a las elecciones de esta ciudad que el Danubio riega con sus murmurantes linfas.

Aquí sacó pecho Strache ante el mundo y ante la junta electoral y dijo que él era más vienés que un Schnitzel, pero que él se repartía entre dos casas : a saber, su vivienda, una « garsonier » en Viena, para los días de entre semana, y una casa en Kloster Neuburg (localidad de Baja Austria) en donde pasaba los findes. Que él era supervienés « Ur-Wiener » y que el centro de su vida y que su residencia habitual estaba aquí, en Viena.

Hubo sus dimes y diretes, porque a la gente no le pegaba que Strache pudiera vivir con su Felipa, sus críos y su perro (que parece que tiene perrito que le ladre) en una casa de 45 metros cuadrados. Hubo sus dimes y diretes, ya digo, pero al final ha resultado que la junta electoral vienesa le ha dado a Strache la razón en su pretensión de ser vienés.

Con esta buena noticia, Strache se lanzó a hacer los platós (porque la vida de Belén y la suya no tendrían ningún sentido sin cámaras). Primero fue al chiringuito de Fellner (OE24), chiriguito que merecería un amplio estudio al que renunciaremos de momento por falta de espacio.

Allí, Strache anunció lo que cualquiera con dos ojos en la cara y un par de neuronas podía haber deducido : y es que vive separado de hecho de su Felipa (ya se sabía más o menos, aunque ella siempre había negado los insistentes rumores). Como ese cuñado del que todos sospechamos que es un granuja de medio pelo, llorando con un ojo y riendo con el otro, Strache dijo « que (los dos) estaban luchando por su matrimonio ».

Luego se fue a ver a Armin Wolf a la ORF y el cuarto de hora que estuvo con ese genio de las onda hertzianas, con ese monarca de los platós, con ese paladín de la repregunta, fue una cosa ante la cual este bloguero, que lleva casi década y media escribiendo sobre Viena, se queda sin palabras. Fue una carcajada detrás de otra.

Aunque si alguien pensaba que Strache es tonto, se equivoca (tampoco es tonta Belén Esteban). El político tiene el don, infrecuente, aunque algo diabólico, que solo tienen los grandes genios de la comunicación (o la gente que está mal de la cabeza) : el don de verse en tercera persona, como un producto mejorable, como un objeto vendible y perfectibe.

Con cierta resignación (y mucha, mucha autocoña marinera) dijo que lo más vergonzoso del video de Ibiza fue la camiseta que llevaba puesta. Un hombre que es capaz de hacer un comentario así…No se sabe si está como doce cabras o es un genio de lo suyo.

¿Qué piensan mis lectores ?

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Un comentario a Ni en tu casa ni en la mía

  1. Jesús Carrete Montaña dice:

    Está claro que Strache conoce a su público y es de los que piensa que «el cliente siempre tiene la razón» (véase Ibiza). También es cierto que para mantener esa actitud en el contexto personal, nacional e internacional en el que se mueve este caballero son necesarias cualidades muy específicas. Si bien no todo el mundo estará de acuerdo en cuáles son esas cualidades, sí que se trata de alguna manera de un individuo excepcional.

    Lo que nunca he sido capaz de ver es que esto le otorgue ningún atractivo, ni siquiera uno morboso, y lo digo incluso habiéndolo visto actuar en persona un par de veces (menudo peñazo). Si hay que enmarcarlo entre los «grandes referentes de la España moderna y contemporánea», es Jesús Gil antes que Belén Esteban, y tampoco es que Gil inventase la careta que ambos llevan o llevaron, porque estoy seguro de que las tribus del neolítico contenían ya a ese tipo de personaje.

    Strache es como el producto precocinado y ultracongelado que alguien tira en una esquina del barrio. Al principio ofrece un cierto espectáculo de podredumbre y corrupción para mirones faltos de estímulos más elevados, pero después solo deja un cartón seco de colores cada vez más pálidos que tarda décadas en descomponerse. Hace feo, es peligroso para el entorno si prolifera, y lo único que se puede esperar es que desaparezca de una vez.

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