En la salud y en la enfermedad (1/3)

Austriacos y españoles tenemos una cosa en común: nos ponemos enfermos. Pero la actitud ante la enfermedad no es la misma. Este es un testimonio directo.

21 de Agosto.- Hace dos meses, un familiar cercano recibió ese diagnóstico que nadie quisiera recibir. Tras la lógica tristeza, el lógico miedo, por qué no, ante lo desconocido, las lógicas lágrimas y la lógica montaña rusa de emociones, llegó la hora de ponerse en marcha y empezar el proceso de curación de la enfermedad.

Por suerte, el cáncer que afecta a mi familiar tiene muy buen pronóstico y las tasas de curación y de supervivencia a los cinco años son muy altas.

Esta semana, la he pasado en Madrid, acompañando un poquito a mi ser querido enfermo. Es tan solo un grano de arena, porque sé que el lunes tendré que volver a marcharme y solo podré ayudar desde la distancia. Sin embargo, no he querido desaprovechar la oportunidad para hacer lo que yo considero que debería ser la labor fundamental de cualquier periodista: observar y después contar lo que ha observado.

Cuento además con la experiencia de haber vivido la evolución de una enfermedad parecida en Austria y en España.

La idea de escribir este artículo surgió ayer jueves, que es siempre el día más importante de la semana de mi familiar enfermo. Ese día tiene que someterse al tratamiento de quimioterapia que el médico le ha recetado y que se desarrolla de manera ambulatoria en la unidad de oncología de un hospital madrileño.

Primer acto: análisis

La jornada empieza poco después del amanecer. En la calle desierta, en la que todavía se notan los rastros agobiantes del calor de la noche de verano, esperamos en silencio a que llegue un taxi. La persona que va a recibir el tratamiento va equipada con una bolsa en la que lleva los informes médicos y una prenda de abrigo. En la unidad de quimioterapia la temperatura es agradable. Sin embargo, con los desarreglos del cuerpo también se desconciertan las sensaciones de frío y de calor, así que mejor ir equipado con algo confortable.

El taxi enfila el recodo de la calle. Lo conduce un hombre de mediana edad, indistinguible de otros chóferes que esa misma mañana están haciendo la misma labor de ahorrarles el transporte público a otros enfermos que, como mi familiar, andan inmunodeprimidos o cansados o que, simplemente, añoran un poco de comodidad que les aligere el trago del tratamiento.

A las ocho y cuarto de la mañana, el hospital empieza a desperezarse. Para Austria, no es una hora temprana (de hecho, mi jornada laboral empieza pocos minutos después de las ocho) pero para España es temprano. Todo el mundo tiene cara de madrugón y no se oyen muchas conversaciones.

Antes de subir a la planta de oncología, compramos dos botellitas de agua mineral en un kiosko. Delante de nosotros hay una mujer mayor que no hace más que darle vueltas a una zapatilla de silicona de color beis que ha sacado de una caja. Lo hace como si no hubiera visto nunca una zapatilla parecida. La dependienta empieza a impacientarse.

Tras pagar driblando a la señora de la zapatilla nos ponemos en camino.

El centro es nuevo, luminoso y todas las cosas a la vista resultan un poco toscas. Desde las ventanas, de carpintería de aluminio, hasta las sillas, hechas para desanimar cualquier intento de sentarse a descansar.

Tras un pasillo eterno y vacío subimos al ascensor.

Mi familiar comenta que la última vez se encontró en el mismo trance con el padre M., cura muy famoso en la ciudad, al que yo, cincuentón, recuerdo desde siempre ya anciano.

Sin pensar mucho, digo una imprudencia: -¿El padre M.? ¿Pero vive ese hombre todavía? Debe de tener por lo menos ciento cincuenta años.

Un hombre que va con nosotros en el ascensor no puede evitar reirse. -Pues no te creas, seguro que poco más o menos.

Mi familiar explica que se acercó a él y le preguntó:

-Padre M., ¿Está usted enfermo?

Por lo visto, el jovial cura no lo estaba. Solo había ido a hacerse un análisis de sangre.

