Buen viaje, tante Resi

Hoy se ha apagado una de las personas más entrañables que he conocido en mi vida.

17 de Marzo.- Llegué a vivir a Austria hace casi quince años. Yo era entonces, para muchas cosas, un niño. Y la sensación de desvalimiento era mayor porque apenas hablaba el idioma. Muy pronto, la conocí. Ella pasaba de los ochenta y vivía en un piso del distrito cuatro, cerca de la consulta de mi médico de cabecera. Rodeada de esas cosas que tienen las abuelas. Sus alfombras, sus tapices que representaban escenas dulces copiadas de esos cuadros algo empalagosos que hay en el museo de la ciudad de Viena, un reloj que daba unas campanaditas de plata a las horas en punto. Desde el principio, nos caímos muy bien. Me adoptó. Era como si tuviera una abuela más y lo que no me podía decir en palabras, me lo decía con caricias de sus manos frías y con besos. A mí me gustaba mucho ella porque hablaba con un acento que a su familia le parecía bastante cómico, pero que yo agradecía mucho, porque gracias a ese acento yo entendía su alemán, en aquellos momentos, mejor que el de otra gente.

Ahora, desde la distancia, supongo que a tante Resi yo le daba un poco de pena, porque me veía solo y vulnerable, acostumbrado a unos cariños que tenía lejos.

Me decía:

-Paco, tú cuando quieras ven a verme y te desahogas.

Y yo le decía:

-Tante Resi, es que me da vergüenza, porque hablo muy mal.

Y ella me contestaba:

-Eso da igual, hombre, ya haré yo por entenderte.

Cuando ya pudimos hablar como dos personas mayores -o así, o sea, cuando yo ya empecé a hablar mejor- también pude escuchar su historia de sus propios labios.

La historia de tante Resi es una novela que quizá nunca escribiré.

Estuvo en un campo de concentración (no de los nazis, sino de los partisanos, de Tito, en lo que entonces era Yugoslavia). Estuvo presa con sus padres y su único hijo (su marido estuvo en otro campo, creo). Ella contaba que sobrevivieron todos porque su madre le cosió unos minúsculos bolsillos en el sostén y en la combinación. Ella tenía buena mano para la cocina y llegó a los oidos de los que manejaban el cotarro de aquel campo. A los hijos de puta, como a cualquier hijo de vecino, les gusta comer bien. Tante Resi guisaba divinamente. Su goulasch era famoso en muchos kilómetros a la redonda y sus capacidades reposteras entraban en el ámbito de la leyenda. De la cocina del campo robaba pan y robaba sal de la cocina, en aquellos minúsculos bolsillos de su sostén y con los pajarillos que su madre cazaba, hacía sopa para su niño. En el campo de concentración le dieron palizas que le dejaron un pie malo para todo el resto de su vida. Siempre llevó bastón.

Almendros 19-9

Cuando la cosa se puso muy mal (o sea, todavía peor), consiguió esquivar la muerte comprando a los guardias con un par de alianzas de oro, la suya y la de sus padres, que había conseguido pasar de contrabando cosidas en los bajos de la falda.

Al terminar la guerra, en aquel inmenso maremagnum de refugiados y de gente que iba por aquellos caminos con lo puesto, a Tante Resi la mandaron los de la Cruz Roja a un pueblecillo de Baja Austria y alli siguió guisando, esta vez en el único restaurante de la población. En Viena, años cincuenta y tantos, encontró una portería y cuando su padre se enteró de que había aceptado el trabajo casi la mata, porque le parecía que ser portera era una ocupación por debajo de su categoría. Sin embargo Tante Resi prefirió que su hijo tuviera de comer todos los días y que pudiera gozar de las oportunidades que se tienen en una ciudad grande, y no le importó la mandanga de las clases sociales.

Como mujer que era, y más en aquella época, a Tante Resi le tocó chuparse el cuidar a todos los viejos de su familia hasta que se fueron muriendo. Primero a sus padres y luego a sus suegros y de camino, cuando vino a mano, también a alguna que otra vecina.

Quizá por eso, cuando fue mayor, se esforzó por ser dócil y por evitar esas rarezas enojosas que tienen las personas mayores sin darse cuenta. Desarrolló una paciencia enorme para soportar los trabajos de la ancianidad y, comprendiendo que solo se vive una vez, fue indulgente con los defectos ajenos, cariñosa con todos. No era tolerante (porque ser tolerante significa que uno tiene su propia opinión sobre los defectos ajenos, pero hace como que no le importan). No: Tante Resi quería a todo el mundo como Dios le había hecho. Si extranjero, como yo, extranjero (al fin y al cabo, todos somos extranjeros en algún sitio), si musulmán, musulmán, si cristiano, cristiano. Escuchaba con paciencia a los tontos (es un arte difícil, sobre todo cuando se tiene ya una edad) y siempre estaba dispuesta a decir alguna mentirijilla para echarle un capote a alguien que estuviera en un apuro -a mí, por ejemplo-, porque supongo que tante Resi, como cualquier persona inteligente, era un poco anarquista y le parecía que la gente que ejerce algún tipo de autoridad casi nunca la ha obtenido por medios decentes. Y si algo era tante Resi era una persona decentísima.

Cuando conoció a mis padres, los trató siempre con el cariño de quien se siente madre (o abuela) por delegación y siempre me preguntaba por ellos, por mi sobrina, por mi hermano, aunque no le llegó a conocer.

Almendros 19-6

Hasta hace un año o así, tante Resi estaba bastante bien de salud, pero poco a poco los achaques de una edad avanzadísima han hecho mella en ella y hoy por la mañana, espero que en paz, ha fallecido.

Mientras escribo este texto que pretende ser un homenaje a mi tante Resi, pero también a muchas mujeres de su generación, con el corazón en su sitio y dos manos con las que trabajaron mucho en hacer la vida más fácil a los demás, tengo los ojos llenos de lágrimas y un nudo en la garganta.

Hoy ha hecho un día muy bonito en Austria, tante Resi. Un día precioso para irse. Que tengas muy buen viaje.

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3 Responses to Buen viaje, tante Resi

  1. Georgina dice:

    Que bendicion haber cruzado tu camino con el de ella.
    Que bendicion partir un día tan hermoso.
    Su memoria esta honrada, con hermosos Recuerdos

  2. Isabel Maria dice:

    Que homenaje más bonito hijo, ya tienes otra estrella para cuidarte desde el cielo, no me extraña que tengas los ojos llenos de lágrimas pues cuando yo la conocí se le veía en sus ojos un cariño especial hacia ti, yo guardaré con especial cariño el mantel bordado por ella que me regaló, buen viaje Tanta Resi muchas gracias

  3. Silvia dice:

    Me has emocionado Paco. Yo tuve una Tante Resi también. Y son verdaderamente seres inolvidables. Tienes contigo un ángel de la guarda… Seguramente… Un abrazo Paquito!

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