Desde esa posición de relativo privilegio , querida sobrina, te compadezco. Y hago por primera vez lo que pensé que nunca haría: cuando te toque trabajar (inevitable inconveniente si a tus padres no les toca antes una primitiva) procura irte lo más lejos posible del mundo laboral español. Gente habrá que haya encontrado su nicho, no te lo discuto, pero si en algún lugar es evidente (cruelmente evidente) lo poco que hemos llegado a valer como trabajadores es en España. Y no sólo por los jefes (al fin y al cabo, como dijo Azaña, “rodeado de imbéciles, gobierne usted si puede”) sino por los compañeros que, probablemente, te tocarán en un porcentaje suficiente como para amargarte las jornadas laborales. Todos los vicios de los españoles como nación –no hablo hoy de las virtudes– tienen su asiento en las oficinas y las fábricas de la piel de toro. Como fuerza de trabajo, Ainara, somos por lo general maledicentes, irrespetuosos con la labor ajena, poco productivos, amantes de la acusación para disimular nuestras faltas, nada serios, nuestra formación nos la refanfinfla de la manera más palmaria , etcétera, etcétera, etcétera.
Lo peor no es eso, sin embargo. Lo grave es que, inmersos en un clima enfermo, en organizaciones en las cuales el acoso laboral (más en época de crisis) gana terreno día a día, los trabajadores españoles hemos llegado a la misma conclusión que esas mujeres a las que sus maridos muelen a palos cada día y pensamos que nos pegan lo normal.
Por no hablar de que tenemos unos cuadros directivos que dan vergüenza cuando no lástima. Quizá he tenido mala suerte pero, salvo unas cuantas y honrosísimas excepciones yo he tenido unos jefes que han sido la parada de los monstruos ¡Lo que yo hubiera dado por tener, no ya gente agradable e inteligente por encima de mí, sino simplemente gente normal! En la mayoría de los casos no ha sido así. Y bien que lo siento.
Pasamos en nuestro trabajo mucho más tiempo que con nuestra familia. Es sorprendente lo poco que la gente cuida (en España, en Austria es un poco diferente) esa parte de su vida y la poca autocrítica, rayana en la superstición, que hay en este aspecto. El progreso, Ainara, nace de estos pequeños detalles. Cuando la maquinaria laboral funciona, un país funciona. El resto, son excusas para engañar al público.
Besos mil de tu tío.

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