Una de las cosas más chulas de hacer Viena Directo es que uno se va a la cama todos los días sabiendo una cosa más.
Para A. Aguilar, que me puso amablemente sobre la pista del tema de este post
Una de las cosas más chulas de hacer Viena Directo todos los días es que no pasa jornada en que uno no cumpla el refrán de irse a la cama sin saber una cosa más. Muchas veces, son los propios lectores de Viena Directo quienes me iluminan tal o cual tema que yo no había tratado antes y, entonces, al deleite de conocer (aunque sea por mail) a gente inteligentísima y sumamente interesante, se une el deleite de aprender yo mismo una cosa que no sabía.
Hoy es un caso así. Un jinete español, que el año pasado estuvo trabajando en Austria y probablemente volverá a hacerlo este año, me ha mandado una documentación interesantísima sobre una de las instituciones vienesas con más solera, de la que no he hablado en este blog más que nada porque sobre el tema sé muy poco: se trata de la Escuela de Doma Española que está situada a tiro de piedra del Hofburg.
Y dirán mis lectores ¡Para una cosa que lleva nombre español en Viena y este hombre no se tira el folio! Pues paso a remediar mi error y a redondear con la biografía de alguien fascinante.
Se sabe que existía un picadero (de caballos, no de los otros) en Viena desde 1572 momento en que aparece por primera vez el término “Picadero español” en Viena. No fueron en esto los vieneses muy originales, porque algunos años antes, en Plunivel, en Francia, había un lugar semejante. En otro momento, me extenderé sobre la historia de la Escuela doma Española, que es interesantísima, pero baste decir que, en el siglo XVIII, la escuela, merced al esplendor de la monarquía de los Habsburgo y de la propia ciudad de Viena, alcanzó su máximo apogeo. Un esplendor que se prolongó durante otros dos siglos más y que continúa en la actualidad, sin que hayan podido con ella ni las revoluciones ni las guerras que, desgraciadamente, se cebaron en otras instituciones.
Aunque, hay que decir –y aquí viene la parte emocionante de nuestra historia de hoy- que, si la Escuela de Doma Española, con su activo más valioso, los caballos Lipizzaner, consiguió sobrevivir al nazismo y a la segunda guerra mundial, se debió a la tenacidad y al buen juicio de un hombre: Alois Podhajsky, al que le tocó dirigirla desde 1939 hasta el final de la segunda guerra mundial, y aún después, hasta 1965 (el buen hombre murió nueve años después).
Podhajsky había nacido en Mostar en 1898 y fue medallista olímpico en los juegos de 1936 (bronce). Fuen en los juegos olímpicos cuando el general Patton se fijó en él, circunstancia que sería de una importancia crucial para la supervivencia de la Escuela de Doma Española.
Cuando se vio que las cosas se ponían chungas para el ejército nazi, Prodhajsky decidió evacuar a los sementales y a las yeguas de la raza lipizzaner que habían quedado a su cargo y que llevaban en sí una herencia genética de valor incalculable. Los llevó a la República Checa, a Hostau, en donde los nazis siguieron criándolos hasta que, en 1945, se rindieron.
Todo el mundo sabe que la carne de caballo es comestible y, en aquella época, los hambrientos refugiados no se andaban con chiquitas, todo lo que corriera o volara ¡Hala! A la cazuela, así que Prodhajsky tuvo que proteger la vida de los bellos animales de los facinerosos que los querían convertir en gulasch. En el reparto de botín que siguió a la capitulación, los lipizzaner de Hostau cayeron, a Dios gracias, en manos americanas, ya que los soviéticos, sin ninguna duda, los hubieran sacrificado para carne, acabando así con una tradición equina de siglos. Una vez recuperados sus animales, Prodhajsky demostró la belleza de su arte en un espectáculo ecuestre para el general Patton y debió de ser tan honda la impresión que causó en el general que los Lipizzaner volvieron a Viena en 1955.
A primeros de los setenta, a la Escuela de Doma Española le salió una sucursal en España, españolísima de verdad: Alvaro Domecq decidió fundar una Escuela de Doma a semejanza de la centroeuropea, pero con música y caballos españoles. El primer espectáculo fue en 1973 y se llamó “Así bailan los caballos andaluces”. Que yo sepa, la escuela jerezana sigue existiendo, merced a los bellísimos caballos de aquella parte de España. Alvaro Domecq, por cierto, aprendió el arte de los caballos Lipizzaner aquí mismo, en la fuente más pura. Fue alumno de la escuela y participó en las celebraciones del cuarto centenario de su fundación.
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