
En Austria reina una cierta confusión sobre los sucesos de Oriente Medio. Sobre todo suscitan miedo las consecuencias económicas de la guerra.
2 de marzo.- En el mundo, en Austria también, reina una cierta confusión debido a los recientes acontecimientos en y alrededor de Irán. Todo el mundo se da cuenta de que lo que está sucediendo es importante y tendrá consecuencias en el devenir del mundo, pero nadie se atreve a predecir cuáles van a ser exactamente esas consecuencias.
El Gobierno austriaco se adhiere a la tesis de la equidistacia, lo que viene siendo la postura de estar todo el rato “deeply concerned”. Por un lado, se dice que lo que han hecho Israel y Estados Unidos es ilegal desde el punto de vista del derecho internacional, pero por otro también se habla de la horrible y sangrienta que es la dictadura iraní.
Lo cierto es que no hay que leer mucho entre líneas para darse cuenta de que hay miedo. La guerra que acaba de comenzar (quizá sería mejor decir que es una guerra que vive un nuevo capítulo) amenaza muy mucho la tímida recuperación económica que empezaba a experimentar la renqueante economía austriaca.
Si el petróleo, que es la sangre que mueve el mundo, sube de precio, suben todos los demás costes de producción y de transporte. Y, por descontado, suben también los precios. El Gobierno austriaco lleva meses trabajando para tener la inflación bajo control y ahora que lo iban consiguiendo (¡Cachis en la mar!) la guerra que se ha desatado en Oriente Medio puede dar al traste con todo.
Ayer, en las calles de Viena, se manifestaron los iraníes residentes en Austria. Yo les veo todos los jueves, pobrecitos, manifestarse delante de las Naciones Unidas, recordando, se conoce, a sus muertos, y a los torturados, y a toda esa pobre gente de la que nada se sabe porque se la ha tragado el sumidero negro del sistema represivo de la dictadura.
Uno comprende que cuando tiene a la familia lejos, pasándolo mal, uno se agarre a un clavo ardiendo, pero está más claro que el agua clara de qué va esta guerra y esta guerra no va de democracias, ni de liberaciones, ni de nada de nada. Va de dinero, va de petróleo, va de romper las alianzas que sostienen a Putin en el poder y que alimentan la inmensa maquinaria económica de la que será la potencia del siglo XXI, China.
Da un poco de pena ver a toda esa buena gente, porque los iraníes son muy buenos, yo conozco a unos cuantos, celebrando la muerte de Jamenei como si fuera el principio de algo, y enarbolando la figura de Reza Palevi, cuando lo evidente es que el plan de los Estados Unidos es instalar en Irán un Gobierno títere, parecido al que ahora hay en Venezuela.
Ayer revolvía el estómago ver a Netanyahu gritando por la televisión que “la ayuda había llegado”, intentando que la gente iraní creyera lo que no es. Recordaba un poco a lo que decía la propaganda franquista de trinchera a trinchera. Aquello de “El Caudillo perdona y redime, quien no tenga las manos manchadas de sangre no tiene nada que temer”.
Entre las bombas de unos y de otros, como sigue pasando en Gaza, la pobre gente. Las ochenta y nueve criaturas que murieron en una escuela bombardeada, y que ya no van a aprender a leer, el ama de casa que va al mercado temiendo no volver a su casa. El padre al que sus hijos le piden pan. Los pobres que tienen que pasar las noches en refugios antiaéreos.
Qué mundo se nos está quedando, madre mía.
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