Mi familiar explica entonces que tenía que haberle explicado que no le preguntaba por preguntar, sino porque M., sempiternamente risueño, había oficiado los funerales de dos difuntos cercanos a nuestra familia. Esas cosas, junto con la enfermedad que a todos, más tarde o más temprano, nos aqueja, crean vínculos.

Las campanitas del ascensor nos sacan de estas reflexiones. Se abren las puertas y accedemos a una sala de espera luminosa y con unas vistas a las primeras estribaciones de la sierra reseca de Madrid. En primer término, unas urbanizaciones recientes, una iglesia y un centro comercial. Todo parece la obra de un ilustrador naif.

Nuestro familiar, completamente familiarizado con los procedimientos, se aproxima a una máquina. Acerca la tarjeta sanitaria. La máquina expele tres números. Uno para los análisis de sangre preceptivos, otro para la consulta con la oncóloga y otro para la quimioterapia.

Una vez obtenidos los números esperamos nuestro turno.

Entramos en otra sala de espera dominada por una pantalla. Hay mucha gente. Yo diría que alrededor de cuarenta personas, entre pacientes y acompañantes. En la pantalla, además de los números, puede verse en bucle un video en el que Victoria, una mujer de aspecto bondadoso, seguramente lectora habitual de ABC, explica que ella dona sangre cada vez que puede. Tras el vídeo, se muestra un diagrama con el estado de las reservas de los bancos de sangre de la Comunidad de Madrid. Solo de AB+ hay mucha.

El resto de los grupos necesitan mejorar.

Para el ojo austriaco, lo que más llama la atención es que todos los enfermos han venido con alguien. En toda la sala, solo hay una señora que parece haber venido sola. Hay una voluntaria de la Asociación Española contra el Cáncer que entra en juego y hace de acompañante suplente. Le pregunta a la mujer si le hace falta algo, si tiene todas las citas, a qué hora tiene la quimioterapia. La acompaña a lo que yo creo que es el servicio, por si acaso se marea por el camino.

Mi familiar se come con los ojos la pantalla, a la espera de que salga su primer número, el de los análisis. La semana anterior los resultados estaban un poco chuchurríos y teme que esta semana sean iguales y que esto cause algún trastorno en la evolución del tratamiento. Los resultados chuchurríos no eran culpa suya, por supuesto, sino de los estragos que la quimioterapia hace en los cuerpos. Pero los nervios son los nervios. Para distraer, le digo:

-¿Te das cuenta de que la mitad de los que estamos aquí somos acompañantes?

Mi familiar pilla la alusión al vuelo. En Austria la gente suele ir sola al médico y solo tienen bula para que les mimen los que son muy ancianos y no pueden valerse o los niños que, por su edad tierna, están al cargo de un adulto.

El resto soporta la enfermedad estoicamente y en soledad.

Llega entonces una señora de color con un hombre también de color en una silla de ruedas. La mujer está cansadísima y el hombre, que lleva un rosario de plástico blanco enrollado en la mano, tiene la expresividad de una estatua egipcia. La mano que no tiene rosario está visiblemente hinchada. La mujer se acerca al mostrador de la recepción y pide diversas informaciones. Entretanto, el hombre permanece impasible, como si su mente estuviera a cien kilómetros de distancia.

Una madre anciana y un hijo están sentados frente a mí. El hijo debe de ser algo más joven que yo. La madre le pregunta cosas. Él la trata con una mezcla curiosa de solicitud y fastidio.

Un matrimonio mayor se levanta. Aprovecha para coger su sitio un tipo peculiar, con pinta de jefe de taller de automóviles. Lleva una gorra.

-Aquí es donde se está mejor -dice al aire- por lo menos se puede uno estirar y poner la espalda en la pared.

Dicho esto, lo hace y se casi tumba en tres sillas.

Mi familiar ve su número en la pantalla. -Hale, ya me han llamado para el análisis.

Una enfermera pasa entre la gente, llamando cariñosamente a una tal Maria Isabel que, por lo visto, no se ha dado cuenta de que su número ha salido en pantalla.

-Si dijeran el apellido -dice alguien- sería más fácil que contestara. -No pueden, digo bajito. Es por protección de datos.

-Claro, dice un hombre cercano, es por protección de datos.


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