Parece ser que ayer este pequeño país desminitió un tanto la fama de eficiencia de la que yo me hago lenguas y que hubo cierto caos porque la nieve se depositó más de lo conveniente en algunas carreteras transitadas. Pero, salvo algún camión atravesado, no debió de llegar la hemoglobina al curso fluvial.
También, a dos bloques del mío, la pluma de una grúa se empotró contra una casa causando una serie de desperfectos. Aquí, por cierto, las grúas se empotran con relativa frecuencia contra los edificios. El año pasado, la que ayudaba a restaurar el parque de bomberos de la plaza Am Hoff también se derrumbó debido a unas garrafas de viento dejando parte del tejado del edificio como un sello pero, mucho más grave, cobrándose la vida del operario que manejaba el artefacto , el cual desoyó los consejos de sus compañeros y prefirió morir al pie del cañón a poner pies en polvorosa.
Y como no hay dos sin tres, y shit happens, hace dos días hubo un extraño accidente en cadena en la autopista de circunvalación de Viena. Antes de explicar lo poco que se sabe del enigmático suceso, abro un paréntesis filológico para decir que, en alemán, los accidentes en cadena se llaman muy bellamente Karambolage (pronunciado “Karambolash” a la francesa). Pues bien: parece ser que a un par de reclutas les dio por jugar con sendas granadas de mano y que su coche explotó quedando afectados los vehículos que circulaban cerca. Los mandos responsables de estos inteligentísimos chavales (que en paz descansen) hacen la de Poncio Pilatos y aducen que los angelicos estaban perfectamente al cabo de la calle de que las granadas de mano, llegado el caso, explotan (fuera otro, naturalmente, si las granadas hubieran sido de fabricación española que ya se sabe que las armas que la Patria exporta ni matan ni nada).
Por lo demás, hoy ha sido la rueda de prensa anual en la que se ha explicado lo mucho y buenísimo que sucederá, Dios mediante, en el baile de la ópera dosmil nueve. La responsable de su organización ha querido quitarle al acto algo de su inaccesibilidad aristocrática y ha declarado a los masa media congregados en torno a ella que esto del baile de la Ópera era un evento “ no sólo para las estrellas de Hollywood, o para los políticos, o para el Bundespräsident (y señora) sino que también era un acontecimiento lúdico al que podían acudir las personas normales del vulgo raquídeo que quisieran vivir un momento especial en sus vidas” (vamos: que los activistas antiglobalización ya están haciendo cola en masa para comprar su entrada). En fin: lo que hay que oir.

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