
Últimamente, me he dado cuenta de que los que vivimos en otro idioma estamos expuestos a un efecto que puede ser muy peligroso.
19 de Diciembre.- Cuando empecé a escribir Viena Directo, hace ya diecisiete años y pico, contaba cosas de mi vida diaria. O sea, muchas más cosas de mi vida diaria. Dejé de hacerlo relativamente pronto porque, aunque no lo parezca, soy un hombre pudoroso y además, para mi sorpresa, pronto fui consciente de que estos artículos los leen personas con las que ni siquiera me he tomado un café.
O sea, que se puede decir que para escribir Viena Directo compongo un personaje en el que muestro parte de mí pero no todo, si las personas que me leen saben lo que quiero decir.
Quizá por este oficio diario de escribir en esta página, que te obliga a darle vueltas a las cosas, he pensado mucho a propósito de ese concepto tan escurridizo que es la identidad. Es un juego de espejos, entre lo que somos realmente y lo que vemos reflejado en los ojos de los demás.
A mí me parece sumamente fascinante cómo cambiamos todos según el contexto. Por ejemplo, no somos iguales con las personas que nos han conocido de niños, o en nuestro trabajo y nosotros, los emigrantes, no somos los mismos en un país que en otro.
Siguiendo el hilo de este razonamiento diré que, relativamente pronto, noté que, cuando llegué a Austria, “me empezó a crecer” una persona que fue evolucionando y que ahora convive con naturalidad en este espacio que es mi cuerpo. Y es el Paco en alemán. Que es distinto del Paco en inglés, y algo diferente también del Paco que habla francés. Estas tres últimas identidades son “yoes aprendidos”, personalidades que se adaptan, aunque sea inconscientemente, a la estructura mental que está subyacente en los idiomas que hablamos (madre mía, ya he escrito “subyacente”). Bueno, eso: este hecho resulta muy claro para cualquier persona políglota.
Pues bien: de un tiempo a esta parte, yo me he dado cuenta de una cosa que, en principio, me ha dado un poco de miedo.
Y es que, en Austria, cuando hablo con alguien en español, relajo totalmente determinados controles que sí que tengo en alemán, o que también tengo cuando estoy escribiendo Viena Directo.
Hablar con alguien, personalmente, en español, en Austria, produce en mí una tendencia a relajarme e irme de la lengua, a explicar cosas íntimas que no explicaría, pongamos por caso, durante una conversación en inglés o si hablara español en España.
En pocas palabras: que, si no ando con cuidado, y me encuentro con una persona desconocida, hispanoparlante nativa, en Austria, tengo la lengua más suelta. Es como si la frontera de la privacidad se borrase.
No lo he hablado con otra gente (amigos y tal) pero quiero creer que existe esa misma tendencia en otras personas.
Es como si el cerebro, al detectar el uso del castellano, se relajase y considerase automáticamente que la persona frente a uno, puesto que habla español en un entorno idiomáticamente hostil, debe de ser amigo o familia. ¿Os pasa a vosotros lo mismo?
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