Si usted, como el reloj de „La Bella y la Bestia“ piensa que „si no es barroco, es barraca“ no lea este artículo.
5 de Diciembre.- Creo que la gente que leemos mucho nos diferenciamos del resto en que, desde niños, somos unos consumidores empedernidos de Historias y no hay nada que nos guste más. Luego, los que, además, escribimos, tratamos de prolongar un poquito más el placer que nos produce saber historias, contándoselas a los demás.
Hoy he encontrado yo una historia estupenda de la manera más inesperada. Di que hoy hacía un sábado estupendo en Viena, circunstancia que he aprovechado para hacer recados. Terminados estos, me he dicho ¿Y ahora qué hago? Y, como hacía mucho que no hacía fotos de exterior en Viena, me he dicho: „Paco, coge las cámaras y vete a la Wotruba Kirche -o iglesia Wotruba- que hace mucho que tienes ganas y no encuentras tiempo“. Y allá que me he puesto en camino. Mientras llegamos, le contaré al lector que, cuando la vi por primera vez, la Wotruba Kirche me pareció la iglesia más bonita que yo haya visto nunca y que le hice fotos, entonces aún, con mi primera réflex Canon. Peeeero, a pesar de que yo soy un hombre muy ordenado y tengo los archivos fotográficos como los chorros del oro, misteriosamente esas primeras fotos de la Wotruba Kirche se perdieron (no sé si para siempre) y tenía muchas ganas de ir otra vez, porque la Wotruba Kirche es „una gosadera“ para el espíritu y para el placer estético. 
Total, que aquí me ven mis lectores, bajo un sol que casi parece de octubre, haciendo fotos de la Iglesia Wotruba (las fotos que ilustran este artículo, por cierto).
La Iglesia se llama así porque fue pensada y ejecutada por el que sin duda es el escultor más importante del siglo XX austriaco, Fritz Wotruba.
Wotruba nació en Viena en 1907, hijo de un ayudante de sastre y de una limpiadora y, gracias a su enorme curiosidad intelectual, a un trabajo infatigable logró labrarse una carrera como artista.
Sin embargo, quizá eso sea materia para otro post.
La Wotruba Kirche está compuesta por 152 bloques de cemento armado, colocados uno sobre otro de la misma manera que aquellos bloques de madera con los que jugábamos de niños y que tan buenos ratos nos hicieron pasar. Es un edificio exento, que está encima de una colina con el que Wotruba, según sus propias palabras, quiso demostrar que lo pobre no tiene por qué ser feo, que puede integrarse en el entorno y que, a pesar de su extrema sencillez puede ser bonito y hacer feliz a la gente. Además y, aquí viene la gran Historia, la iniciativa de construir la iglesia vino de Wotruba que la pensó, pero también de una mecenas, Margarette Ottilinger.
Ottilinger y Wotruba eran almas gemelas. Los dos eran inacabablemente inteligentes, los dos habían nacido en familias humildísimas y los dos se habían labrado, a base de constancia, trabajo y ambición, un lugar en el sol.
Solo se diferenciaban en una cosa: mientras que Wotruba era un hombre tirando a ateo, Ottilinger era una mujer enormemente religiosa. De la preocupación que sentía esta señora por el alejamiento del hombre moderno de la idea de Dios surgió la idea de construir una iglesia y de encargársela al artista austriaco moderno por excelencia, Fritz Wotruba.
Cuando me he puesto a investigar sobre Margarette Ottilinger me he dado cuenta de que debió de ser una persona fascinante. Una auténtica vida de novela. Margarette ottilinger nació, como ya dije más arriba, en un pueblecito pequeño y, desde pequeña, según confesión propia, estuvo fascinada por el Poder. Estudió como una posesa para hacer su doctorado en Viena, en una época en que para las mujeres no era normal y alcanzó, todavía en los tiempos de la dominación nazi, puestos de responsabilidad en la Industria austriaca. Terminada la guerra, en 1948, entró en el entorno cercano del Ministro de Economía de entonces, Krauland hasta que un día, se cree que por intrigas de gente que la envidiaba, fue detenida en un control de carreteras y acusada de espionaje. Interrogada primero en una prisión soviética en Viena y, después, trasladada a la Lublianka, la temible sede del KGB de Stalin y allí torturada e interrogada. Pasó en la Unión Soviética siete años, condenada a trabajos forzados, hasta que a la muerte de Stalin el Gobierno austriaco consiguió su repatriación y, posteriormente, el soviético también la rehabilitó.
Fue en el campo de trabajo en donde Ottilinger encontró a Dios y se puede decir que la iglesia más bonita de Viena nació allí, en la dura estepa soviética.

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