La noche de los cristales rotos en Viena

En la noche del 9 al 10 de Noviembre de 1938, tal día como hoy, se desató en Viena una tempestad de odio antisemita que duró cinco días y que marcó el principio del holocausto.

 9 de Noviembre.- En el distrito 2, en una calle tranquila, la Untere Augartenstrasse, hay una sucursal de una conocida cadena de perfumerías. Probablemente, las empleadas que, cada día, despachan desodorantes y compresas, no sepan que trabajan en uno de los epicentros de uno de los capítulos más negros de la historia de Austria.

El café Rembrandt

El local que ahora ocupa un inocente BIPA era, en noviembre de 1938, el café Rembrandt. Su propietario era judío y la imagen de la fachada del café llena de pintadas y con los ventanales rotos, recuerda que Viena fue, en la llamada noche de los cristales rotos, una de las capitales de la infamia.

Austria llevaba seis meses bajo el dominio nazi. Tal día como hoy, nueve de noviembre, Odilo Globocnik, el gauleiter de Viena (el equivalente nazi del Gobernador Civil) estaba en Munich. Allí, Josef Goebbels, el cual ocupaba la cúspide de la maquinaria de propaganda nazi le dio indirecta pero inequívocamente las órdenes que culminaron en la Reichskristallnacht. Globocnik, obediente, dio por teléfono la consigna a todas las fuerzas a su mando en la ciudad junto al Danubio y se desencadenó una tormenta de violencia sobre los negocios y las propiedades judías.

Propaganda de destrucción masiva

La propaganda nazi extendió inmediatamente la noticia de que la Noche de los Cristales Rotos se había debido a una reacción “espontánea”  de cólera del pueblo alemán contra los judíos, debida al asesinato en París del diplomático alemán Ernst vom Rath por parte de un judío compatriota suyo, residente en Francia pero nacido en Hannover, Herschel Grynzspan.

La realidad era muy otra. El pogromo de noviembre fue una acción simultánea y conjunta de las autoridades nazis en todo el territorio controlado por el Reich alemán. Una acción que representó el principio de la Shoa u holocausto.

En Viena fue muchísimo peor que en otras ciudades porque, aparte de las fuerzas del orden (del “desorden”, habría que decir) muchos vieneses de aquella época participaron con siniestro entusiasmo en los robos, los saqueos y hasta los asesinatos. Cinco días duró el pogromo en cuyo transcurso se quemaron sinagogas, casas de oración y escuelas hebreas, ante la pasividad de la policía y  los bomberos que solo salían en el caso de que hubiera que proteger casas “arias” del acoso de las llamas, y la mirada atenta de muchos curiosos que se paraban a ver arder como teas los edificios. Hubo asesinatos y muchos judíos, incapaz de soportar el odio desencadenado contra ellos, se suicidaron de las más variadas maneras.

Viena: capital del antisemitismo

¿Por qué en Viena fue la noche de los cristales rotos especialmente violenta? Se pueden apuntar muchas causas, pero podría decirse que, en la capital del Imperio en donde Hitler había vivido en su juventud el antisemitismo estaba muy enraizado. Durante mucho tiempo, la ciudad había tenido un alcalde, Karl Lueger, notoriamente populista y antisemita. Y el mismo Adolf Hitler, durante su etapa vienesa, había obtenido sin ningún problema los grotescos panfletos en donde se consagraba el odio a los judíos.

¿Podría repetirse una noche como la de hace ochenta y dos años? Las señales son preocupantes y hacen temer que, si el continente europeo olvida, si no se empapa de espíritu tolerante y democrático, aquellos desgraciados hechos puedan volver a producirse. A pocos kilómetros de Viena, en Hungría, un partido xenófobo y ultranacionalista elabora leyes que marginan a los ya de por sí marginados, a los sin techo, a los inmigrantes. En Rusia o en Polonia, encuentran cerrado apoyo leyes que discriminan a los homosexuales y les obligan a regresar a las catacumbas, o cercenan los derechos de las mujeres.

La Noche de los Cristales Rotos no debe olvidarse porque, si la olvidamos, algún día nuestros hijos nos preguntarán por qué nosotros, ciudadanos del año 2020, consentimos que semejantes nuestros fueran objeto de la burla, del odio o la deportación. Y les parecerá incomprensible, y nos lo recriminarán, como a nosotros nos parece incomprensible la barbarie de aquellos días de 1938 en donde el hombre fue un lobo para el hombre.

Por eso conviene recordar, escuchar la voz de los que aún viven y protegerse. El mal no duerme. La bestia, se encuentra en todas partes. Incluso dentro de nosotros.

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