En la salud y en la enfermedad (3/3)

Imagen sintética creada con IA (Gemini AI)

Un hospital es un fresco del paisaje humano de un país, y también, cómo no, de su cultura. Del cocido a la quimioterapia

El primer capítulo está aquí

El segundo, aquí

23 de Agosto.- Tercer acto: el cocido socialista

Son alrededor de las once de la mañana y, tras la preparación del análisis y la consulta semanal con la oncóloga, solo nos queda la quimioterapia propiamente dicha. Después de haber hablado con la médica, mi paciente afronta este trámite con algo más de calma. La sala de espera principal está un poco más vacía, porque otros enfermos ya han entrado a el espacio en donde se efectúa el tratamiento de cáncer.

Quizá recuerde el lector (ver primera parte) al caballero que se estiró en las tres sillas y puso la espalda cómodamente contra una pared. Guarde esta imagen en la memoria, porque vamos a volver a verle dentro de unos párrafos.

De momento, le vemos alejarse en dirección a la sala de quimioterapia, gastándole bromas a las enfermeras con mucho desparpajo.

Nosotros nos quedamos, por tercera vez, delante de la pantalla.

La situación de los bancos de sangre de la Comunidad de Madrid no ha cambiado mucho en el transcurso de la última hora, así que Victoria, inasequible al desaliento, sigue diciendo que es muy importante donar sangre. Y lo es, por ejemplo para que se pueda compensar la anemia de los pacientes oncológicos y así aumentar sus posibilidades de curación.

La señora de color y su paciente, el faraón egipcio, se han marchado. Quién sabe cómo se terminará su historia, de la que solo hemos podido entrever un fragmento. N

o pasa mucho tiempo hasta que sale el número de mi familiar. Se moviliza, con mucha prisa:

-Hala, hala, que ya nos han llamado.

El otro acompañante, más experto me dice:

-Ven con nosotros y así puedes ver dónde vamos a estar y así luego nos cambiamos -solo puede haber un acompañante por paciente.

Lo hago.

La primera sesión de quimioterapia se hace en una habitación en la que solamente está el paciente novato y su compañía. Supongo que, de alguna manera, se trata de una medida para vencer el impacto psicológico que supone que la enfermedad se haga presente, con toda su carga.

Y es que, cuando uno escucha la palabra cáncer asociada a uno mismo, no solo se encuentra ante el propio diagnóstico, sino que le vienen a la cabeza todas las historias de enfermos que ha oido antes. Por supuesto, el cerebro no selecciona los relatos más optimistas, los que hablan de curación tras una convalecencia más o menos larga, sino que se acuerda sobre todo de aquellas personas que enfermaron y fallecieron.

Y sin embargo, de forma continuada, la investigación médica, con su constancia arrolladora, está haciendo que el cáncer sea una enfermedad cada vez más tratable. Tumores que hace diez años se tenían por difíciles, hoy son atajables sin problemas. Las terapias tienen muchos menos efectos secundarios y son más específicas y la esperanza son las terapias génicas, la inmunoterapia y las vacunas de ARN mensajero, nacidas de la pandemia, que han abierto un horizonte optimista.

Por ejemplo, esta misma semana se ha anunciado la entrada en fase 3 una vacuna que evita la reaparición de uno de los cánceres de piel más agresivos: el melanoma.

Como decía, la primera quimio se hace en privado, para prevenir cualquier efecto imprevisto y para que enfermos y acompañantes se vayan haciendo a la idea. Las siguientes se hacen en un espacio abierto, parecido a la sala de hemodiálisis en la que fui voluntario durante tantos años.

Mi paciente se sienta en el sillón que le ha tocado.

A su lado está el hombre que ya conocen mis lectores, el que tiene pinta de mecánico de taller de coches. A pesar de que ocasionalmente piropea a la enfermera (se ve que a la enfermera no le hace ninguna gracia) la actitud general del hombre es la de uno que se ha visto en este fregado por equivocación. Como si en vez de ser un paciente estuviera acompañando a alguien y tuviera prisa porque todo el trámite se terminase, para marcharse cuanto antes.

Nosotros acordamos turnarnos en la compañía de nuestro familiar enfermo. Mientras la otra persona se queda, yo me voy a la cafetería del hospital para comprarme un bocadillo (hace rato que pasó la hora prudente en Centroeuropa para el almuerzo)

En contra de las razonables advertencias recibidas, decido comerme un piscolabis en la cafetería del hospital (“tan mala, me digo, no debe de ser”).

