Cuando se fue a la cama Ingeborg Wallermann tuvo un sueño que no consiguió explicarse.
8 de mayo.- El 8 de mayo de 1945, Ingeborg Wallermann, residente en Bruck an der Leitha, de 42 años de edad, maestra de instituto, se fue a la cama y tuvo un extraño sueño, el cual atribuyó a la noticia de que la segunda guerra mundial, tras casi cinco años, había terminado.
Estaba sola en su casa. De su marido, hacía tres años que no sabía nada, salvo que estaba prisionero en algún lugar de la Unión Soviética. El hijo pequeño aún vivía con ella y el mayor…Bueno, el mayor había muerto y nunca se había podido recuperar su cadáver.
Nada de eso pensaba cuando el sueño la venció. Vio su casa y supo que era el futuro, setenta años después. Era un bonito día de primavera. No hacía ni frío ni calor. En la casa, decorada de manera agradable, había dos personas. Un niño de ocho años y un hombre de unos cuarenta. El sol se ponía detrás de las plantas. A lo lejos, piaban los pájaros. La vida sonreía.
El hombre hablaba con un acento raro, del sur. El niño le contaba que la frau Lehrerin, aquel fin de semana, no le había puesto deberes. Se mecían en una hamaca.
Ingeborg pensó que era increible que la vida fuera tan bonita en Austria en un futuro que ella no llegaría a ver. La mujer sintió que el miedo a la incertidumbre, que había dominado durante todos los años de la guerra, se marchaba de su alma al entrar en ella la imagen pacífica del hombre y del niño ¿Sería su padre? No, no podía ser que fuera su padre. El acento era demasiado extraño ¿Cómo habría conseguido un español vivir en Austria con tanta tranquilidad? Quizá Europa estuviese unida. Quizá la gente haya aprendido, se dijo Ingeborg. La incertidumbre…Ingeborg se tranquilizó cuando se dio cuenta de que Austria, después de tanto tiempo, no se había hecho comunista. Tampoco se había hecho americana, como temían muchos. Porque el hombre y el niño no hablaban en inglés. Se había hecho próspera, de aquello no cabía duda. Porque la paz siempre traía la prosperidad.
Ingeborg supo en su sueño que los europeos habían gastado aquellas siete décadas después del final de la guerra en construir un continente mejor, en el que los nacionalismos, que habían hecho tanto daño, no tuvieran cabida. Se imaginó que solo los viejos chochos querrían volver a lo de antes.
–Pero no hay unos europeos mejor que otros, ni hay un Dios mejor que otro, ni un país mejor que otro.
La conciencia de este sano relativismo le hizo acurrucarse en la manta, darse una vuelta en la cama y sonreir tranquila. En el sueño, una voz dijo:
–Cualquier guerra entre europeos es, por definición, una guerra civil- e Ingeborg pensó que debía de ser una voz de la radio.
Ingeborg pensó que el nacionalismo, de cualquier clase, era una enfermedad de idiotas –“mira a lo que nos ha llevado lo de creernos mejores que otros”- y pensó también que según qué ideologías siempre tienen clientela, porque siempre hay imbéciles a los que les gusta que les digan lo que está bien y lo que está mal y, peor aún, en dónde está el enemigo.
Ingeborg se dijo a sí misma lo que muchas veces les había dicho a sus alumnos:
–Esta vida es como las matemáticas: si la solución es demasiado fácil, es que está mal.
En su sueño, en Bruck an der Leitha, setenta años después, cayó una noche azul y tranquila. Sobre las casas, se veía la osa mayor.
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