El frío purificador
29 de Diciembre.- La noticia es el frío. En el momento en que escribo esto los termómetros de las esquinas marcan cuatro grados bajo cero. Es probable que, en las afueras, andemos por los seis. Ayer por la tarde, aprovechando que hacía solecito, estuve dándome una vuelta por el lago Neusiedl. Dos unánimes cisnes surcaban la superficie, que ya empezaba a tomar esa textura semisólida de los granizados. Como esto siga así (y promete) en dos días el lago se habrá convertido en una espejeante extensión helada. Quizá, incluso podamos empezar el año patinando (no yo, los que saben hacerlo).
Mientras paseaban por entre las cabañuelas del club náutico (edificaciones hechas para la pereza del verano, cañas y tablas de resistente madera de teca) no podía dejar de pensar que hace solo un par de meses nadábamos allí, corríamos allí; al sol estival reían los niños, yo mismo caminaba descalzo por el suelo de tablas, ahora cubierto de escarcha. Bajo fundas de plástico azul, los patines a vela esperaban cubiertos a que se dieran las condciones propicias para surcar el extraño azul en que se convierte el lago cuando bajan las temperaturas. Sobre helados soportes de hierro, los esbeltos barcos de vela parecían los cascarones vacíos de moluscos prehistóricos extintos.
En Austria he aprendido a amar el frío y a respetar el invierno, porque sin él la primavera no sería posible. Me gusta el silencio mineral que queda cuando la nieve cae, y la pureza aguda de los cielos estrellados en las noches de helada.
Hay una frase hecha que habla del “fuego purificador” cuando, en realidad, es el blancor del frío el que hace que todo se vuelva de nuevo limpio y virginal.
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