Venga, va: no tengamos miedo de reconocerlo: hay, por lo menos una cosa, de la que sí que podemos aprender mucho de los austriacos.
8 de Noviembre.- Cuantos más años llevo en Austria, más me convenzo de que el lugar en el que crecemos y la cultura que respiramos cuando somos niños, tienen una influencia decisiva en nuestra vida, en lo que podríamos llamar nuestra manera de estar en el mundo.
De esta manera, lo mismo que una tela tiene una determinada “caída”, así las personas también tenemos una serie de reacciones que se dan en nosotros sin darnos cuenta, porque las hemos “mamado” , que diría un castizo. Esto provoca que cuando la vida nos lleva a otro entorno cultural, cueste un poquito aprender las normas nuevas y, también, por qué no, haya que hacerse un poco de fuerza para que esa reacción que nosotros pensamos que es espontánea, no se produzca en momentos inconvenientes.
Además, no siempre hay que pensar que las reglas antiguas son las buenas, porque a veces el cambio resulta muy ventajoso. Como en el tema del que hablamos hoy.
Me explico: por ejemplo, una de las cosas que a mí, después de una década aquí, me desconcierta y, de hecho, me resulta cada día más agobiante, es la falsa familiaridad que se respira no solo en España sino, creo en la mayoría de los países latinos (cuento, también, a nuestros primos hermanos, los italianos, con quienes nos unen tantas cosas, desde Torrebruno a Miguel Bosé).
Una de las cosas que he aprendido en Austria es que la distancia, en según qué aspectos y situaciones de la vida, puede llegar a ser muy sana porque, quien se la pasa por el forro, generalmente lo hace en su propio beneficio. A mí, cuando un desconocido empieza a llamarme de tú, me dan tentaciones de agarrarme la cartera.
Por poner un ejemplo que va a entender todo el mundo, el sistema español es como si todo el mundo fuera amigo nuestro en Facebook y tuviera acceso a todo lo que publicamos (una desnudez insalubre e insoportable). En cambio, el sistema austriaco es el de hacer listas y separar a la gente en ámbitos y en grados de confianza. Por ejemplo, tu familia, es tu familia y ya, y punto, y campana y se acabó (dentro de la familia, en mi caso, están mis amigos más cercanos, a los que quiero como si fueran mis primos, pero es que nos conocemos ya desde hace tantos años y nos tenemos tan bien tomada la medida y existe tal relación de confianza, que no tengo –prácticamente- secretos para ellos).
Luego, naturalmente, está la gente del trabajo.
Naturalmente, uno tiene que tener con sus jefes y con sus compañeros una relación colegial, cordial, incluso festiva, pero ni todos ellos necesitan saberlo todo de mi vida (ni tampoco lo querrían) ni yo necesito saber todo de la vida de todos ellos.
A este respecto, una persona muy sabia comparó las relaciones que se dan en un entorno laboral con las de que tienen los compañeros de habitación en un hospital. Por supuesto, hay personas que no comprenden esto y que se obstinan en pasar a otros niveles sin haberles uno dado pie (haber estudiao, que dijo aquel) pero si no lo entienden, primero, hay que hacer una discreta (y muy sana) labor pedagógica y si, aun así, siguen sin entenderlo, hay que pensar que tienen algún déficit en su vida personal y que quieren rellenar con esa falsa afectividad alguna carencia (en cuyo caso, se impone el huir de esas relaciones que tienen un potencial tóxico que, en algunos casos puede ser letal para la paz del alma, porque en un entorno laboral, al final lo que se mueve es dinero, y ya se sabe que el dinero lo envenena todo).
Y luego está la ancha y feliz banda de los conocidos. A este respecto, quizá cabría decir que las relaciones con los conocidos deben ser, idealmente, como las canciones de Helene Fischer. O sea, que deben estar siempre presididas por la cordialidad, deben ser siempre joviales y bienhumoradas (incluso cuando se trata de baladas románticas) pero que, por su propia naturaleza lo más cómodo y agradable es que se mantengan en una saludable superficialidad.
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