Me abismo en la lectura del periódico gratuito que he cogido en la estación en la que empiezo mi vuelta a casa.
Al leer una noticia me acuerdo de mis tiempos de sordomudez. Una cocina amplia, una fiesta a la que fui invitado, un invierno nevando tras unas ventanas altas, un panorama de tejados vieneses extendiéndose hacia lo que parecía una tundra blanca e infinita. Entre los invitados una chica cuya cara, lo siento, se me ha borrado. Se acercó y me preguntó si era español. Al decirle yo que sí, me explicó que su trabajo consistía en guiar estudiantes españoles a través de los misterios de la vida vienesa. Nos estuvimos riendo un rato. La chica hablaba de los estudiantes a los que guiaba como de una tribu de criaturas curiosas. Le extrañaba nuestro amor incondicional por el aceite de oliva, nuestro apego familiar (esas conversaciones con nuestra madre de media hora diaria, a veces más), nuestra facilidad para hacer amistades en los sitios más inhóspitos –en la cola del supermercado, en el metro, por la calle- y, cosa abracadabrante para la mayoría de los austriacos, nuestro pudor al admitir que nos pagamos los estudios o los alquileres o lo que sea, sirviendo hamburguesas, limpiando o haciendo camas.
La chica lo flipaba bastante, claro. Los austriacos abandonan la casa de mamá con la edad mínima indispensable para que su trabajo no sea considerado explotación infantil. “El movimiento circular” como una profesora mía de francés llamaba a los trabajos de fregoteo, es para ellos la prehistoria normal de cualquier carrera profesional. Los jóvenes tienen que comer, pagarse el alquiler y las copas mientras están estudiando. No resulta para ellos nada humillante. Es más: para los padres austriacos significa una especie de palmadita que la vida les da en la espalda:
Llegado un momento de la conversación, la cicerone de los estudiantes me preguntó:
Y yo:
-A tus paisanos les da igual: se van al Museums Quartier y se ponen hasta las orejas.
¿Se manifestará la juventud vienesa como, en su momento, se manifestó la juventud madrileña ante lo mismo? (una de las manifestaciones más vergonzosas que yo recuerdo fue la de reivindicar el botellón).
Al cerrar el periódico el rabino y su acompañante habían desaparecido.

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