Un problema oculto en Austria

La prohibición de las redes sociales a los menores ha destapado un problema estructural de Austria que estaba oculto.

30 de marzo.- En estos días, el Gobierno tripartito de esta República ha dado a conocer que va a prohibir las redes sociales a los menores de 14. Santo y bueno.

Aún más santo y aún más bueno es que, aunque sea tímidamente, se va a empezar a entrenar a la chavalería en democracia, en el uso de la inteligencia artificial y en distinguir las noticas de verdad de las producidas a máquina. Veremos a ver en qué queda, porque se deja a discreción de los colegios el concentrar ese conocimiento en una asignatura o en repartirlo por las diferentes que forman el plan lectivo.

Como los días tienen sus horas, para poner en práctica esta nueva aventura lectiva se van a quitar horas a la enseñanza del latín, cosa que le ha venido mal a mucha gente.

El latín goza en Austria de un prestigio que resulta un poco cómico para las personas de mi generación, que aprendimos algunas nociones en el instituto cuando ya sabíamos que nuestro idioma venía del “latín vulgar”. Esto viene porque en Austria, desde los tiempos de Maria Teresa, se considera culta a aquella persona que sabe decir cuatro latinajos. Si tú quieres impresionar a cualquier persona por estos lugares, no tienes más que decir “renta per capita” o “mens sana in corpore insepulto” (soberbio hallazgo de un ministro de Franco, por cierto) y los tienes en el bolsillo.

Leyendo a propósito de esto, me he enterado de que en Austria, en contra de lo que podría parecer, de lo que hay escasez de conocimientos es de lenguas extranjeras. Y uno que pensaba que los celtíberos éramos perezosos para aprender idiomas. Pues no. Vaya, sí, pero no. Los celtíberos somos perezosos para aprender idiomas, pero es que los austriacos lo son más.

Cifras cantan. Mientras en España un poquito más de un cuarenta por ciento de los alumnos de secundaria aprenden dos lenguas extranjeras o más, en Austria anda la cosa en un raquítico diez por ciento. Con la maravilla de lenguas que tiene esta gente alrededor. Y, lo que es peor, a nadie parece importarle. Por lo menos el tema está totalmente fuera de la conversación pública. Con todo lo que eso implica.

Aquí el debate está en el uso del alemán en la comunidad educativa, que es uno de los caballos de batalla de la extrema derecha. Que si en los colegios se habla alemán en el recreo, que si los chavales (hijos de la migración) no pueden seguir las clases, que si la abuela fuma.

Una persona tiene tantos universos en la cabeza como idiomas habla. Porque con el idioma se aprende más que la gramática o el vocabulario. Se aprende, sobre todo, una estructura mental. Inconscientemente, uno tiene que hacer constantemente el esfuerzo de ponerse en el lugar del otro, intentar entenderle. Absorbe sin darse cuenta que “lo mío es así” pero que “otros mundos son posibles” (e igual de válidos). Aprende a comparar realidades en pie de igualdad.

Aprender idiomas te genera, necesariamente, curiosidad a propósito de la vida del ciudadano de enfrente, aunque solo sea para para preguntarle “Oye, ¿y esto en tu pueblo cómo se dice?”. Por supuesto, exige algo de esfuerzo, y hay que estar dispuesto a acometerlo, quién lo duda. Una vez que se conoce otra cultura con la intimidad que conlleva el hablar su idioma, es imposible el odio. No se puede aborrecer lo que uno lleva a flor de labios.


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