
Hoy bastante olvidado, hubo un tiempo en el que un director austriaco jugó en la primera división de la cinematografía mundial. Sus obras maestras, perduran.
1 de Julio.- Los actores españoles son poco dados a escribir, quizá porque la mayoría proceden (con algo de suerte) de clases sociales en donde tampoco se estila mucho leer, de manera que hay pocas memorias de actores españoles. Dentro de que hay pocas, también es complicado, por pura estadística, que las haya buenas. Por eso es poco menos que un milagro que, en campo tan baldío, surgiera esa obra maestra que es “El Tiempo Amarillo”, el libro en el que Fernando Fernán-Gómez cuenta su vida, por cierto pasando de refilón por el hecho más inaudito de su primera infancia, esto es, que fue nieto de la gran actriz María Guerrero.
En este libro con el cual hasta las piedras se mueren de risa, Fernando Fernán-Gómez cuenta que, para sacarse unas perrillas y ver mundo, se apuntó en los cincuenta a la moda de las coproducciones. Solía ser el caso que una menesterosa compañía española ponía algo de dinero y algún que otro actor en un proyecto internacional, asegurándose así la distribución en España del producto final. A veces, salían películas muy buenas, como las de Berlanga (El Pisito) pero otras, salía un churro.
Este fue el caso de una película que Fernando Fernán-Gómez -lo cuenta en el libro- rodó en Italia, nada más y nada menos que en los estudios de Cinecittá de Roma. La dirigió nuestro protagonista de hoy, que ya andaba, para aquellas calendas, bastante fastidiado.
El director de este film era, nada más y nada menos, que el austriaco G.W. Pabst y hoy empezaremos a contar su biografía, a cuenta de un libro (El Director) que estoy leyendo ahora y que me lo ha traido a la memoria.
Gustav Wilhelm Pabst, hoy bastante olvidado, tuvo una vida llena de peripecias y fue, entre otras cosas, el descubridor de una chica sueca, con los dientes algo descolocados -se los colocaron más tarde en la Metro Goldwin Mayer- a la que se conoció con el absoluto nombre de “La Divina”. Pero de eso hablaremos un poquito más tarde.
Pabst nació en la ciudad de Raudnitz, en lo que hoy es la República Checa, en 1885.
Era hijo de un funcionario de ferrocarriles y de un ama de casa. Pabst creció en Viena, en donde empezó sus estudios de ingeniería.
Hombre afable, poco dado a los conflictos, pronto se dio cuenta de que lo de la ingeniería no era lo suyo, y le dio un sofocón a sus padres cuando les dijo que a él, lo que le tiraba de verdad, era el teatro.
Duras negociaciones entre esos padres, que creían que su hijo se moriría de hambre, y ese hijo luchando por la libertad de elegir su destino. Consiguió el hijo que le diera su padre un año para intentarlo, pasado el cual, si no el vástago no tenía éxito en sus intentos, volvería al redil de la ingeniería.
Tuvo éxito Pabst (si no, no estaría yo hablando de él) y empezó su carrera teatral en Suiza, en Sankt Gallen y Zürich.
En 1910, el director del teatro en lengua alemana Irving Palace Theatre, de Nueva York, le fichó y allá que se fue Pabst para interpretar obras en la lengua de sus padres, para el nutrido público de inmigrantes alemanes que habían adoptado la ciudad de los rascacielos como su segunda patria.
Allí le picó a Pabst otro gusanillo, el de la dirección. La primera guerra mundial le pilló en Francia y allí fue internado por las autoridades francesas. Tras la guerra, en la dura Europa de la posguerra, Pabst se fue a Viena y a Praga y prosiguió su carrera teatral.
En aquellos momentos, primeros de los años 20, Viena tenía una activa industria cinematográfica. Fue en Viena en donde Pabst, después de haber adquirido los rudimentos del oficio en Berlín, rodó su primer gran éxito comercial cuya protagonista era la muchacha de los dientes descolocados.
La peli se llamaba “Bajo la máscara del placer” y la chica que la protagonizaba, Greta Garbo en su primer papel protagonista. La película fue un bombazo comercial y un escándalo también, porque Pabst retrató la dura realidad de las clases burguesas empobrecidas por la inflación.
A partir de ahí, acumuló una serie de obras que consolidaron su prestigio como director que poseía mucho tino para aunar lo comercial con lo artístico. Así, rodó El Tesoro o Secretos de un alma, película influenciada por el psicoanálisis.
En 1928, una actriz americana, prácticamente desconocida, le dio un gran éxito en la que sería su última película sonora: La Caja de Pandora reveló al mundo el rostro de la mujer más hermosa que haya aparecido en una pantalla de cine: Louise Brooks.
De cómo afrontó Pabst la convulsa década de los treinta hablaremos en el siguiente capítulo de esta tan verdadera como apasionante historia.
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