
Tal día como hoy nació Antonio Salieri, que ha pasado a la historia como el archienemigo de Mozart. Es verdad esta historia?
18 de Agosto.- Tal día como hoy, en 1750, en Legnano (no confundir con Lignano, famoso lugar de veraneo) nació un rollizo bebé al que sus padres, Antonio y Anna, pusieron de nombre también Antonio. Por carambolas del destino, setenta y cinco primaveras más tarde, el crío terminó enterrado en Viena.
Se trataba, como los lectores ya habrán podido quizá suponer, de Antonio Salieri, compositor cuyas obras (aceptémoslo) son pasto de eruditos, pero cuya biografía sirvió mucho más tarde para aumentar la fama, ya de por sí grande, del James Dean de la música clásica: Wolfgang Amadeus Mozart.
Salieri venía de una familia con posibles (su padre era un acaudalado comerciante) y por eso pudo gozar de las ventajas de la instrucción. Él y sus hermanos aprendieron música -pasatiempo entonces destinado a los que no tenían que ganarse el pan con el sudor de su frente-. Pronto, el joven destacó sobre sus hermanos y tras un periodo de aprendizaje, Salieri llegó en 1766 -o sea, hecho un pimpollo de dieciséis años– a la corte imperial de Viena, en donde es de suponer que su talento, su inteligencia y algunos valedores poderosos (entre ellos el compositor Gluck) le abrieron muchas puertas.
En la obra de Peter Schaffer, Amadeus, que le muestra como un tipo amargado y reprimido sexualmente -ofrece su castidad eterna a cambio de música- vemos a un Salieri célibe que no puede evitar fijarse en las generosas pechugas de sus alumnas. La realidad fue muy otra. Como era usual en su época, el 10 de octubre de 1775, Antonio Salieri se casó con una Theresa Helferstorfer, prima de una famosa pianista de su época que estrenó alguna que otra obra de Beethoven.
La Sra. Salieri y su santo tuvieron nada menos que ocho hijos.
Salieri, al cabo un hombre juicioso, se conoce que había tomado la decisión de casarse cuando ya tenía el pan asegurado, porque en 1774 le habían nombrado compositor de cámara y maestro de capilla de la ópera itaiana. El 1776, el emperador le distinguió con su favor y a partir de ahí il signore Antonio se lanzó a hacer las Europas, estrenando en varias localidades sendas óperas de tema mitológico (L´Europa riconsciutta, por ejemplo) que hoy son un poco indigestas pero que en aquel momento estaban muy a la moda del neoclasicismo.
Su carrera escénica continuó hasta 1804, cuando ya la evocación de la antigüedad daba sus últimas boqueadas. Su carrera operística hizo chimpún con una ópera llamada Die Neger, que fue acogida con frialdad. Tras esto, se dedicó a la música religiosa.

Hasta los 70, il signore Antonio, rico, respetado y gozando de diferentes “mamandurrias” funcionariales, gozó de una salud excelente. Sin embargo, al encarar la octava década de su vida empezaron a salirle goteras y por fin, viudo, con la cabeza perdida y la salud muy quebrantada, la espichó en 1825.
Le enterraron en lo que hoy es el Waldmüllerpark (entre Hauptbahnhof y Matzleindorferplatz) y luego, en 1874, cuando se construyó el cementerio central, sacaron sus cenizas de allí para ponerle en una tumba coquetona junto a una de las tapias, en donde lo que queda de él espera la resurrección de la carne.
Ya,ya pero, de lo de Mozart, qué hay? Lo asesinó o no lo asesinó?
Pues no parece.
Cuando llegó el romanticismo, se puso de moda la figura del artista visto como un ser talentoso e incomprendido que, contra viento y marea, tiene que luchar contra el poder establecido. Y al pobre de Salieri le tocó la china. Claro, después de muerto, no se podía defender.
Lo cierto es que, sin ser amigos de irse de farra juntos, Salieri y Mozart no tuvieron mala relación (fuera, claro, de las intrigas de la farándula, en donde abunda la gente que solo te sonríe de dientes para afuera).
El de Salzburgo y el de Legnano compusieron varias obras al alimón e incluso Cosi Fan Tutte, que era en principio un encargo de Salieri, lo cogió Mozart porque el italiano lo abandonó.
Asimismo, Salieri le enseñó música al hijo mayor de Mozart, Franz Xaver (un hombre tirando a mustio, en contraste con el carácter de su padre, más bien vivaes), mantuvo unas amistosas relaciones con su viuda, la algo atontolinada Constanze (y esto no es criticar, es referir) y, por último, incluso dirigió algunas obras del difunto hasta tiempo después de su muerte (hay que pensar que, en un tiempo en el que la música no se podía grabar la memoria de un compositor solo se mantenía con la interpretación). También fue alumno suyo Süssmayr, abnegado admirador de Mozart que instrumentó el Requiem que su maestro había dejado esbozado.
Parece ser que el rumor surgió de un biógrafo de Beethoven que afirmaba que se decía por ahí que, con la cabeza perdida, Salieri decía haber envenenado a Mozart. Los dos cuidadores del italiano afirmaron ante notario que su jefe jamás dijo cosa semejante pero como jamás se ha podido aclarar fehacientemente de qué la dobló Mozart, el rumor fue propagándose y hoy la gente piensa en Salieri y ve a F. Murray Abraham, picadito de viruelas y con cara de que se le hubiera colado una avispa en los calzoncillos.


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