Contra el silencio

Hoy es el día de luchar contra un mal que sufre casi un millón de personas en Austria: el silencio.

28 de Junio.- Hoy es el día internacional del orgullo LGTBIQ+. Es el aniversario de los llamados incidentes de Stonewall (la historia completa, aquí).

Según las estadísticas más fiables, en Austria hay alrededor de un millón de personas (cienmil arriba, cienmil abajo) que pertenecen a este grupo de personas. Todos, sin excepción, han sufrido a lo largo de su vida diferentes formas de discriminación. Desde aquellas que podríamos llamar “discriminación de alta intensidad” (violencia pura y dura, verbal y física) hasta la que podríamos llamar “discriminación de baja intensidad”, la cual, no por ser menos evidente es menos dolorosa.

La forma más corriente de esta discriminación de baja intensidad es la de no poder manifestarse como realmente son. Es frecuente escuchar a personas que dicen no tener nada en contra de las personas del colectivo LGTBIQ+ decir aquello de “que hagan lo que quieran, pero en su casa”, queriendo reducir la cuestión a una especie de perversión vergonzosa que no debería ser visible.

Imagine el lector lo que sería reducir la heterosexualidad a lo que hacen los actores porno en las películas. Y la heterosexualidad, convengamos en ello, es muchísimo más que eso. Es, por ejemplo, cogerle la mano a tu pareja, tener gestos de complicidad pública, darle un beso en los labios si te la encuentras por la calle, poder contarle a tus colegas, en el trabajo, que te lo has pasado genial en las últimas vacaciones y no tener que mentir u ocultar o disfrazar algo que es parte esencial de tu vida.

Las personas LGTBIQ+ tienen que hacer todos estos malabarismos y más desde muy jóvenes. Se acostumbran a vivir con un peso que los heteros ignoran (salvo que le pongan los cuernos a sus parejas, claro) y es el peso de la mentira y del fingimiento. Pronto, aprenden que, en determinados ambientes “eso no se dice” o “de eso no se habla”. Desde el colegio, porque las personas LGTBIQ+ tienen, lo mismo que los heteros, infancia. En el instituto, cuando los demás empiezan a tontear con los primeros novietes o las primeras novietas, estas personas tienen que callarse. En la vida adulta, porque saben que una sola palabra, la más inocente, bastará para perder una amistad, o para que no les admitan en un trabajo (sí: está prohibida cualquier discriminación, pero a ver quién es el guapo o la guapa que consigue probar que no le han cogido en un trabajo por ser LGTBIQ*).

En Austria se añade también el peso de la Iglesia católica -especialmente la parte más reaccionaria de ella- y la creciente influencia -sobre todo, en la comunidad latinoamericana- de los credos evangélicos, especialmente beligerantes a este respecto. El silencio es también duro en el área rural, sobre todo en la Austria profunda porque, como sucede en muchos otros países, en España también, Viena no es Austria, y yo sé de mucha gente que (¡Aún!) se viene a escondidas a la Regenbogenparade sin que se enteren sus familias.

No. No me olvido. En la comunidad musulmana la homosexualidad sigue siendo un tabú difícil de romper. Los jóvenes, impulsados por el machismo imperante y por la perpetuación de los roles tradicionales de los hombres y de las mujeres (¡Qué pereza!) son tan cazurros como sus mayores.

Por todas estas cosas, y por algunas más, como el costroso resurgimiento de la extrema derecha, es importante que se conmemore el día de hoy y que se haga como lo que es: como algo que va muchísimo más allá de una verbena. Algo que es, de hecho, una fuerte afirmación de justicia. Una manifestación.

Una sociedad en la que todo el mundo pueda estar a gusto y expresarse tranquilamente como es nos enriquece y nos beneficia a todos. Por eso es muy importante que el orgullo que no es más que una prolongación de la eterna lucha por la paz y la justicia, sea todos los días. Feliz orgullo a todos y a todas.

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