
Desde hace unos días, en Viena es un poquito más verano, aunque no veamos el sol. Hemos visto más claro entre la niebla.
11 de febrero.- En Austria llevamos dos meses y pico sin ver el sol. Hace frío y cuando no está nublado, hay niebla, y cuando no, pues es de noche. Una porquería. Sin embargo, en los últimos días, uno tiene la sensación de que el verano ha vuelto, aunque sea por un momento. Y el responsable ha sido Bad Bunny, con su espectáculo del intermedio de la Superbowl.
En la oficina, mientras estamos imprimiendo, cantamos lo de “Debí tirar más fotos”, más que nada porque, el resto, a causa de que Benito lo canta con un acento “pueltorriqueño” muy cerrado, no hay manera de reproducirlo. También “Un verano en Nueva York” y otras coplas de este cantante que ha demostrado que, aunque la oscuridad se cierna sobre la tierra y parezca algunas veces que el sol no va a volver a salir, la esperanza es lo último que se pierde y, al final, la alegría termina imponiéndose.
En Austria también los gobernantes y los que aspiran a serlo deberían sacar algunas lecciones de lo sucedido en el “supertazón”, máxime cuando Viena es una ciudad con un 37% de habitantes que no tiene la ciudadanía austriaca en los papeles, habitantes que son (que somos) tan austriacos como el que más y que tenemos muchísimo que aportar (y de hecho aportamos) a este país.
El ser humano es por naturaleza mestizo. La mezcla está fuertemente anclada en nuestro ADN como especie. Y no es una metáfora, ni una imagen. A todos nos gustan personas de otras procedencias, que maltraten nuestro idioma, y no es casualidad que nos parezcan sexis. Nuestro cerebro busca al máximo elevar la variedad genética de nuestras parejas, para evitar en lo posible la endogamia y, con ella, todas las enfermedades que nacen de las relaciones mantenidas en un entorno demasiado cerrado.
Lo mismo que hay una cultura estadounidense que habla en spanglish hay una cultura austriaca que habla en idiomas mezclados, en turco y en alemán, porque son ellos los que llevan más tiempo y son más, pero también en español y en alemán, y en serbio, croata y bosnio y alemán y, recientemente, en sirio y en ucraniano y en alemán. Y es muy bueno que así sea, porque la mezcla cultural no es mala, sino todo lo contrario. Las sociedades “puras” como esa monstruosidad que propugna el FPÖ, se agostan y se mueren, ante todo, de estupidez, de falta de novedad. Se convierte todo en un matrimonio entre primos que tienen hijos deficientes mentales.
Otra lección del “supertazón”. Para combatir a Bad Bunny, el movimiento MAGA intentó crear un evento rival con un montón de cantantes “americanos viejos” (eso no existe, porque la mayoría de los WASP tienen a un alemán o a un inglés o a un irlandés en sus ancestros, como el mismo Trump) y la cosa fue un fracaso, por razones obvias. Las sociedades fuertes son las sociedades complejas, mezcladas, porque suman. La prueba somos nosotros, la comunidad que formamos el que escribe Viena Directo y sus lectores, la mayoría personas que han fundado su familia en compañía de personas austriacas.
Ya no hay vuelta atrás, porque sin nosotros Austria ya no podría funcionar y no solo en el día a día de las tiendas que cerrarían y las oficinas no tendrían quien hiciera los pedidos, sino en el arte, que es el transmisor de la experiencia humana. El día llegará en que el libro más vendido sea el de un chico que llegó a Austria en brazos de sus padres, refugiados sirios. Ya hay precedentes, y bien ilustres. Uno de los ideólogos del paneuropeísmo, movimiento que fue la semilla de la Unión Europea, fue Koudenhove Kalergi. Su hija, fue redactora jefe de Der Standard, y una de las personalidades más influyentes de la posguerra. Ambos descienden de un matrimonio mixto, entre un austriaco y una japonesa.
Hace algún tiempo, en uno de esos debates que se dan de vez en cuando, mediante los cuales el ÖVP intenta diferenciarse de la ultraderecha, se habló mucho de establecer una “cultura dominante” en Austria, no era otra cosa que un esfuerzo identitario para tratar de definir qué es ser austriaco (y dejarnos fuera, de paso, a los que somos entidades mixtas). La cuestión fue un fracaso total, como no podía ser de otra manera.
El debate languideció y murió sin que nadie llegara a fijar qué diantres era eso de la cultura dominante.

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