Pokémon y Pokéman (go, eso sí)

móvilEl mundo se ha dividido en dos mitades que se ignoran mútuamente: los que cazan monstruos y los que se escandalizan. En Viena, también.

4 de Agosto.- Una de las cosas que más aflige a las personas que, como yo, se precian de inquietas (o sea, que somos cotillas y no lo podemos remediar) es que, hay que fastidiarse, la vida humana tiene sus límites y que uno se va a morir antes de que llegue la parte más interesante del futuro.

Aunque, bien mirado, quizá ya estemos en ella.

Yo estoy convencido de que vivimos en una época apasionante y que, dentro de cien o doscientos años, los historiadores pensarán en este 2016 como una de esas épocas chulísimas a las que quisieran poder volver a cualquier precio, como pensamos nosotros, ahora, en el reinado de la reina Victoria, en el Imperio Romano o en la Belle Epoque. O sea, épocas de tensiones, de cambios, con su épica, con su chicha, sin las cuales no podríamos comprender el presente.

Uno se consuela pensando en que, de todas maneras, no solo la vida tiene sus límites, sino que también el periodo en que los seres humanos gozamos de lucidez para comprender las cosas nuevas que pasan e incorporarlas a nuestra vida, también tiene sus fronteras. Así que, aunque uno viviera ciento cincuenta años, si el “celebro” no le diera a uno para poder entender y disfrutar lo que pasa, pues pa qué. Una jodienda, vaya.

Uno es joven(cito) todavía, pero ya empieza a notar cómo se está despertando dentro de él ese viejo cascarrabias que, al ver a los jóvenes haciendo gregariamente una cosa que él considera incomprensible, dice con rencor:

-¡Qué Pokemon ni qué Pokeman ni qué cojones! Falta de faena ¡A cavar zanjas los ponía yo, ya iban a ver cómo se les quitaban las gilipolleces!

Es una cosa fisiológica casi, que te llega a esa edad en que puedes ser padre (aunque, como yo, no lo seas) y hay que tener cuidado, porque proferir tales denuestos y ponerse en el principio de la pitopausia todo es uno.

La fiebre de los Pokemon Go ha llegado a Viena y da cosica ver a los jóvenes (y a los talludos también) abismados en el telefonino y perdiéndose las bellezas de esta ciudad, en vez de ir, como en el romance, a servir al amor (que hay que ver, señora, cómo se pone el personal en esta urbe cuando llega el verano, que dan ganas de echarse al Wienerwald a dar aullidos y a pegarse de cabezazos contra los troncos de las caducifolias). Hace un par de días, sin ir más lejos, hasta 4000 personas se concentraron en el Stadtpark de Viena, a jugar con este artilugio de la realidad aumentada. Parecía que cuatromil gargantas decían al unísono aquello que decíamos en el cole de:

-Sile, sile, nole, nole, este le tengo repe –por los monstruos, claro.

Los que ya tenemos edad para ser padres de familia, entre ojipláticos y acongojados, estábamos pensando que ya podían los jóvenes hacer otras cosas con su tiempo (por ejemplo, leer libros subversivos, afiliarse a Izquierda Unida, criticar a los padres, quejarse de que en los exámenes les entran cosas que “no se han dado”, explotarse los granos, practicar el sexo solitario, en parejas –con condones caducados- o comunal; desvivirse por el cantante de turno con pinta de niña (Justino Biberio, por ejemplo) endrogarse, hacer deporte, beber Calimocho, acudir como borreguitos –santos, eso sí- a cualquier Jornada Mundial de la Juventud, negarse a ducharse después de haber hecho cualquiera de las actividades anteriores…En fin: lo que ha hecho la juventud desde que el mundo es mundo) pero no nos dábamos cuenta de que lo que sucede es que nosotros estamos asistiendo a la aurora de una nueva época a la que nosotros ya llegamos un poquito tarde, cuando se están cerrando las puertas. Como les pasó a nuestros padres cuando pusimos en casa internet. Como siempre pasa con los que pensaban que nunca llegarían a ser viejos y que un día, van, se ponen, y se encuentran con la evidencia de que lo son.

La tecnología que hace posible la tontá del Pokemon hará posible también múltiples actividades útiles e interesantísimas en el futuro, y llenará nuestra vida de mucha más información de la que (probablemente) podamos digerir, al igual que la tecnología desarrollada para los videojuegos ha hecho posible, entre otras cosas, que ya existan coches que no necesiten conductor (gran esperanza de los que, como yo, carecemos de licencia para manejar vehículos con motor de explosión) o robots capaces de subir escaleras o escalar montes. En este mundo, en todas las épocas, es siempre igual: se empieza jugando y se termina mandando una misión tripulada a Marte. Igual allí también hay Pokémons.


Publicado

en

por

Etiquetas:

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.