Las catilinarias

Un día vamos a tener un disgusto y ya verás. Hoy, otros dos activistas por el clima han provocado un estropicio en el Leopoldmuseum.

15 de Noviembre.- A la altura del año 63 antes de Cristo, Catilina se había presentado a cónsul de la República romana y había perdido. Con una maniobra digna del mismísimo Donald Trump, intentó presentarse una segunda vez y, para que no fallara nada, trató de asegurarse la victoria mediante sobornos. Pero di que Cicerón descubrió lo que tramaba e impulsó una ley que prohibía semejantes manejos -ni que decir tiene que semejantes leyes, entonces como ahora, eran un óptimo papel higiénico-. Debido a estos reveses, Catilina se la tenía jurada a Cicerón, así que conjuró para mandarle a buscar los servicios de Caronte, si mis lectores entienden lo que quiero decir.

Catilina entonces pronunció sus famosas catilinarias. Piezas maestras de oratoria disparadas a la línea de flotación de Catilina. El zasca más famoso de la historia.

La primera catilinaria empieza con esta famosa frase. Escuchemos la voz de Cicerón retumbando con precioso eco en el marmóreo senado republicano:

Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?

Una forma elegantísima de decirle: “Catilina, me tienes hasta las pelotas, y como no pares de hacer maldades, te voy a dar una con la mano abierta que te vas a enterar”.

Claro, en el senado romano no se podían decir estas cosas, así que lo que Cicerón dijo en su bellísimo latín fue:

-¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?

(Luego le dijo más, claro y, a cada golpe dialéctico, uno se imagina a Catilina haciéndose cada vez más chico en su escaño).

Me acordaba yo de esto viendo el vídeo de los activistas por el clima tirando aceite (o un líquido similar) sobre una bellísima obra de Gustav Klimt cuya reproducción, lo que son las cosas, fue la imagen que yo vi durante todo un año de universidad, porque la llevaba pegada a la carpeta de los apuntes.

El nuevo “incidente” ha sucedido en el Leopold Museum. El modus operandi ha sido el mismo de siempre. Líquido sobre el cuadro, pegamento de los activistas, ruido mediático y, por fin, desactivación de la alarma.

La obra de Klimt, gracias a Dios -o a la pericia de los activistas, no es descartable- no ha sufrido ningún daño pero la pregunta es una variación de la de Cicerón. O sea ¿Cuánto tardarán los activistas en tener que encontrar un modo de protestar que tenga la misma repercusión?

Porque cuando le tiren un tartazo a, pongamos, el cristal de la Mona Lisa, también conocida como Gioconda, nos la va a refanfinflar, que supongo yo que es lo último que uno pretende con una protesta.

De cualquier manera, el director del Leopold Museum, la galería en donde está colgado el cuadro, ha declarado que todo ha salido con arreglo al plan de emergencia previsto.

O sea, al detectar los churretes sobre el cristal, el cuidador de la sala ha detenido la acción. No ha podido evitar, sin embargo, que escapara el tercer activista, que ha sido el que ha colgado el vídeo en internet para que se hiciera viral.

Luego, ha llamado a la policía y a los sanitarios (dos de los activistas se han pegado al cristal de seguridad y había que despegarles) y por último al equipo de restauración del museo, el cual ha podido certificar que al tesoro que es el cuadro de Klimt no le ha pasado nada.

También ha dicho que cada vez hay más obras que están detrás de cristales y no solo para evitar que sufran daños por cosas como esta, sino también porque hay mucha gente que se acerca demasiado y la humedad del aliento humano es mala para los cuadros.

En cualquier caso, queridos activistas, aunque la reivindicación es justa y aunque uno no puede más que solidarizarse con vuestra lucha, por favor, encontrad otra manera de protestar, porque algún día vamos a tener un disgusto y vais a romper alguna cosa y luego vendrán los llantos.

Mira Catilina. Tanto fue el cántaro a la fuente (espóiler) hasta que se rompió.

 

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