
Entre marzo y mayo de 2025 aprendimos lo que es un arancel, se nos murió el Papa, elegimos otro y, entre otras cosas, Austria ganó Eurovisión.
26 de diciembre.- Una de las constantes de este año 2025, sobre todo desde que la alianza con los Estados Unidos de Trump empezó a dar muestras de agotamiento, ha sido la palabra “rearme”. La Unión Europea, quién sabe si demasiado tarde, se ha dado cuenta de que tiene que alcanzar la mayoría de edad y, con ella, la independencia. No está siendo fácil, como todos sabemos, sobre todo teniendo en cuenta de que hay que repartir los recursos en la defensa de Ucrania -en el momento de escribir esto acaba de tomarse una decisión transcendental para el futuro de la Unión, que ha sido la de no tocar los fondos congelados rusos en suelo europeo-. Tampoco está siendo fácil porque la Unión Europea no cree mucho en sí misma, y eso habrá que remediarlo en algún momento (o lo remediarán otros, me temo).
El nuevo Gobierno de coalición se planteó desde el principio que sería “un socio fiable dentro de la Unión Europea”, cosa que incluye también a la defensa. Es un factor diferenciador de la extrema derecha prorrusa, que defiende un supuesto “pacifismo” que no es más que una rendición a los intereses imperialistas de Moscú.
Pasando a otro orden de cosas, también en marzo de 2025 tuvimos los primeros compases de una historia que ha ido coleando durante los últimos meses y que, de manera un tanto imprevisible ha producido un auténtico culebrón en el mundo del arte. De una manera un tanto misteriosa, tras muchos años perdida, reapareció una obra de Klimt. Se trataba del retrato de un príncipe africano que, después de haber sido confiscado por los nazis, había ido a parar a Hungría. Hoy, el cuadro ha sido confiscado por las autoridades austriacas. Las húngaras dicen que nunca se dio permiso para que saliera del país y que, por lo tanto, sus poseedores no tenían permiso para venderlo. Ahí sigue la cosa.

Entramos en abril con la noticia que, sin duda, ha debido de provocar más dolores de cabeza en las cancillerías europeas. Recordará el lector la imagen del presidente Donald Trump con una tabla en la mano, parecida a las que, antiguamente, se usaban para las puntuaciones del festival de Eurovisión. Solo que en vez de “tuelf points” lo que se repartían eran aranceles. Según Trump, los Estados Unidos eran (son) discriminados en diferentes mercados mundiales y pagan más aranceles de lo que los exportadores pagan. Había, según él, que poner remedio a esto. Al final, la cosa quedó un poco en agua de borrajas, aunque desde entonces el gobierno norteamericano ha subido un poco su recaudación de impuestos. Este dinero lo necesita el Gobierno de los Estados Unidos para compensar un déficit público galopante y la bajada de impuestos (para los ricos) que Donald Trump prometió cuando fue reelegido.
Esta subida de aranceles, más allá de su importancia económica presente, marca un bache simbólico enorme. Todo el mundo ha tenido la sensación de un cambio de era. Salíamos de la globalización y entrábamos en la funesta época de los depredadores ultranacionalistas. Ay, Señor, cómo nos pruebas.

Durante la madrugada del 21 de abril de este año, la Iglesia católica tuvo que lamentar el triste fallecimiento del papa Francisco, octogenario. Un hombre cariñoso e inteligente, al que le tocó enderezar muchos entuertos y solo consiguió hacerlo a medias. Se abrió entonces el tortuoso proceso de elección de un nuevo pontífice -tortuoso porque es bastante complicado- que culminó en la elección de un norteamericano, precisamente, que reina con el nombre de León XIV.
Entretanto, es poco probable que los españoles -y los europeos- olviden fácilmente la jornada del 28 de abril. A eso del medio día, en España se apagaron todas las luces y, en algunos sitios no volvieron a encenderse hasta bien entrada la madrugada del día 29. Las causas del apagón son todavía objeto de discusión. Es bastante probable, sin embargo, que el paciente lector haya podido escuchar algunas ideas de la boca autorizadísima de su cuñado el cual, seguramente, tendrá una opinión fundada al respecto (ejem).
El seis de mayo tuvimos visita procedente de España. Los reyes, nuestros señores, acudieron a conmemorar la liberaciónd el campo de concentración de Mauthausen. Era la primera vez que un jefe de Estado (y señora) acudían al recuerdo de la muerte de tantas personas inocentes. Esperemos que no sea la última.
El 15 de mayo cayó otra conmemoración: la de los setenta años de la firma del tratado por el cual se constituyó la República austriaca. También en mayo (ay) Austria recibió un regalo envenenado: JJ, el representante austriaco, ganó el festival de la canción de Eurovisión y, por lo tanto, Esta Pequeña República quedó encargada de organizar la que será la edición número setenta. No está el horno para muchos bollos.
Pero me estoy anticipando. Esto lo veremos en el próximo capítulo.
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