Mis nuevos jefes son dos señores muy simpáticos que rondan los cincuenta y que se conocieron cuando iban al colegio. Como suele suceder con estas amistades de largo recorrido, viéndoles en acción uno tiene la sensación de contemplar un mismo cuerpo al que de pronto le hubieran nacido dos cabezas. Y es muy agradable ver a gente que se entiende tan facilmente. Cuando se dan bien, estas relaciones en las que se mezclan la amistad con la felicidad comercial se mantienen tan en forma a lo largo de los años como los apacibles matrimonios acordados de los burgueses del diecinueve, para quienes el amor era un pecado contra el sentido común.
Si bien se mira, esta empresa nueva mía, pese a estar basada en la alta tecnología, y quizá por estar en Austria, tiene algo de decimonónico, con su almacenillo y sus gavetas llenas de artículos ordenados por referencias, y sus facturas, y sus albaranes, su agradable ambiente familiar, y sus dos socios al frente.
El edifico donde trabajo es mucho más moderno. Por los colores, diría que data de los primeros ochenta.
Como todo lo que se hizo en esa época, los interiores están resueltos a base de superficies mate de color butano o marrón, y las ventanas, con vistas a un patio general limitado por varias casas esbeltas, tienen unas formas futuristas que reniegan de las esquinas, como todas las cosas que se fabrican cuando el dinero promete un futuro feliz.
Hoy, al salir de trabajar, se ha producido otro hecho simpático, que quiero tomar por un buen presagio. Mientras esperaba el tranvía, estaba mirando el escaparate de Tchibo –ya se sabe que todas las semanas nos alegra la vida con un surtido distinto- y, como siempre que me distraigo,me he puesto a canturrear. Esta vez ha sido “Angelitos negros” de Machín. Atacaba yo con mucho sentimiento aquella parte de “Pintor nacido en mi tierra/con el pincel extranjero” cuando un señor alto, vestido de impecable traje gris y abrigo de paño, se ha puesto a canturrear alegremente, contagiado, una canción aborigen. Por un momento, los dos hemos canturreado lo nuestro formando una recóndita armonía. Luego, nos hemos parado avergonzados, nos hemos mirado y nos hemos echado a reir.
No sé: ha molado.

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