El canciller, el vice y las estéticas extremas

tatuaje¿Quién le iba a decir a Alaska que algún día su nombre estaría en el mismo párrafo que el del canciller de la República austriaca? Pues sí, pues sí.

Para Luis, que me ha hecho llorar de risa, hoy que tanto lo necesitaba.

29 de Agosto.- Di que la otra tarde, a eso de las ocho, estaba yo haciendo algo que los niños no deben probar en sus casas: esto es, intentando escribir un post de Viena Directo y, al mismo tiempo, escuchando un debate electoral en Puls 4. En esto que, de pronto, no tuve más remedio que dar un bote al oir una sola, sencilla palabra, casi una partícula de lenguaje ¡Córcholis! ¡Cagüenlaleche! ¿Qué sucedió?

Pues resulta que en Puls 4, la más menesterosa de las cadenas privadas austriacas (tanto, que el ochenta por ciento de su programación se podría hacer desde el salón de cualquiera de nuestras casas) echaban el primer debate electoral (perezón) que iba enfrentar al canciller y al vicecanciller actual de la República Austriaca.

Ambos señores, durante esta campaña, compiten. Uno pretende que le renueven el contrato y el otro, echar al otro de la silla y ponerse él. Naturalmente, a nadie se le escapa (en primer lugar a ellos mismos) que tienen un serio problema de credibilidad y es que, si estás trabajando codo a codo con una persona ¿Cómo vas, y te pones y, en el fragor de la batalla, le llamas “perro judío”? (por cierto, esto del can hebreo es una cosa que los españoles decimos muchísimo, en sentido figurado, claro, y que a los austriacos les da como alipori cuando nos lo escuchan).

En fin: los dos contendientes (“duelistas” en lenguaje aborígen, que a uno le suena a eso que hacen en Hombres, Mujeres, zorrones poligoneros, porteros de discoteca y viceversa)…Los dos contendientes, decía, a quien un comentarista ingenioso llamó “Werner Spindelegger” (por aquello de que son como ese monstruo de dos cabezas del Barrio Sésamo) se pusieron a debatir sobre lo acostumbrado -poco- en un entorno que recordaba (en pobre) al plató de El Juego de la Oca y pertrechados con todo el aparataje necesario para intentar vencer (sin éxito) la propensión al bostezo de la audiencia.

Que si cuando hables más de tres minutos, te quitamos el micrófono, que si te encendemos la luz roja, que si ciento quince monaguillos sadomasoquistas  tienen una pregunta para usted,

que si a mí de pequeño me daba miedo el feo de los hermanos Calatrava ¿Van a aplicar un paquete de medidas económicas para pagarle una cirugía estética a Mick Jagger?

Que si soy un pensionista acosado por un vecino culturista al que le ponen los ancianos ¿Qué hago, me dejo?Y, si me dejo ¿Tiene pensado el Gobierno subvencionar la compra de vaselina para los miembros de la tercera edad con parafilias?

Dígame qué hago señor vicepresidente porque tengo diecisiete hijos ¿Va usted a dar ayudas a las personas del Opus con familia numerosa que creen en la infalibilidad del papa Paquirri  o me hago de la cienciología como Tom Cruise?

Oiga, que a mí sólo me ofrecen trabajos de pitonisa y yo lo que quiero es ser ingeniera en Fukushima o, si no se puede, barquillera…

O sea, las preocupaciones normales del pueblo soberano y tal.

En esto que, de pronto, el actual canciller, Sr. Werner Faymann, con su vocecilla y su acento nasal y su flequillo indespeinable, se dirige al otro candidato, Sr. Spindelegger (alias Michael “morritos calientes” Spindelegger) y le dice, jocoso, confianzudo “oye, pero lo que quieres hacer…” ¡Tú! ¡Le trató de tú! Y no una, sino varias veces, y yo me tuve que levantar de la silla, ir al baño, comprobar que tenía las orejas en perfecto estado de revista, volver a mi sitio y volver a escuchar el tú una vez y otra. No daba crédito.

Y entonces, me acordé de Alaska, la sabia Olvido Gara que, en una entrevista a El País semanal, dijo (cita):

“…y llega un momento en que ves a los poligoneros con los pendientes y brillantes y las cejas depiladas, la camiseta, el músculo y piensas: “Pues me parece a mí que no, que no es gay, me está fallando el radar”. Hemos triunfado, hemos impuesto estéticas extremas que hace tiempo eran de maricones, de putas y de travestis. Me encanta.” (fin de la cita).

Y yo me dije: “es verdad: hemos triunfao”.

Pero lo cierto es que  no supe si alegrarme.

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