El bloguero no es valiente en el sentido físico, pero está preparado para cualquier reto de tipo espiritual.
10 de Diciembre.- El bloguero, ya lo saben sus lectores, no es nada valiente en el sentido físico del término. Sin embargo, espiritualmente, le encantan los retos. El de hoy: 13 piezas de música contemporánea, compuestas por otros tantos compositores noveles (estudiantes de composición del conservatorio de Viena). Tres horas adentrándose en miradas diferentes al mundo del sonido.
El bloguero entra en la sala, que le recuerda tanto a sus tiempos universitarios preparado para hacer un ejercicio de paciencia. El nivel de sus expectativas es bastante modesto, a qué negarlo, pero su curiosidad es máxima.
Ocupa puesto en la segunda fila, de manera que tiene una perspectiva impagable sobre el escenario, sobre esa raza especial de seres humanos que son los músicos. El bloguero les estudia, le resulta fascinante la mezcla que se da en todos ellos de locura y matemáticas. La primera pieza se llama reproducing a body without organ. Es una pieza mixta en la que una mujer, llamada Shadab Shayegan (dice el programa) da grititos y produce diferentes sonidos detrás de una proyección. El bloguero se queda con la boca abierta. Él, que apenas balbucea el solfeo, no puede creerse que se puedan escribir en una partitura las cosas que ha hecho aquella mujer con el acompañamiento de un piano.
Christoph Huber le ha puesto música a una poesía (traducida al alemán) de Pedro Salinas. El título sería algo así como „Buscan las almas un hogar?“ (o una patria, que en alemán no está muy claro). El bloguero también se queda asombrado; es una pieza con cierto aire antiguo, elegante pero piensa él que poco audaz. No se esperaba él eso de la música contemporánea.
Tras esto, suben al escenario dos hombres, con aspecto algo estrafalario (abundan entre el público también; por ejemplo, hay un chico de edad indeterminable entre los veinte y los treinta que se pasea metido en un abrigo loden verde mucho más grande de lo necesario). Los dos hombres que suben al escenario tocan uno, el oboe, el otro, el clarinete. Los pantalones les están demasiado anchos (el bloguero, que es gran observador de los pequeños detalles, no deja de asombrarse al darse cuenta de lo gastados que llevan los zapatos la mayoría de los aficionados a la música). Pronto empieza a sonar una música que te transporta al lado del mar, a la orilla de un océano curioso hecho de formas, superpuesto de niveles. El sedoso sonido del oboe llena toda la sala, los músicos parecen transportados (a uno le parece que sus practicantes piensan qe una parte de la gracia de la música moderna está en la liturgia, en la actuación); cuando acaban, el público aplaude y ellos saludan bastante humildes. El bloguero hace fotos y, como le pasa siempre, piensa en qué sería si él pudiera ser invisible, y moverse por la sala sin molestar a los músicos y darles un toquecillo para que se pongan en un sitio en que la luz no les haga una sombra que les provoque un parecido con espectros. Imposibles metafísicos. Poco tiempo para pensar porque llega un compositor de Ucrania. Sube al escenario con una muchacha con un vestido rojo de falda acampanada. El ucraniano, descalzo, calcetines negros, empieza a tocar una guitarra, sacándole sonidos agrestes, repetitivos, tribales, humanos y terrestres. La chica del vestido rojo aguanta plano como una campeona haciendo, ella también, ese tipo de gestos de aprobación que hacen los palmeros cuando toca algún astro del flamenco.
Por fin, y formando un contraste bastante curioso con la agreste primera parte de la pieza, la chica empieza a cantar con una voz dulcísima, acompañada con otra guitarra por el ucraniano.
!Qué es esto! Seis señores que tocan trompetas, trompas y trombones. Son los últimos después de la primera pausa prevista. Los ejecutantes tienen algo de atléticos jugadores de un deporte muy físico; se les nota bien sincronizados y los instrumentos, brillantes, suenan como la engrasada sirena de un transatlántico que fuese a cruzar los mares del sonido. Cuando todos tocan a la vez es como si se abriesen las puertas de una región fantástica, elástica y agreste..
Tras ella, Shayan Mokhtarani. Rompe el protocol de ir vestido de negro (por lo menos de oscuro) de todos los demás (otra propensión de los músicos parece ser mezclar el negro con el azul marino, combinación que todo el mundo sabe que debería estar penada con cárcel). Shayan, nada que ver con el cantante puertorriqueño, toca el piano, pero no utiliza para hacerlo la manera tradicional, las teclas sino que, con movimientos de prestidigitador (y, por qué no, un poco de esquizofrénico) va pulsando las cuerdas de la caja.
Al otro lado del pasillo que divide las dos zonas del patio de butacas, un chaval, vestido con una camiseta de manga corta de color turquesa (uno deja de ser joven cuando deja de ir en manga corta a los sitios) da cabezadas. Uno, la verdad, no tiene tiempo. Los pellizquitos que Shayan le da a las cuerdas de su piano le hacen pensar la lógica (peculiar, pero lógica) que orienta los actos de la gente que ha perdido la cabeza.
Terminada su pieza, sin embargo, el lenguaje corporal de Shayan se vuelve normal y saluda al público, entre aplausos, de una manera bastante comedida.
Tras esta actuación viene un cuarteto de saxofones con una pieza llena de humor que consigue hacer la magia de que hasta las toses del público cuadren con la coreografía de los instrumentistas. A pesar de esto, sea porque ya llevamos más de dos horas de concierto o porque el cerebro humano tiene un límite a la hora de buscar la lógica, el bloguero empieza a pensar que lo del cuarteto de saxofones, como gag está bien, pero que le falta un poco de chicha.
Violonocellista y pianista, los que siguen, le resarce un poco. Este violoncellista es el único profesional que ha habido hasta ahora y le ha delatado un solo gesto: al ir a colocarse detrás del atril, con ojo experto ha visto dónde estaba su luz y ha desplazado el atril unos centímetros. Luego, música, durante la cual se ha reido como si conociera un secreto que ignorásemos todos los demás.
Pausa.
Tras ella, la participación española: Alejandro Escuder con la obra Life is a sight. Take a deep breath. Primer movimiento de algo que será en el futuro una obra más larga. Comparece el diestro español acompañado de unas mujeres que, con aire grave y convicción acometen una pieza corta pero llena de fuerza. Seis minutos en los que está toda la fugacidad de la vida, como dice el título.
La segunda participación española, la de Daniel Serrano, es contrapuesta porque la sala se llena de un aire íntimo de guitarras del sur, no en vano la pieza breve, suave, se inspira en García Lorca y su diván del Tamarit.
Mientras la escucha, el bloguero piensa en la coda, en el final del post que escribirá hoy. No lo encuentra. Quizá un post sin coda sea un post, también, experimental como la música.

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