
Hoy veremos qué podemos aprender de los resultados de las elecciones de Baja Austria. Para nuestra el presente pero, sobre todo, para el futuro.
30 de Enero.- Hay expresiones en español que tienen fecha de nacimiento. Una de ellas es “el día después”. Esta barbaridad (lo normal sería decir “el día siguiente” o, mejor, “al día siguiente”) se extendió a partir de la difusión de un telefilme de 1983 titulado, en inglés, The Day After. Un típico producto de la guerra fría o una variación del cine de catástrofes, en donde se hacía un recuento de cómo sería el mundo después de un holocausto nuclear.
Cuando la película llegó a España los distribuidores leyeron “The Day After”, fliparon, cogieron el diccionario y sucedió lo siguiente:
-Pepe, a ver, te deletreo: T de Toledo, H de Huelva y E de España.
-Artículo determinado. Él.
-Vale. Ahora D de Dinamarca, A de…
-De Antonio.
-Eso. E Y de…Yucatán.
–Day.’Pera, que lo busco. Eso quiere decir Día.
-Y ahora A de Antonio, F de Follonero, T de Toledo, E de España y R de Rusia.
-Joé, colega! Con lo fácil que es hablar en español de Calahorra. After. Eso quiere decir después.
-Pues nada, así queda: El Día Después.
Y así se quedó. Gracias a estos dos héroes anónimos, hoy es, por lo tanto, “el día después” de las elecciones en Baja Austria y los políticos se lamen las heridas (los que perdieron) o se practican arriesgadas autofelaciones (los que ganaron).
Los resultados, sin embargo, son una radiografía de la evolución de Austria y calcan su estructura social.
La ORF ha publicado una encuesta que dibuja el prototipo de los votantes de los diferentes partidos. Por lo que tienen de significativos, nos fijaremos en los votantes de la extrema derecha.
La subida del FPÖ en estas elecciones ha sido transversal, o sea, que ha puntuado mucho más que antes en casi todas las capas sociales. Se puede decir sin embargo que el típico votante de la extrema derecha es hombre, de entre 30 y 59 y con unos estudios tirando a justitos (la proporción de votantes de la extrema derecha es inversamente proporcional al nivel académico, más alto el nivel, más baja la proporción).
La extrema derecha austriaca es el partido de los pobres. Triunfa entre aquellos que llegan a fin de mes con dificultad. O sea, la carne de cañón de la digitalización. Generalmente, las rentas más altas votan en mayor proporción a los partidos menos extremos
El talento para la propaganda del FPÖ y su habilidad para entrepretar el Zeitgeist se nota en que una gran mayoría de sus votantes lo ha hecho porque los contenidos de los que habla el partido responden a sus preocupaciones (o sea, KYC, Know Your Customer).
Estos temas son: los altos precios (lógico, si vives con el agua al cuello, como les pasa a toda la gente que ocupa puestos de trabajo menos cualificados), la emigración y la integración (un miedo tradicional agitado por la extrema derecha en todas partes, “los inmigrantes vienen a quitarnos el trabajo”), la corrupción y la seguridad y la guerra.
La digitalización y la llegada de la inteligencia artificial a todos y cada uno de los puestos de trabajo de la economía no va a hacer sino aumentar estas tensiones, como ya sucedió a principios del siglo pasado en donde el ascenso del fascismo coincidió con un aumento de la tecnificación de la sociedad.
Ante un mundo que es cada vez más complejo, para muchas personas a las que el sistema educativo no ha preparado para lo que viene (la duda es si los demás estaremos preparados también), será irresistible el impulso de confiar en la posible vuelta a un pasado en el que la realidad era transparente y fácil de leer. En el que las mujeres estaban en casa, cuidando de la cocina y de la prole; en donde el vecino siempre se llamaba Hans y comía lo que nosotros comíamos, no como esas personas que solo vienen a Austria a traer el mal fario y sus costumbres raras que, vaya por Dios, tenemos que aprender. Un mundo en el que todo era estático, predecible, incuestionable, que no exigía apenas esfuerzo al que quisiera transitar por sus caminos trillados. Un mundo que no había cambiado en generaciones (o eso, por lo menos, parece desde la distancia).
El mundo de antes. El mundo de ayer.
Solo hay un problema: ese mundo no ha existido nunca nada más que en los venenosos discursos de Herbert Kickl.


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