
Austria ha pasado a ser un país un poquito más peligroso y todo por la estupidez de unos cuantos.
28 de enero.- Los análisis de brocha gorda dicen que, cuando los españoles llegamos a Centroamérica, matamos a muchísimos de sus pobladores primigenios. Por ambición o por pura maldad. Lo cierto es que, como suele suceder, la realidad es bastante más compleja. En primer lugar, los españoles de aquella época, nunca llegaron en número suficiente como para poder dedicarse a una limpieza étnica según unos criterios modernos. Tampoco les hizo falta porque, a pesar de ser cuatro gatos, llevaban consigo un arma biológica que resultó letal para miles de pobladores originarios americanos: las enfermedades que todos pasamos en la infancia y contra las que los pobres americanos no tenían inmunidad.
Claro, en aquella época, las epidemias de varicela, viruela, sarampión o tosferina, tenían causas desconocidas y eran atribuidas a la cólera de los dioses o a cualquier otra causa peregrina. Los virus eran una cosa desconocida y, sin vacunas y, de adultos, estas enfermedades que para los europeos eran el pan nuestro de cada día fueron la puerta de entrada a la defunción para mucha gente.
Cuando se descubrieron las vacunas, en el siglo XVIII la cosa empezó a cambiar. En gran parte, son ellas las responsables del espectacular crecimiento de la población mundial, desde mediados del siglo XIX a esta parte. En la mayoría de los casos, basta un pinchacito a una edad temprana y pimba. El cuerpo produce sus propios anticuerpos para reaccionar a virus de fogueo y aquí paz y después gloria.
No es magia, es ciencia.
Sin embargo, este progreso siempre está amenazado y es por otra cosa invisible y mucho más perjudicial que las enfermedades: la estupidez humana. Ese engrudo que nos entorpece de manera trágica.
Cuando se alcanza lo que se llama una inmunidad de rebaño, cualquier brote de una enfermedad es sofocado rápidamente. Una buena tasa de cobertura vacunal hace que se considere que un determinado patógeno está erradicado en un territorio. Sin embargo, eso hace que los estúpidos (y hay muchos) piensen que la gente no se pone enferma simplemente porque la enfermedad no es peligrosa y, no solo dejan de vacunar a sus hijos sino que incluso se organizan “fiestas” para que se contagien de manera natural, a lo bestia, y así su cuerpo “aprenda”. Es el darwinismo en estado puro. Porque estas enfermedades de las que las vacunas nos han librado, pueden llegar a ser peligrosísimas, como demuestran los datos.
La OMS le ha quitado a Austria (y a España) el estatus de países libres de sarampión. El sarampión es una enfermedad vírica altamente contagiosa que cursa con síntomas parecidos a la gripe y con una erupción característica en la piel. Pero puede ser muy seria, llegando a producir meningitis, inflamación de los pulmones y otras consecuencias. Por ejemplo, mi abuelo Sebastián, que nació en un mundo sin vacunas, se quedó sordo a los siete años debido al sarampión. Y mi tío Antonio niño en la dura posguerra española, perdió la vista de un ojo.
Son dos fatalidades que podrían haberse evitado de haber tenido acceso a la vacuna. En Austria se registraron en 2025 546 casos de sarampión. Un veinte por ciento de los pacientes terminaron en el hospital y cuatro en cuidados intensivos. La cosa podría haberse evitado si los padres de esos críos los hubieran vacunado como Dios manda.
En Austria, la vacuna del sarampión es gratuita y completamente segura. La vacunación no solo ayuda al vacunando, sino que nos protege a todos. No seas estúpido, vacuna a tu hijo.

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