
Los medios austriacos también han recogido -poco, eso sí- las acusaciones de abusos sexuales contra Julio Iglesias.
17 de enero.- Al final de la espléndida película „Soldier, Tinker, Spy“ de 2011 suena una canción.
Es una versión portentosa de „La mer“ de Charles Trenet, cantada en francés, en directo, en el Olympia de París, por el mejor Julio Iglesias. Por YouTube circula otro vídeo, que alguna que otra vez nos ponemos mi compañero E. Y yo, mientras trabajamos, en el que Julio Iglesias canta con otro titán, Chales Aznavour, una canción que, en francés, se llama „Que c´est triste, Venice“ y en español, “Venecia sin ti”.
Estos dos momentos representan el pico de Julio Iglesias como artista y como cantante. De la primera canción no hay registro visual, pero sí de la segunda y, más allá de las convenciones que impone el género, se puede decir de Julio Iglesias lo que Miguel Delibes dijo de Umbral, que “canta como mea”. O sea, con una facilidad (falsa, porque está estudiada hasta el punto que parece espontánea) y una técnica (auténtica) que fue en su momento fruto de muchísimas horas, muchísima disciplina y muchísimo trabajo.
Julio Iglesias fue, antes de convertirse en un fenómeno transatlántico, un fenómeno europeo.
Aunque lleva retirado mucho tiempo, la carrera de Julio Iglesias, hijo de una de las familias más pijas del franquismo (“Papuchi”, el doctor Iglesias Puga, era el ginecólogo de las mujeres de los jerarcas de Franco) fue fruto de una cuidada estrategia.
Primero, España y después, los diferentes países europeos que le sirvieron de pruebas piloto de lo que después sería su carrera en los Estados Unidos. Antes de grabar en inglés un primer single (Beguin de Beguine) había grabado en italiano y, sobre todo, pásmense, en alemán.
Entre su participación en Eurovisión, con Gwendolyne y los años ochenta, en que se desplegó su carrera en los Estados Unidos, Julio Iglesias fue una presencia constante en las teles alemanas y austriacas. Grabó casi todos sus éxitos en español primero en alemán. Lengua que, por supuesto, ni hablaba entonces ni habla ahora.
Como digo, también aquí, en Austria, tuvo su momento de esplendor y durante mucho tiempo, decir Julio Iglesias era mencionar un cliché. De hecho, en una de las canciones más famosas de Reinhard Fendrich se le cita por su nombre, haciendo un poco de burla de su personaje de Latin Lover (Macho, macho, se llama la canción).
Luego, como le pasó a otros, como por ejemplo, a Michael Jackson, le devoró el personaje y empezó a vivir la vida antinatural de las personas que son muy conocidas y que, a veces poco a poco y a veces muy rápido, pierden la costumbre de que les digan que no. O, simplemente, de que les digan la verdad.
Una persona como Julio Iglesias, con una carrera tan larga y con una omnipresencia tal, pierde el contacto con la realidad de las cosas y esa pérdida de contacto con la realidad, como le pasó a Michael Jackson a Plácido Domingo o al rey Juan Carlos también, y más si se mezcla con la vejez, da lugar a comportamientos extraños o incluso, como en el caso de Julio Iglesias, aberrantes.
Hay que estar muy centrado para tener (o creer tener) poder y decidir no usarlo o usarlo bien. Porque el abuso sexual es, sobre todo, abuso de poder.
La noticia de las acusaciones de abusos sexuales contra Julio Iglesias han tenido poco espacio en la prensa austriaca, quizá porque el personaje sea ya alguien de otro siglo.
De todas formas, el caso de Julio Iglesias tiene muchas concomitancias y muchos parecidos con otros en los que varones ancianos, blancos y heterosexuales son partes interesadas.
Es muy probable incluso que, cuando Julio Iglesias dice que no ha coaccionado nunca a ninguna mujer, esté mintiendo sin saberlo porque la costumbre de hacer oidos sordos a la propia conciencia produce al final que uno se crea hasta sus propias trolas.
En casos como este, como el del Rey Emérito también, uno le viene a la cabeza aquella frase que dice el personaje de Bernarda Alba. Aquello de “No quiero mancharme de vieja”.
Deja una respuesta