La verdad es que mi santo (el pobre) no ha tenido mucha suerte con los pintores. Esta es la imagen más decente que he encontrado de él.Miento: se acordaron mi tío el militar (que es muy puntual para estas cosas), mi tía de Almería y un compañero de trabajo polaco al que la cosa ni le iba ni le venía .
Los romanos creían que el nombre hace a la persona, igual que el hábito hace al monje; y yo creo que, en cierto modo, tenían razón. Cuando yo nací, mi padre quería que me llamase Juan de Dios pero mi madre y mi abuela se cerraron en banda y, al final, se optó, siguiendo el consenso que hizo posible la transición (1975, era la época) por Francisco Javier.
De este modo, me libré de ser conocido como “El Juande” y probablemente, según la teoría romana, también me libré de ser cliente de Las Barranquillas o de afanar ciclomotores al filo peligroso de la madrugada.
Sé poco de mi santo, pero las pocas cosas que sé hacen que me sienta cercano a él (aunque yo los únicos milagros que haya hecho hasta la fecha hayan sido los presupuestarios).
Durante la causa de su beatificación, eso sí, un testigo declaró que ya en vida la gente le tenía por santo, porque era “el hombre que siempre sonreía” (cosa que yo intento llevar lo más a rajatabla que estos tiempos crueles me permiten y manera en la que me gustaría ser recordado cuando llegue el lejanísimo día de mi fallecimiento)
Así que ayer, para reforzar esta tendencia mía a la sonrisa, celebré mi onomástica con sendas tazas de Gluhwein en el mercadillo de la Plaza del Ayuntamiento y una de propina de Schildcher en Karlsplatz. No fui el único: aquello estaba abarrotao.
(*)ACTUALIZACIÓN: se ha acordado mucha más gente luego, e incluso ayer, que se acordaron tarde y no me llamaron. Es justo y necesario decirlo.
Deja una respuesta