El establecimiento es un lugar desangelado. A pesar de que es ya la una de la tarde, el tiempo, en el interior, parece haberse detenido en algún punto indeterminado entre las tres y las cuatro de la madrugada.

Detrás de un mostrador, hay una mujer de unos cincuenta años con mirada de “qué va a ser”.

-Buenas tardes -digo yo, por reflejo.

-Pues serán para usted -me dice- porque yo todavía no he comido. “Vaya, la primera en la frente”.

Le pido un bocadillo. De tortilla de patatas.

-¿Con jamón o con pimientos?

-Con pimientos.

-¿Se lo caliento?

-No hace falta, gracias.

Me pone el bocadillo en una bandeja, junto con una Coca-cola y busco una mesa.

En otra, en la punta opuesta del local, hay un señor mayor que se está comiendo lentamente una ensalada. Parece un cuadro de Hopper.

El bocadillo está asqueroso. Es muy difícil corromper una receta tan sencilla y tan eficaz. La del bocadillo de tortilla de patatas, me refiero. Pero la verdad es que, el que a mí me ha tocado, es una bazofia. Está frío, la cantidad es poca, el pimiento es eso: un pimiento singular. En fin, que es como comerse un fósil del triásico superior. A pesar de todo, me lo como como puedo.

En esto, llega un grupo de mujeres. La dependienta les pregunta qué va a ser y entonces ellas se extienden en toda una serie de informaciones del todo innecesarias. Que si hay que ver, hija mía, que llevamos no sé cuánto tiempo sin comer. Que si la niña es vegana. Que si pitos, que si flautas.

A uno le da por pensar que en Austria nadie da esos pormenores para pedir un bocadillo y que en España, culturalmente, tendemos todos a explicarle cosas personales a los desconocidos. Lejos de ser malo, esto aumenta la cohesión social y disminuye la sensación de soledad y desapego que reina en muchos sitios más allá de los pirineos. Cuando me como el bocadillo, vuelvo al lado de la persona a la que he venido a acompañar.

Relevo a la otra persona y me siento.

El del taller de coches está hablando a voces por teléfono. Como está el hombre conectado a su gotero, tiene puesto el altavoz y, por lo tanto, la conversación se oye, completa, hasta el Galapagar. A gritos (reminder: estamos en un hospital, en donde presumiblemente hay gente enferma que no tiene el chichi para farolillos) el hombre discute con su primo las bondades (o no) de ciertos restaurantes de la sierra.

Mi familiar que está recibiendo la quimioterapia y yo nos miramos, como diciéndonos “paciencia” porque la verdad, la cosa, aunque inaudita, da para bastantes risas. El primo del del taller de coches empieza a explicar que si Casa Manolo, que si El Rincón de la Sierra y se llega a los cocidos.

Al fondo, desde la distancia, la mujer del primo dice que a ella, el único cocido que le gusta, es el suyo propio elaborado con sus propias manos. El primo afirma que a él solo le gusta el cocido de lata. Especialmente el de la marca Litoral -famosa conservera-.

El hombre que está a nuestro lado recibiendo la quimioterapia se echa, figuradamente, las manos a la cabeza. Los dos primos, uno en directo y el otro por teléfono, se deshacen en añoranzas de los fenecidos cocidos maternos, cuyo aroma alcanzaba varios kilómetros a la redonda.

Al rato de estar glosando aquel manjar de dioses, con sus vuelcos sucesivos, sus garbanzos y su morcillamen, el paciente que tenemos al lado dice:

-Bueno, primo, te voy a dejar, que me están poniendo la quimio y estoy aquí molestando a otro paciente.

Cuelga.

Buscando solidaridad se dirige a nosotros:

-!Mire usted lo que me dice mi primo! Que solo le gusta el cocido de lata !Habrase visto! Este tío es tonto. Seguramente es socialista.

En esto llega la enfermera, que le escucha, pero que no añade nada a esta afirmación. La profesional sanitaria se acerca a la bomba de infusión que, sin valoraciones políticas ni gastronómicas, impulsa la medicación en las venas de nuestro hombre. Verifica que todo está bien y luego va a otro paciente cercano.

Nuestro Torrente se siente en la obligación de agradecer esta atención:

-!Ana! !Anita! !Pero qué buena eres, jodía! ¿No podríamos tener gente como tú en el Gobierno, preparada y eso?

La chica, sin mirarle, le contesta:

-Hombre, en el Gobierno habrá de todo. Los habrá preparados y no.

Luego, se acerca a nosotros y le dice a la persona enferma a la que yo acompaño:

-Ese señor ya casi ha terminado. En un ratito, te cambio al otro sillón que es más cómodo.


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