
Una empresa austriaca es la responsable de que la vida de los habitantes del sur de París haya mejorado un montón.
13 de Diciembre.- Durante una época, viajé varias veces a París. Y es una ciudad en la que nunca viviría. Un poco de broma, digo que el principal defecto de París es que está llena de parisinos (no lo digo yo, lo dicen también los propios franceses) pero lo peor de todo son las enormes distancias y la dependencia que los parisinos tienen del vehículo particular. Como en el centro solo pueden permitirse vivir los que tienen el riñón bien cubierto, los simples mortales tienen que enfrentarse de manera cotidiana al infierno de desplazarse desde las afueras, la „banlieu“, hasta los lugares de trabajo.
Los parisinos se pasan horas en el coche o en los transportes públicos y, en el caso de que haya alguna avería, solo les queda la resignación cristiana y esperar que Dios haga un milagro.
Una empresa austriaca ha construido un teleférico que puede ser una solución para las doce millones de personas que viven en cuatro ciudades dormitorios de las afueras de París y que van a librarse de por lo menos una parte del infierno cotidiano que les supone enfrentarse al atasco.
El „Cable 1“ es un teleférico urbano que cubre el trayecto entre Limeil y Brevannes, dos lugares que son colmenas para la clase trabajadora y por los que la historia pasa generalmente de largo.
La historia de Cable 1 empieza cuando los técnicos de urbanismo de la ciudad de París pensaron en prolongar la línea 8 de metro para alcanzar los lugares que ahora sobrevuela el funicular.
El intento se desestimó porque esa parte de las afueras de París está densamente urbanizada y por el coste que supondría horadar túneles por esas zonas.
Surgió la idea de que si no se podía ir por debajo de la ciudad, quizá se podía ir por encima de los edificios.
Ya hay precedentes. Por ejemplo, en La Paz, en Ciudad de México o en Barcelona). Sin embargo, el funicular de París, construido por una empresa austriaca, es el más largo de su clase y abarca 4,5 kilómetros. Existe por cierto el proyecto de construir otras líneas, en otros lugares de la capital de Francia. Aportarían, como esta, no solo un alivio a las calles sobrecargadas de tráfico, sino también una atracción turística que podría revitalizar la vida de los suburbios.
Otras ciudades, como por ejemplo Amsterdam, están ya considerando construir funiculares similares. No para salvar desniveles del terreno, sino para salvar distancias que, de otra manera, condenan al uso del coche o del autobús. Por no hablar del coste, mucho más asumible que el de las líneas de metro tradicionales.
El C1 cubre en 17 minutos un trayecto en el que, hasta el momento, se perdía una hora, en un zigzag a través de calles atestadas. El final del trayecto está al principio de la línea 8 de metro, de manera que los que trabajan en la zona sur de París podrán ahorrarse mucho tiempo y aumentar así su calidad de vida considerablemente.
El funicular tiene otra ventaja y es que es muchísimo más ecológico que el coche, como salta a la vista.
Las emisiones de C1 por viajero son muchísimo menores que las de los coches que serían necesarios para mover a ese número de gente.
El funicular tiene 105 cabinas que podrían transportar todos los días a unas oncemil personas. Es accesible, porque las cabinas ofrecen espacio para viajeros en silla de ruedas o con cochecitos de niños. Cada cabina admite hasta diez viajeros.
El coste de la obra ha sido de 138 millones de euros, solo ligeramente por encima de los 132 presupuestados originalmente.
La empresa que ha construido esta maravilla es Doppelmayr, de Vorarlberg. A ver si cunde el ejemplo.

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