a) Que el combate era desigual: Strache tiene más trucos que una película de chinos;Faymann se las vio y se las deseó más de una vez para deshacerse de los abrazos de su rocoso rival.
b) Que fuera de la política aquellos dos hubieran tenido un porvenir discretísimo.
Strache no pasa de ser un chulopilinguis. Para mis lectores españoles: un vendedor de pisos de Tecnocasa armado de morro y desparpajo, de los que junto al reloj gigante (esfera negra y números fosforitos) lleva una de esas pulseras que se compran en los puestos callejeros. Faymann es, directamente, un burócrata borroso e inexpresivo, enfrentado a la árida tarea de defender ideas difícilmente defendibles, agarrándose a ese buenismo políticamente correcto, ligero, melífluo, huidizo como el mercurio, que se ha convertido en la marca de fábrica de cierta izquierda europea. Mucho ofrecer un panorama sonriente sin que la realidad dé motivos para el optimismo, mucho proporcionar recetas para ponerse la venda antes de que llegue la pedrada. Mucho vender humo, en suma.
Y mi pregunta, como creyente fervoroso en la democracia que soy, es: ¿De verdad nos merecemos que personajes así dirijan nuestros gobiernos, administren nuestros impuestos? O peor aún: ellos no dirigen nada y los que de verdad son los amos del cotarro –murallas verdes de billetes les protegen- nos ponen delante esas siluetas de cartulina recortada para que nos conformemos.
En otras palabras: ¿Nos merecemos estos políticos basura? ¿Nos merecemos que el debate político haya degenerado hasta convertirse en ruido, en clínex que se usan y se tiran?
Acabado el debate austriaco, meintras le daba gracias a Dios por no tener que votar el día 28 –decisión comprometida- me pongo a ver la tele española. Sale el presidente del Gobierno de la nación que me vio nacer. Amaga malamente una actitud de firmeza que, a estas alturas, ya no se cree nadie; con mucho juego de manos (de ese que recetan los asesores de imagen) perpetra unas declaraciones que parecen pensadas para indignar a todo aquel que tenga un nivel educativo superior a primero de primaria. Yo mismo, que estoy ya en segundo, tengo que pellizcarme para terminar de creerme que el presidente del gobierno de mi país haya dicho la sarta de g*******eces que ha dicho. Frases vacías, cobardicas pero, sobre todo, y peor: dolorosamente bobas.
Si yo me presentase a una entrevista de trabajo soltando las vaguedades que este señor ha dicho con luz y taquígrafos, me correrían a gorrazos.
No es que enfrente –por los conservadores- estén mejor, pero lo de este señor es sangrante, incómodo, casi obsceno. Más porque, escuchándole, uno tiene la oscura sospecha de que lo que dice ni siquiera ha salido de su caletre: se lo ha escrito un asesor cualquiera, un negro gris que cobra por pergeñarle al presidente cuatro cosas para decir hoy y desmentir mañana.
España, mi España, nuestra España, se encuentra ahogada en una crisis que sólo puede compararse con las tinieblas económicas de principios de los setenta, y el presidente del Gobierno tiene el dedo metido en la manguera pensando que así podrá detener el chorro.
¡Es la hora de sacar pecho! No es el momento de echarle la culpa al sistema financiero internacional. La economía española se hunde porque tenemos unos activos sobrevalorados, y la fuerza de trabajo que podría darnos competitividad no vale lo que cuesta, entre otras cosas porque décadas de incuria han descuidado la instrucción de los españoles, que salimos de los centros educativos sin saber hacer la o con un canuto. Sin tener ni idea de lo que es el esfuerzo, o la excelencia, perfectamente preparados, eso sí, para poner unos ladrillos que nadie quiere; o para vender pizzas, móviles de saldo, o kebabs a precio de coste.
Y mientras, nuestros políticos, los de allí y los de aquí, sueltan flatulencias, vaguedades, bonitas mentiras que se deshacen en añicos cuando chocan contra el duro cemento de la realidad.

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