
Las fauces de la prensa sensacionalista austriaca babean a causa de un caso de abuso sexual en el que está implicado un famoso.
18 de septiembre.-Soy muy reacio a comentar sucesos y, por lo tanto, lo hago solo en muy contadas ocasiones. Me parece que, en general, los crímenes son poco representativos de la realidad del país (que es, en el fondo, lo que a mí me interesa contar) aunque, indiscutiblemente, sean representativos de la naturaleza humana. Una de las cosas, eso sí, es que, la manera en que los medios y las personas con un lugar prominente habla de ellos, dan la medida de lo que podríamos llamar el «estado del alma» de una sociedad. En otras palabras: nuestra reacción ante la desgracia ajena dice tanto de nosotros como de la sociedad en la que vivimos. Desde ese punto de vista, los crímenes resultan útiles, así que, desde ese punto de vista, trataré de hablar hoy del caso que me ocupa.
Hace unos días se supo que un conocido cómico (cabaretista) un tal Gunkl, estaba siendo investigado por un caso de abuso sexual. La víctima, que ahora tiene seis años, tenía en el momento de los hechos cuatro. Esta noticia, ya de por sí terrible y que así, por sí misma, habría hecho ensalivar las encallecidas fauces de la familia Fellner, tenía más ingredientes para colocar al borde del orgasmo a la prensa sensacionalista y canalla de Esta Pequeña República.
El caso era que la justicia había llegado a los hechos porque el cómico, un señor sesentón que, hasta ahora, gozaba entre sus conciudadanos de una reputación inmejorable, se había autoinculpado. O sea, que él mismo, por su propio pie, había ido a comisaría y había confesado su delito.
¿Y por qué lo había hecho? Pues porque la madre y la abuela de la criatura de la que había abusado llevaban dos años chantajeándole y exigiéndole que pagase dinero por su silencio. De este modo, las dos habían conseguido 189.000 Euros del cómico. Tras proceder al registro de la vivienda del cómico, registro en el que él colaboró y en el curso del cual los agentes de la autoridad se incautaron de un ordenador en donde había material pedófilo (unas 900 imágenes).
Todos estos hechos llegaron a la prensa sensacionalista el viernes pasado. En ese momento, el Kronen Zeitung publicó una noticia que hubiera hecho las delicias de la inquisición española en su mejor momento. En ella se decía que “una estrella de la televisión” estaba procesada por pedofilia. Ya al día siguiente se supo quién era el encausado (el juicio se celebrará el día 22 del mes próximo) y también se supieron otros hechos no menos abracadabrantes, sobre todo para quien no esté familiarizado con las leyes que rigen los tribunales que no son siempre las mismas que las de la lógica. Se supo que, mientras las dos mujeres sobre las cuales, además, pesa la acusación de haber presuntamente prostituido a la niña, están en prisión, “Gunkl”, el acusado, está de momento libre a la espera de juicio.
De nada sirvió aclarar que a las personas se las mantiene a buen recaudo a la espera de juicio si concurren una de dos circunstancias o las dos: por un lado, que haya riesgo de fuga y por el otro, que haya riesgo de destrucción de pruebas. El juez que lleva el caso ha apreciado que estos riesgos concurren en el caso de las dos mujeres pero no en el caso del cómico, que en todo momento ha colaborado con la investigación.
A partir de que todas estas cosas se han ido sabiendo, el linchamiento del cómico ha ido “in crescendo”. De nada ha servido que el propio acusado, vía video en Facebook, se haya inmolado confesando su crimen. Los medios sensacionalistas han empezado a desenterrar detalles del sumario sobre los gustos sexuales del acusado, también han explicado que las dos mujeres que chantajearon sin piedad al acusado eran trabajadoras sexuales con las que Gunkl había contactado por un anuncio.
Pero la cosa no se ha detenido en este triángulo. Se ha preguntado a compañeros de trabajo y, a partir de ahí, se les ha pedido que digan cuál creen que sería la pena adecuada para el delito de haber abusado de la inocencia de una criatura. Incluso la ministra competente, la de familia, olvidando cualquier tipo de decoro institucional, ha dicho que no puede entender cómo el criminal está suelto, esperando el juicio y, en el mejor estilo populista de la extrema derecha, ha denunciado que podría ser porque el tal Gunkl goza del privilegio de ser famoso. La ministra pone así en cuestión el funcionamiento de la justicia y del mismo Estado de derecho en Austria.
No hay criminal tan abyecto, ni siquiera Benjamin Netanyahu o Vladímir Putin, que no merezca un juicio justo, en el que no intervengan las bajas pasiones. Y sobre todo, cualquier ser humano, incluso el criminal más abyecto, merece por lo menos un poco de compasión y de humanidad. La civilización retrocede cuando sometemos a los que cometen delitos al escarnio, cuando la multitud sin cara se refocila en el linchamiento, todos perdemos un poco de nuestra humanidad. Para Gunkl es ya demasiado tarde. Quién sabe si para el próximo no lo es.
Por si no te ha dado tiempo de leerlo todo (*)
A raíz del caso de abuso infantil confesado por el cómico austriaco Gunkl, el autor reflexiona sobre el papel de los medios sensacionalistas, la manipulación política y el deterioro de los principios de la justicia y la presunción de inocencia en la sociedad actual.
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La reacción de la sociedad y los medios ante el crimen: El sensacionalismo mediático y el linchamiento público convierten un proceso judicial en un espectáculo que erosiona los valores democráticos.
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Tensión entre la lógica judicial y la opinión pública: Se cuestionan decisiones legales como la libertad provisional del acusado basándose en motivos mediáticos y populistas en lugar de criterios jurídicos como el riesgo de fuga o de destrucción de pruebas.
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Defensa del Estado de derecho y la humanidad: Incluso en los casos más abyectos, todo acusado tiene derecho a un juicio justo y garantista sin caer en el escarnio ni en la justicia popular.
(*) Resumen obtenido con IA
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