Los austriacos quieren trabajar (pero no así)

El Ministro de Trabajo anunció ayer una reforma del mercado de trabajo. Oyéndole, podría pensarse que la gente no quiere trabajar pero, es cierto ?

2 de Septiembre.- La pandemia ha supuesto un antes y un después en muchas cosas, y una de ellas ha sido el mercado de trabajo.

Ayer, el Ministro austriaco del ramo, Sr. Kocher, compareció ante los medios para anunciar que, de aquí a la primavera de 2022 y previas conversaciones con los agentes sociales, se reformaría la legislación sobre el mercado de trabajo, sobre todo en lo referente al subsidio de desempleo.

Se espera que se anuncie que, en el futuro, será decreciente. O sea, que se cobrará más al principio que al final, al objeto de « incentivar » a la gente a que se remangue y se ponga a producir.

Una cosa está clara : el mercado de trabajo austriaco está roto y necesita que lo arreglen, sobre todo si nos damos cuenta de un hecho evidente : por un lado, hay en Austria un par de cientos de miles de personas que no trabajan y, por otro, las empresas no encuentran mano de obra.

El Ministro, naturalmente, trató de dar a entender que la gente no trabaja porque está mejor en su casa cobrando del Estado sin hacer nada. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla .

He aquí algunos apuntes sobre la cuestión.

Hay muchos sectores de la economía austriaca, por ejemplo la hostelería, el cuidado de personas mayores que, hasta el principio de 2020, empleaban a mucha mano de obra no austriaca.

Este desplazamiento lo hemos vivido nosotros también en España, durante aquellos tiempos, previos a la Gran Recesión de 2008, en los que nuestra economía jugaba en la « championslig ».

En aquellos tiempos, no había en España un solo trabajador de residencia de ancianos –particularmente en los puestos de tropa- ni un solo camarero que fuera celtíbero. La mayoría eran personas que venían de Latinoamérica o de los países más pobres de Europa del este. Esta gente cobraba, como pasa en Austria, por debajo del precio de mercado (todos los extranjeros lo hemos tenido que hacer alguna vez). La pandemia cerró fronteras y con ella muchos trabajadores extranjeros que de manera estacional o aún de forma contínua, levantaban la economía austriaca, perdieron el acceso a este mercado laboral, de manera que el equilibrio se rompió. Los nativos no querían trabajar por los sueldos que cobraban (y cobran) los foráneos.

Y no solo es una cuestión de sueldos : también es una cuestión de condiciones. La hostelería, que es uno de los sectores en donde más gente falta tiene, como es notorio, unos horarios que hacen muy difícil conciliar la vida laboral y la familiar. La pandemia ha castigado especialmente a este sector de gente que estaba ya acostumbrada a sufrir. Llovía sobre mojado. Así pues, como está pasando en toda Europa, la mano de obra de la hostelería está migrando, a poco que puede, hacia otros trabajos que implican poder participar en la crianza o, simplemente, ver a la pareja.

Otro aspecto clave es la distribución de la población en Austria.

La falta de mano de obra más acuciante se da en el entorno rural. En lo que podríamos llamar « la austria vaciada ». Son zonas geográficas, por ejemplo el Waldviertel, algunas zonas de Burgenland, el área rural de Salzburgo, Vorarlberg, en donde la población está muy envejecida y están empezando a faltar aprendices de todos los oficios, especialmente de los tenidos tradicionalmente por ingratos y, por lo tanto, menos prestigiosos.

Esta falta de mano de obra también se da en los empleos cualificados. Austria camina a pasos agigantados hacia una situación que, posibiblemente, sea inédita en los países desarrollados : de aquí a una década como máximo las personas que vivan en ciudades pequeñas tendrán serios problemas en encontrar un médico que las trate. Los nuevos doctores prefieren, o bien hacerse especialistas (cosa que es mucho más lucrativa que la medicina general) o bien vivir en ciudades grandes que les garantizan tener todos los servicios a mano. El campo no es atractivo.

La pandemia también ha hecho que la gente aprecie las ventajas de tener el trabajo cerca y no tener que gastar una hora de ida y otra de vuelta para ponerse a trabajar. Se buscan empleos en las cercanías del domicilio en donde, en muchos casos, no los hay.

Otro aspecto clave y que no por más obvio resulta menos esencial es que no todo el mundo vale para todos los trabajos. Yo puedo estar en paro pero sería inútil que a mi edad me ofrecieran trabajos de, por ejemplo, solador o fontanero, porque no tengo formación para hacerlos. De nada servirían bajadas en el subsidio de desempleo o penalizaciones para “incentivarme” a aceptar trabajos que no sabría hacer.

La falta de mano de obra es, en cualquier caso, un problema difícil de arreglar a medio plazo. Hace falta una política sostenida en el tiempo de formación (por ejemplo, será clave crear empleos relacionados con el cambio climático), de fomento de la vuelta a ciudades pequeñas y más sostenibles, de rejuvenecimiento de la población rural.

Es el mercado de trabajo, sí. Pero tampoco.


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