Hoy, por ejemplo, me ha llamado mucho la atención un artículo del Kurier en el que una serie de personalidades conocidas de la sociedad austriaca (presentadores de televisión, actores, empresarios, damas de la sociedad…) se pronunciaba a propósito del color que tomará su voto el próximo domingo. Naturalmente, no me he llevado demasiadas sorpresas: las damas de la sociedad, son todas del partido conservador; y la gente de la cultura vota predominantemente a las izquierdas o a los verdes. Incluso hay un director de cine –de apariencia añeja, las cosas como son- que dice que a él la hoz y el martillo son los chocolates que más le ponen. En lo que sí coinciden los entrevistados es en lo siguiente: a pesar de que confiesen simpatizar con Hans o con Peter, todos coinciden en que su voto es móvil. O sea, que hoy votan a fulano, pero que si fulano no lo hace bien, con todo el dolor de su herz mañana votarán a zutano o a citrano. Y que aquí no pasará nada porque el fútbol y la política señores, son asín.
En España, salvo excepciones, y debido a la alternancia política en que parece haber parado nuestra joven democracia, la confesión pública de las simpatías políticas y el hecho de admitir que la opinión de uno pueda sufrir cambio o evolución, son tabúes no escritos.
Salvo en épocas de mayorías absolutas –en las que expresar la propia opinión no era teóricamente peligroso- los artistas y personajes públicos españoles se guardan mucho de decir si van con este o con aquel. Que me venga a la cabeza, sólo se sabe de Norma Duval que haya apoyado el PP (decisión de la que se habrá arrepentido lo suyo, por el cachondeo de que fue objeto), Sara Montiel es notorialmente socialista, lo mismo que Ana Belén y Victor Manuel; Tina Sáinz, después de haber sido una comunista flamígera durante toda la transición, tuvo un giro copernicano y se pasó al PP de Aznar.
Salvo estos casos, la ideología de nuestros personajes conocidos se supone, pero rara vez se expresa públicamente. Quizá porque las heridas de la última guerra civil no están tan cerradas como se podría pensar y el miedo, como dice mi padre, guarda la viña.
En cuanto a la movilidad del voto, en España se da por supuesto que, si la conciencia te nace socialista, morirás con el carnet del puño y la rosa entre los dientes. Y si, en cambio, te gusta pasear por las castizas aceras de la calle Génova, estarás unido indefectiblemente a un polo con un lagarto sobre la tetilla izquierda, y abominarás de cualquier medida social. Desgraciadamente, aunque esto no sea así, hay muchos imbéciles en ambos bandos que lo creen a pies juntillas –entre ellos los y las aparatchiks de ambos partidos- y así se elimina uno de los mecanismos de control más eficaces de toda democracia: el ciudadano descontento que evalúa, sopesa y luego vota al que le parece mejor.

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