La rara colina de Spielberg

En las cercanías de la localidad de Spielberg ha sucedido una cosa que demuestra que en esto de la pandemia, como en todo, es importante tu casilla de salida.

4 de Septiembre.- En la calle en donde vivo hay un burdel. A veces, cuando vuelvo de trabajar un poco más tarde de lo normal, las señoras que están esclavizadas en él están sentadas en la calle, a la fresca, echando un cigarrito, esperando a que se anime alguno de esos que, con un eufemismo de esos que enmascaran la perversidad de la situación, conocemos todos como clientes.

Las hetairas son unas mujeres de edad indefinible, entre los treinta y los cincuenta. No son austriacas, y cualquiera sabe por qué rumbos de la vida han terminado en el local chiquitillo y que huele igual que los bingos de mi infancia en el que se ganan la vida.

Al leer la noticia de la que hablaré hoy no he tenido más remedio que acordarme de ellas.

Una de las cosas que tiene la pandemia es que es un fenómeno transversal. O sea, que afecta a todos los ámbitos de la vida. También que, como suele suceder con todos los cataclismos, golpea con más fuerza a aquellos que están en una posición más precaria. Es, en pocas palabras, lo que se decía al principio de todo esto: los optimistas afirmaban que, en esto del coronavirus, todos íbamos en el mismo barco, cuando no es verdad. Todos estamos en el mismo mar, pero unos transitan por él en transatlántico y otros en patera.

Como mis protagonistas de hoy.

En las cercanías de la localidad de Spielberg, famosa por muchas cosas, entre ellas por albergar un circuito de carreras de coches y por haber sido la cuna de los ancestros del director de ET, hay un burdel que, según se conoce, debe de ser tan humilde como el de la calle en donde vivo.

Dicho establecimiento se llama Funny Hill y ya el nombre juega a prometer una diversión que es poco probable que obtenga cualquier hombre decente (no lo son, se mire por donde se mire, los puteros).

Las autoridades competentes, que tienen su sede en Leibniz, en Estiria, han emitido un comunicado en el que se pide a los „visitantes“ del local en cuestión entre los días 23 y 25 de agosto que se hagan una PCR y que estén atentos a su estado de salud.

La razón es que se ha desatado un foco infeccioso que está relacionado con las pobres mujeres que son explotadas en el burdel en cuestión.

En previsión de que los „clientes“ del prostíbulo tengan vergüenza de que todo el mundo sepa a qué dedican sus tristes horas de ocio, los servicios de sanidad de Estiria han habilitado incluso una contraseña.

Si se sienten mal (de cuerpo, porque de espíritu ya deberían sentirse mal) y tienen necesidad de llamar al 1450, no tienen más que decir „Cluster Nachtclub Spielfeld“ para que los funcionarios de sanidad sepan de qué va la cosa.

La peor parte de este asunto es que hay tres mujeres, trabajadoras del local, que se han infectado y de las cuales se ignora su paradero (más que probablemente, porque las pobres tendrán miedo de que no las dejen trabajar). Las mujeres dieron una dirección falsa y, a estas horas, no se sabe en dónde paran.

Según informa el Kronen Zeitung, de donde yo saco la noticia también, las personas relacionadas con el prostíbulo se han negado a colaborar con las autoridades y la policía ha tomado cartas en el asunto.

En principio y a efectos del coronavirus, rigen para los prostíbulos las mismas reglas que para los lugares de ocio y tiempo libre y para las instituciones culturales. O sea, la regla de las tres G o, como dice un amigo mío, la regla de los tres „ados“ (testados, vacunados o curados).

O sea que, en principio, si uno quiere entrar a estos sitios aprovecharse de otro ser humano por dinero, debe presentar una prueba de su situación epidemiológica es correcta.

Por lo menos, eso.


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