
En 1939 Charles Chaplin escribió “El Gran Dictador”. Hoy, casi cien años más tarde, una secuencia en particular está de máxima actualidad.
15 de Junio.- Desde principios de los años treinta, empezaron a llegar a Hollywood refugiados europeos que huían del nazismo (muchos de ellos austriacos, como Billy Wilder). La meca del cine era también el mayor polo del talento artístico mundial de aquella época y fueron aquellos inmigrantes los que hicieron América grande de verdad.
Aterrorizados, los pobres judíos que huían de Centroeuropa contaban las atrocidades de los nazis y en general, en aquella élite intelectual, todo el mundo estaba al corriente de que lo que estaba pasando en Alemania era un cáncer que amenazaba la libertad del mundo civilizado.
Por esa época, durante una exposición del Museo de Arte Moderno de Nueva York, tres titanes del cine, Charles Chaplin, René Clair y Luis Buñuel, tuvieron ocasión de ver la película “El triunfo de la voluntad” de Leni Riefensthal. A la salida de la proyección, René Clair, con el pánico en el cuerpo, les dijo a sus dos compañeros que había que prohibir aquella película porque, por su fuerza, provocaría una nueva guerra mundial en la que las democracias tenían todas las de perder. Chaplin, sin embargo, encontraba que Hitler era muy cómico. Consiguió una copia de El Triunfo de la Voluntad y empezó a escribir El Gran Dictador, que se estrenó en 1940.
El Gran Dictador es la película de Chaplin que más éxito comercial tuvo y una de las que han pasado a la Historia no solo por lo buena que es, sino por su significado político. Tras la guerra, por cierto, fue una de las razones por las que Chaplin tuvo que huir de los Estados Unidos, acusado por el infame McCarthy de ser simpatizante del comunismo.
En esa película, hay una escena que a mi hermano y a mí nos hace reir desde que la vimos, una navidad de finales de los años ochenta.
El barbero amnésico, interpretado por Charlie Chaplin y su novia (que también lo era en la vida real) la preciosa Paulette Godard, están en el gheto judío cuando, de pronto, pasa un pelotón de bestiales simpatizantes de Hinkel y se desata el pánico. Los bestias aquellos marchan al ritmo de una canción con la que mi hermano y yo nos partíamos de risa:
-Arios! Arios! Qué superiores son los arios!
Era la parte de la película que más gracia nos hacía junto con una frase que dice Chaplin/Hinkel:
-!Estoy rodeado de incompetentes y estériles secretarias!
(Todavía la decimos cuando no nos sale algo).
Hace algunas semanas el FPÖ añadió a la burbuja de medios de propaganda con la que mantiene cautiva la atención de sus seguidores, una radio por internet que se llama “Austria first”. Porque la ultraderecha austriaca no solo tiene mantener a su electorado con las anteojeras de los videos de YouTube en donde salen el pringoso Hafenecker, el diarréico Grosz o el ríspido Kickl, sino que también se ha lanzado a la conquista de sus orejas.
Así, como en cualquier emisora de nicho, en Austria First también tienen su “canción del verano”. La que aspira al título este año se llama “Remigración” y solo con el título, mis lectores ya pueden suponerse que es la versión actualizada de aquel “Qué superiores son los ários” que a mi hermano y a mí nos hacía reir en la infancia, porque creíamos que era imposible que algún día asistiríamos en directo a la antesala del nazismo.
“Remigración” es un término, sinónimo de deportación en masa, que los ultras del FPÖ han copiado de su ala más extrema, los neonazis identitarios.
Al principio, estaba solo asociado al vocabulario de los neonazis pertenecientes a este grupo, sin embargo, ha ido poco a poco permeando el lenguaje de los discursos de Kickl y compañía, que intentan convertir la palabra en algo corriente. La ósmosis entre el FPÖ y los identitarios es tal que es difícil precisar dónde empiezan los unos y terminan los otros, e incluso el departamento antiterrorista del Gobierno y los servicios secretos tienen en el punto de mira a varios empleados del FPÖ en el parlamento, a los que se presupone vinculados a grupos de violencia de extrema derecha.
Renuncio a intentar reproducir siquiera la abyección de la letra de “Remigración” o a describir el vídeo musical que la acompaña, un engendro creado mediante inteligencia artificial.
Si Chaplin viviera hoy es muy dudoso que consiguiera encontrarle algún tipo de gracia. Es probable que le recorriera la espina dorsal un escalofrío de terror.
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