El cuento de la lechera de Herbert Kickl

Ideas para bajar el precio de la gasolina no faltan. Incluso aquellas que son más ideas de bombero que otra cosa.

23 de marzo.- Cuando sea mayor, si es que llego, lo que más me gustaría ser es político en la oposición. Además en una oposición eterna, como la de Manuel Fraga, en sus tiempos de España o…Claro, la de Herbert Kickl. El pitufo gruñón solo tiene que ir por la vida malhumorado (en el caso de Kickl, histérico perdido) diciendo, como decía Chaplin en El Gran Dictador, que está rodeado de “incompetentes y estériles secretarias” y que si a él le dejaran, otro gallo cantaría.

Pero claro,no me dejan”.

El político en la oposición es siempre uno que dice que no llega al poder porque hay un contubernio que privilegia siempre los intereses de los que no saben hacer la o con un canuto.

¿De verdad?

Tomemos un ejemplo reciente. En su proceso de demolición estúpida y cazurra del mundo que conocimos, Donald Trump y Bejamín Netanyahu decidieron montar una guerra contra Irán. La absoluta incompetencia de estos dos ha traído que el precio de los carburantes suba en todo el mundo. Gracias a ellos vivimos pues en un derrumbamiento de la economía global a cámara lenta.

En estas condiciones, a los Gobiernos afectados, empezando por el austriaco, solo les queda barrer los añicos de jarrón de la abuela y tratar de minimizar las consecuencias. Por ejemplo, mediante bajadas de impuestos, en el caso celtíbero o liberando las reservas de petróleo almacenadas (es de primero de microeconomía: si incrementas la oferta de un determinado producto, bajas su precio).

La extrema derecha austriaca, nuestro pitufo gruñón, ha dicho que si dependiera de ellos, el precio de la gasolina bajaría de los casi dos euros actuales al uno treinta. El único problema es que, básicamente, es imposible. Pero la ventaja de ser político de la oposición es que puedes decir las tonterías más grandes y no pagar ningún precio por ello.

En estos momentos Austria está sumida en un proceso por infracción en el límite de déficit público ante la Unión Europea. Esto quiere decir que el Gobierno austriaco gasta no solo muchísimo más de lo que ingresa, sino que, además, se endeuda “por encima de sus posibilidades”. Para que la UE no se cabree todavía más, el Gobierno austriaco ha pactado un programa de “ahorro”. Lo que llamábamos nosotros “recortes” cuando la burbuja inmobiliaria.

Esto quiere decir que Austria no se puede permitir afrontar ahora los más de tres mil millones de Euros que costaría baja el precio de la gasolina como quiere el FPÖ. Muy fácil, dicen los ultras, bajemos los impuestos de la gasolina. A priori, parece fácil. El problema es que no se puede hacer sin quebrantar el derecho comunitario (y buscarse la correspondiente sanción). La legislación europea pone límites a las bajadas e impuestos a determinados bienes para evitar el dumping. O sea, que un Estado baje los impuestos (por ejemplo, a la energía) para atraer la inversión y arruinar así a los otros socios.

Otra propuesta es utilizar unos supuestos 2400 millones de euros que le cuestan, según el FPÖ, a Austria las ayudas a Ucrania. Todos sabemos que el FPÖ es la sucursal de Putin en Austria. Lo que más le gustaría a Kickl (y a Orbá) sería que cesase cualquier ayuda a Ucrania para que el ogro Putin se la pudiera comer y, tras ella, al resto de las repúblicas ex soviéticas. Pero examinemos más de cerca estas cuentas de la lechera.

Según Kickl, saliendo de las ayudas a Ucrania, Austria podría disponer de 2400 millones de jEur.

Esta aseveración solo tiene un problemilla: que es mentira.

La Unión Europea ha acudido a los mercados financieros a pedir créditos para financiar las ayudas a Ucrania. Cada país de los veintisiete es avalista ante los acreedores por una cantidad. En este caso, los 2400 millones famosos. Esto quiere decir que Austria, si la Unión se declarase en default, si no pagase, vaya, debería apoquinar 2400 millones de euros (Dios lo evite y la virhensita del Coromoto). La ayuda efectiva que Austria da a Ucrania es muchísimo menor, una fracción de esa cantidad, 200 millones de euros anuales.

En otras palabras. Es como si yo me compro una casa, pido un crédito y mis padres me avalan, sube la gasolina y Herbert Kickl va, se pone, y les dice a mis padres: “quítense ustedes de avalar al vago de su hijo y gástense el dinero en llenar el depósito”. Una tontería.

La última idea de bombero para bajar la gasolina es suprimir las subvenciones. En la mente del público que vota al FPÖ (que no está sobrado de estudios ni tampoco de entendederas), decir subvenciones es convocar la imagen de gente que vive “de la paguita”. Sin embargo, las subvenciones son vitales para el futuro del Estado austriaco. Las subvenciones financian, entre otras cosas, proyectos turísticos, la investigación científica (que revierte directamente en la competitividad de las empresas) o las primeras etapas de proyectos innovadores. Suprimir las subvenciones es darse un tiro en el pie.


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