En Austria no suena el himno nacional (1)

medievalesUna alcaldesa española ha provocado cierta polémica al prohibir que, en las procesiones, suene el himno nacional ¿Qué sucede en Austria?

7 de Agosto.- Uno de los caballos de batalla de la Europa moderna ha sido, desde el siglo dieciocho, la separación entre la Religión y el Estado que es, en muchos sentidos, como decir entre la razón y la irracionalidad (dicho sea esto sin ánimo de ofender las creencias de nadie, porque en la esencia de la religión, de las religiones, está el no ajustarse a lo que se puede mirar por el microscopio).

El tema viene de lejos.

El medievo europeo fue una época en la que el ciudadano medio pasaba más frío que un perrillo chico, más hambre que Carracuca y más miedo que Sancho Panza en la primera parte del Quijote y, por lo tanto, necesitaba de la religión (consoladora) para no llegarse al puente más cercano y tirarse de cabeza al río. Como el ser humano, además, es débil ante el mal y uno de sus apetitos es el poder, fueron muchos los prelados en aquella época que, desgraciadamente, de paso que consolaban al sufriente (los que le consolaran), le encontraron el gustirrinín a tener la sartén bien agarrada por el mango.

Cuando el nivel de vida medio empezó a mejorar en Europa, en la baja edad media, los religiosos habían consolidado un poder temporal del que, se veía venir, iba a costar mucho despegarles.

El renacimiento volvió a encontrar al hombre como centro del mundo y la religión empezó a ser sospechosa, y los más listos de entre los seres humanos de aquella época empezaron a dudar (Cosa siempre muy sana) ¿Existirá de verdad el cielo? ¿Será la tierra el centro del Universo? ¿Será posible que haya señoras que tengan niños siendo vírgenes?. Al verle las orejas al lobo, como medida preventiva, a pesar de que la situación no era ni mucho menos dramática y para intentar hacer lo que en marketing se llama un “rebranding”(o sea, relanzar una marca que está algo de capa caída) la religión inventó una pseudociencia, la teología (y digo que es una pseudociencia porque, como decía más arriba, a Dios no se le puede pesar ni medir y, por lo tanto, se sale completamente de lo que es comprobable y, el incauto que se atreve, pues le pasa como a Babel con su torre).

Sigo: el nacimiento de la teología sistemática dio como resultado la construcción de un aparato ideológico con ciertas pretensiones filosóficas, al objeto de tratar de explicar lo que de por sí ni quiere ni debe ser explicado, ni falta que hace: o sea, probar la existencia de Dios (para los creyentes, naturalmente, artículo de Fe) y demostrar que ese Dios, de existir, considera lo que pasa en la Tierra y en la vida de sus habitantes tan importante como para inmiscuirse en esos acontecimientos que, vistos a escala universal, y más para un ser omnipotente y omnisciente, deben de ser tan nímios.

Más o menos por esa época, se produjo una revolución tecnológica enorme pero cuyos efectos tardaron un par de siglos todavía en manifestarse: un alemán, que por cierto murió en la ruina, inventó una manera rápida y relativamente barata de producir libros. Ya no se necesitaba la infraestructura de los scriptoria medievales y casi cualquiera (que tuviera un poquito de parné, eso sí) podía escribir y publicar lo que se le antojase sin pasar por el filtro de la religión (más o menos como ahora, que tú coges, te haces tu libro, te lo subes a Amazon y el único juicio que tienes que temer es el de los lectores).

Desde ese momento, volúmenes impresos empezaron a fluir de las imprentas y la gente empezó a aprender a leer (más tarde abandonarían este saludable hábito cuando, siglos más tarde, apareciese Tele 5). Este hecho, tan poco importante en apariencia, tuvo una influencia enorme en el equilibrio del poder y, por lo tanto, en las relaciones entre el Estado y la Religión. La razón es clara: una mayoría fanatizada y analfabeta (pongamos los telespectadores de Putorros, Chulos de discoteca y viceversa) es fácil de controlar. Tú le cuentas que si le ponen ojos de carnero degollado a su vecina buenorra y no a la arpía de su mujer se van al infierno o que si se beben un vaso de agua pronunciando una fórmula adelgazarán e, impresionados por la amenaza de los tormentos ultraterrenos, se lo creen. En cambio, a uno que lee no es tan fácil irle con cuentos.

Así pues, a partir del siglo XVIII la historia de Europa se puso a bailar aquello de María, de Ricky Martin. O sea, a un pasito palante le sucedía un pasito patrás (cuanto más analfabeto el país, como España, más drástico el pasito palante y el pasito patrás). A momentos de separación entre la Iglesia y el Estado y de brillo de las ciencias (la Ilustración) le sucedían momentos de ayatolás con sotana y reyes bajo palio (Fernando VII). Si a eso le añades que la gente no tenía un mendrugo que echarse a la boca y que, por lo tanto, el que quería comer, tenía que arrimarse a alguien suficientemente poderoso, pues tienes el siglo diecinueve español que se prolongó en nuestra patria hasta 1975, año en el que murió Francisco Franco, nuestro último espadón decimonónico.


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