
El Gobierno austriaco anunció ayer que no participará en el “consejo de paz” para la “reconstrucción” de Gaza.
19 de Febrero.- Ayer se supo que el Gobierno de Austria había declinado la invitación de formar parte del llamado “consejo de paz” propuesto por Donald Trump para la “reconstrucción” de la franja de Gaza.
Como quizá recuerden los lectores de Viena Directo, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, propuso la formación de un denominado “consejo de paz” que sería la entidad encargada de administrar el “alto el fuego” por el cual se pretendía terminar con el enfrentamiento entre el Estado de Israel y la milicia islamista Hamas.
Dice el refrán que no hay cuña peor que la de la misma madera, y este llamado “consejo de paz” pretende sobre todo erosionar la primacía de las Naciones Unidas como garante de la paz mundial.
El movimiento guarda algún parecido con el que sacó a la Alemania nazi de la Sociedad de Naciones fundada después de la primera guerra mundial. Donald Trump no quiere renunciar del todo al peso inmenso que los Estados Unidos tiene en las Naciones Unidas pero, al mismo tiempo, la ONU y sus diferentes organismos le resultan incómodos y lleva todo su mandato intentando por todas las vías vaciar de contenido la arquitectura diplomática creada después de la segunda guerra mundial.
El asunto del “consejo de paz” huele mal a kilómetros y la prueba es que ninguna nación de primera fila o con algún peso se ha adherido al artefacto. También porque, como suele suceder en el mundo del capitalismo salvaje en el que vive Trump, la pertenencia al organismo cuesta dinero. Mucho dinero. Trump basa la tarifa en las píngües ganancias que, se supone, obtendrán los países miembros cuando Gaza se empiece a “reconstruir” y se convierta en una especie de Riviera.
Para eso, de momento, queda muchísimo tiempo. Por ahora, a Gaza no se puede entrar (ya se encarga el ejército de Israel de que no se pueda, como es natural, para poder seguir haciendo salvajadas sin testigos) y la sede del “consejo de paz” a falta de lugar mejor se encuentra en estos momentos en El Cairo.
La iniciativa de Trump, como decía más arriba, ha tenido un éxito bastante discretito.
En Europa, solo se han adherido Bulgaria y la Hungría de Orbán país que es, en términos diplomáticos, el eterno verso suelto de la Unión.
Como pago, por cierto, estuvo Marco Rubio en Hungría el otro día pasándole la mano por el lomo a Orbán,el cual se enfrenta dentro de unos días a unas elecciones en donde su partido (Fidesz) tiene todas las de perder.
Por lo demás, la lista de países adheridos al famoso „consejo de paz“ también da idea de la enorme soledad diplomática a la que se enfrentan los Estados Unidos.
Incluso Italia, uno de los pocos países aliados de Trump en la Unión Europea, ha decidido acudir en calidad de „observadora“ (whatever that means).
El Gobierno austriaco ha dicho, en otros términos que lo que quiere Trump ya existe, y que se llama Naciones Unidas, y que para ese viaje no se necesitan alforjas.
La cancillería de Viena ha hablado de “estructuras paralelas” que viene a ser lo mismo. Además, a nadie con dos dedos de frente se le ocurriría entrar en un club para el que Donald Trump se ha reservado la presidencia vitalicia (a ver, tiene ochenta años, es probable que esa presidencia vitalicia no dure mucho, pero nadie serio se iría con Donald Trump ni a por cien gramos de jamón de York).
A la primera reunión del “consejo de paz” se espera que acudan representantes de unos veinte países. Potencias de tanta relevancia como Kazajstán, por cierto. Se celebrará en el antiguo “Instituto para la Paz” de Washington, rebautizado para la ocasión como Instituto Trump para la Paz.
A falta de premios Nóbel, buenas son tortas, dirá el otro.
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