Una historia que hace sonreir (espero)

En unos tiempos en los que, demasiadas veces, toca hablar de gente mala, hoy vamos a cambiar un poco de perspectiva y contar la historia de una buena persona.

5 de Noviembre.- Hoy he estado grabando mi intervención en el próximo programa de Latino TV, que saldrá al aire la semana que viene. He salido a toda prisa del estudio, porque quería coger el tren de las siete y cuarto de la tarde, ya que quería llegar a mi casa a eso de las ocho (por el toque de queda).

Tras casi llevarme por delante a mi amigo Justo Zamarro, el escritor, y a su mujer (los cuales, como suele sucederme, me han visto a mí, porque yo iba volado por la calle y no los había visto) y tras hacer algunos trasbordos por el metro vienés, he conseguido llegar a la hora. Tanto en el metro como en el tren se notaban las medidas que, si Dios quiere, nos evitarán el colapso del sistema sanitario.

No había demasiada gente.

Una vez me he subido al tren, he dejado la mochila en el suelo y me he puesto, como suelo, a leer.

Una vez puesto en marcha, el tren ha ido avanzando por la noche centroeuropea, parándose en apeaderos sin apenas gente, alumbrados por las luces naranjas de las farolas.

A la tercera o cuarta estación, una voz soñolienta y no precisamente con una dicción maravillosa ha dicho algo por la megafonía del tren. El tren se ha parado, se han bajado cuatro o cinco viajeros y yo me he quedado allí esperando a que el convoy reemprendiera la marcha. A pocas plazas de mí había un chavalín de la edad de mi sobrina (unos trece o catorce años) que, en contra de lo que se usa entre los de su edad, iba leyendo con evidente placer un librote muy gordo. También estaba en el mismo vagón un recluta y otro viajero que tendrá en esta historia un papel preponderante.

Al cabo de cinco minutos, yo seguía absorto en la historia del Imperio Romano (SPQR) de Mary Beard, un libro que enseña divirtiendo, cuando se me ha acercado este tercer viajero. Era un chico joven que, como correspondía, llevaba una mascarilla la cual, por cierto, era de corte impecable (casualidades de la vida: conozco a la modista que la ha hecho) y era de vistoso estampado africano.

-Perdone -me ha dicho- y yo he dado un respingo- ¿Ha oido usted la locución?

-Ah, pues… Pues no.

-Es que han dicho que el tren se queda aquí. Que no sigue viaje.

A esto se ha acercado el recluta que tampoco había entendido que el tren se quedaba allí. Nuestro amigo, el de la mascarilla de tela africana, se ha acercado al adolescente lector que también (esta vez sí, como todos los de su edad) aguardaba acontecimientos (no sé a qué estaría esperando, por cierto).

El contingente austriaco, tras corta deliberación, ha llegado a la conclusión de que debía de haber algún autobús sustituto del tren parado, así que los cuatro nos hemos bajado del vagón y hemos salido a buscarlo en la (afortunadamente) tibia noche de noviembre.

Al final, el hombre de la mascarilla de telas africanas, muy servicial, ha descubierto que había un tren que iba hasta dos paradas antes de la mía. Tanto el recluta como el chaval de librote han buscado otras soluciones.

¿Y yo cómo llego a N.? -le he preguntado yo al desconocido. Y él, me ha contestado:

-No se preocupe, que yo tengo aparcado el coche en la estación de P. -localidad cercana- y le llevo.

-Muy amable.

A todo esto, entre que llegaba el tren y no llegaba, nos hemos puesto a charlar con esa tranquilidad que se tiene cuando uno encuentra en una noche a un desconocido al cual es probable que no vuelva a ver nunca.

Mi compañero de espera ha resultado ser un trabajador del Parlamento austriaco.

Hemos estado hablando del estado lamentable en que se encontraba el augusto edificio que levantó en el siglo XIX Teophile Hansen y del tiempo que va a durar todavía la reforma. Hemos hablado del coronavirus.

Mi interlocutor ha resultado ser un hombre de lo más razonable, que ha intercambiado conmigo algunas interesantes ideas, muy inteligentes, a propósito de lo que está pasando en Austria con el confinamiento. Él piensa, como muchos austriacos, que no va a servir para mucho, porque llega demasiado tarde. Piensa que en quince días los hospitales estarán colapsados y que entonces empezará la parte realmente dramática de la pandemia.

-En mi opinión, ha dicho mi amigo, una de las cosas curiosas de este virus es que es inseparable de nuestro estilo de vida y de cómo somos como sociedad. El virus se ha extendido tanto y tan rápidamente por la extrema movilidad que hay, por los viajes. Y, si hubiera llegado hace cien años, probablemente no nos hubiéramos dado cuenta porque, a finales del siglo pasado, no existían los grupos de riesgo que hay hoy. Porque la gente moría mucho antes.

Naturalmente, hablando de sobresaltos, hemos llegado al sobresalto del martes por la noche, al criminal atentado terrorista.

Mi desconocido amigo me ha estado contando que precisamente él había pasado hoy por la plaza de la catedral y por el distrito uno, porque, como muchas otras personas, quería ver de nuevo aquellos lugares (quizá para comprobar si la tragedia los había teñido con una luz diferente). Con la voz un poco velada por la congoja -no era para menos-, me ha contado que un amigo suyo había presenciado cómo el criminal había matado a una de las víctimas, la camarera que estaba sirviendo en el local en el que él estaba.

Con una gran humanidad y una indudable sensibilidad para los detalles y los contrastes de la vida, el amable desconocido me ha estado explicando cómo le ha llegado al alma ver que, frente a la catedral, los neonazis del movimiento identitario se estaban manifestando y, frente a ellos, estaban los jóvenes antifascistas. Pero que también había una manifestación de repulsa de jóvenes musulmanes y otra de la comunidad judía que igual.

Al llegar al aparcamiento de la estación, el hombre ha dudado un poco:

-Es un curioso ejercicio eso de buscar dónde tiene uno aparcado el coche todos los días.

-Pues yo en eso no le puedo ayudar -he dicho yo riéndome.

Al entrar en el coche, el parabrisas estaba bastante empañado. El hombre ha puesto la calefacción y hemos estado hablando del cambio climático, y de su infancia la cual, como la de todos los austriacos, estuvo llena de inviernos en donde nevaba de verdad y en donde se podía uno tirar en trineo por las calles que hacían cuesta. Ahora, con el cambio climático, el invierno ya no es lo que era.

En agradable conversación que, de verdad, me da pena no poder dejar consignada aquí con más exactitud, hemos llegado hasta las cercanías de mi casa, en donde, después de agradecerle su infinita amabilidad y su encantadora conversación, me he despedido del hombre.

He contado todo lo anterior no solo porque me haya llegado al alma la sencillez, casi diría el candor, la extremada fineza, la humanidad y la educación de mi compañero de viaje sino también porque pienso que, a veces, embebidos en los números, en los gráficos, en los incrementos, en la abstracción, corremos el peligro de no darnos cuenta de que la Historia la hacemos todos los días personas como usted, como mi desconocido amigo, como yo. Y que contar nuestras cosas, es contar las noticias desde el lado de las personas que están más afectadas por ellas.

También, por qué no, porque en unos tiempos en que toca hablar (desgraciadamente) de malas personas, nos olvidamos de que el mundo está lleno, principalmente, de gente amable y servicial, como este hombre del que he hablado el cual se ha apiadado de un extranjero desconocido que, de otra manera, se hubiera quedado tirado en un apeadero cualquiera en Baja Austria. Sucede sin embargo que los buenos hacemos mucho menos ruido que los malos y que por eso los malos parecen más.

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