Un estudio que una entidad internacional ha realizado con expatriados residentes en Austria da como conclusión que EPR se parece bastante a París.
6 de Octubre.- Aparte de español, de inglés y alemán, hablo (además, desde pequeño) francés. Lo cual no quita que uno, personalmente, piense que “quello popolo deserto che chiamano Parigi” (Violeta Valery dixit -minuto 4:40-y yo no soy quien para enmendarle la plana) sea la ciudad ideal para experimentar con la bomba de neutrones. Esa que la tiras y, tras explotar, te deja el camión intacto pero reduce al camionero a un montoncito de polvo inofensivo (y, sobre todo, agradablemente silencioso).
Recuerdo que, estando una vez en la ciudad que llaman luz, quise hacerle un regalo a un amigo muy querido y entramos en esa monstruosidad que se llama Galeries La Fayette (solo igualada por les Galeries Printemps). Mi ánimo era comprarle una de las famosas navajas Opinel, que son muy bonitas, ideales para cortar queso en los picnics y tienen un mango de madera rubia muy suave. Elegimos el modelo que nos pareció mejor y nos acercamos a la caja, a pagar. Como yo hablo francés, fui el encargado de realizar la transacción. Nos atendió lo que, en ambientes especializados (y fuera de ellos) suele llamarse “una marica mala”. O sea, una persona que, se conoce, no había digerido todavía su orientación sexual y pagaba el pato con todos los clientes de las Galeries, tratándoles a patadas. Lo cual en gabacholandia suele ser mirándole a uno de arriba abajo, pero desde muy arriba.
–Bonjour –le dije yo. Y él, por toda respuesta, me bufó. Y a partir de ahí, fue todo una ofensa constante (y absolutamente inmerecida por mi parte, que conste). Que si vaya birria de cliente que es usted, que no sé cómo no le da vergüenza, que ni tiene la tarjeta de las Galeries Lafayette, que si no tiene usted suelto y le tengo que cambiar este billete de cincuenta euros…Todo en un tono que daban ganas de utilizar nuestra reciente adquisición para producirle al dependiente una herida inciso-contusa y luego mearle encima para que, además, le escociera.
No lo hicimos, pero desde entonces (2007) las Galeries Lafayette no se han vuelto a honrar con mi presencia.
Me acordaba yo de esto leyendo un estudio de un banco en el que se mide la satisfacción que sienten los expatriados que viven en Austria (aunque a mí, la palabra expatriado no me gusta, que parece que tienes una enfermedad contagiosa; a mí me gustaría más “pluripatriado” que describe más mi situación; o sea, una persona que tiene vínculos afectivos con varios países).
La opinión general de los expatriados que viven en Austria parece ser la misma que la mía a propósito de París. Y es una pena que así sea. O sea: que Austria es fenomenal, que se vive muy bien, que es segura, que su sistema sanitario funciona que es una divinidad, que se come que te mueres, pero que todo el país tiene un pequeño problema y es que está lleno de austriacos.
Yo tampoco creo que sea para tanto, pero según los expatriados entrevistados por este banco, de los 67 países evaluados Austria está, en lo referente a hacer amistades aborígenes, nada menos que en el puesto 58. También se dice (yo no lo pienso) que los austriacos no son amables con los extranjeros, que no sonríen (tampoco es verdad) y que se toman excesivamente en serio a sí mismos.
¿Es cierto todo lo anterior? Yo creo que, en general, los austriacos lo ponen difícil a la hora de penetrar en su círculo de amistades. Si tu pareja no es aborigen, uno tiene que mentalizarse de que lo de hacer amistades austriacas es una carrera de fondo. También es cierto, y lo he repetido muchas veces y no me importa decirlo una vez más, que a los austriacos hay que conquistarles por las orejas. O sea, que sin hablar alemán, todo se vuelve muchísimo más complicado. Sí: aunque hables inglés.
¿Se toman muy en serio a sí mismos? Yo creo que los austriacos, en general, son bastante más inteligentes que eso, e incluso yo creo que, cuando hablan entre ellos, tienen una opinión sobre su país igual de sarcástica y ácida que la que, en general, tenemos los españoles del nuestro. Ahora bien: en cuanto un extranjero dice cosas que ellos dirían, entonces aparece ese orgullito nacional, tan Kronen Zeitung, tan tróspido y poco menos que al extranjero se le dice lo de “si no estás a gusto aquí, ya sabes en dónde tienes la puerta”. Un consejo entrañable, qué duda cabe, pero que no es lo que uno espera más cuando está en casa ajena.
Como persona que, si a mano viene, ha ejercido su derecho a crítica al país en que vive en más de una ocasión, resulta un factor de extrañeza y, además, una manera en que algunos austriacos (imbéciles los hay en todas partes) también te hacen saber que, aunque lleves muchos años viviendo aquí no perteneces a su tribu. Fastidia un poco, pero en esto como en todo lo mejor es poner cero al cociente y pasar al austriaco (o a la austriaca) siguiente, hasta que uno da con el bueno (o la buena). Y a pesar de lo que digan algunos, este país está lleno de buena gente.

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